Tengo una historia con este libro. Me lo prestaron en un campamento, cuando tenía 17 años. Nunca había leído una novela juvenil (conocí el género bastante después), y me enganché enseguida con la trama ágil y el lenguaje sencillo, además de que pude identificarme de inmediato con el protagonista adolescente.
Pero tuve que devolver el libro al poco tiempo, cuando todavía me faltaban un par de capítulos para el final, y durante años me quedé con la intriga. No recordaba el nombre, así que pasaron los años sin que lograra terminarlo.
Veinte años después, mientras estudiaba el profesorado de Lengua y Literatura y hacía las prácticas, la profesora titular del curso me dio a leer un libro que daba a sus alumnos. Empecé a leerlo y, para mi sorpresa, descubrí que era el mismo que había dejado inconcluso tanto tiempo atrás. Pero descubrí también que ese libro que tanto me había enganchado de adolescente estaba repleto de errores y defectos.
Por muy adictivo que sea para los jóvenes, no es un libro bien escrito, y tiene una cantidad tal de incoherencias y contradicciones en la trama, que difícilmente podría recomendarlo.
Un crimen secundario fue publicado en 1992, pero la historia está ambientada aproximadamente una década antes. Sin embargo, cerca del final el libro contradice esa ambientación y se sitúa cronológicamente en la fecha de la publicación. Por ejemplo, por momentos se mencionan dos tipos de moneda diferentes, correspondientes a distintas décadas, sin que tenga ningún sentido en la historia.
Para no ser tan severo con el autor, son errores comprensibles hasta cierto punto, considerando que se trata de la primera novela de Birmajer, cuando solo rondaba los 25 años de edad.
En lo que a mi respecta, pude comprobar en carne propia como cambia la apreciación que tenemos de la Literatura con los años. Los gustos y la capacidad crítica cambia con el tiempo, y algo que nos parecía genial en nuestra adolescencia, puede que no lo sea en nuestra adultez.