No vengo a opinar sobre Neruda, vengo a opinar sobre poesía.
Entiendo que hay controversia con Pablito y no pretendo averiguar mucho más sobre su persona, porque si nos pusiéramos así… No se libraría prácticamente ningún escritor, poeta ni artista masculino del siglo XX o anteriores; por desgracia, lo común era que los hombres de su talante fueran así y punto.
Además, es bien sabido que quienes se atreven a hablar de sentimientos tan profundos como estos, son personas intensas. (OJO: La intensidad es un término que hoy se acuña como insulto y lo detesto, porque es ambivalente. Una persona puede ser intensa en sentido negativo, sí, pero también en positivo). Lo que encuentro en la poesía de Neruda es que es muy intensa en sentido pasional.
Hasta hace unos años, cuando era adolescente, no lo entendía ni me llamaba la atención; me parecía demasiado apasionado y erótico, un poeta empedernido. Y sí, sigue siendo así, pero hoy encuentro belleza en su deseo, y aprecio su maestría para hacer metáforas con lo que le daba absolutamente la gana.
‘Las furias’ es, quizás, lo que menos me ha gustado pero, como bien avecina su título, representa esa tendencia obsesiva del amor que tenemos que rechazar; todos/as la hemos sentido alguna vez, es peligrosa, y Neruda lo sabe.
Su poesía no es fácil ni intuitiva; es misteriosa, es compleja y a veces indescifrable. Su lírica no es para tragarla haciendo multitasking en el metro: es para masticarla lentamente y saborearla; leerla en un momento de paz y tranquilidad donde puedas cumplir la exigencia de pararte a pensar. Y creo que eso es algo único y maravilloso.
Así que a día de hoy puedo decir que este ha sido uno de mis poemarios favoritos y que Neruda, como letrado (no como persona), se transforma en uno de mis poetas predilectos. Aunque para mí, en mi corazón, siempre estará Lorca como el primerito.