Las mujeres que amé es un libro de dos novellas en las que se trata el mismo la imposibilidad del autor de mantener una relación amorosa. ¿Por qué contar eso? Porque detrás de los celos, la melancolía, el juego de seducción o la infidelidad está el egoísmo como una especie de obsesión por no dejar que la entrada de otro en la vida del narrador lo acabe diluyendo. El egocentrismo, como un mecanismo de supervivencia inconsciente y obsesivo, representa el impulso narrativo de la escritura de autoficción. Daniel Guebel, multipremiado, con un estilo propio, es elogiado por su destreza narrativa, una imaginación desbordante y gran creatividad. Puede verse como un escritor que bebe de la tradición judía irónica y de la fantasía lúdica borgiana. Esta narrativa de autoficción fantástica mezcla de diario sentimental, obsesión psicológica con el pasado e indagación religiosa y moral es un intento de cura para no curarse, un testimonio de que la escritura puede ser un lugar para la pervivencia del yo por encima de todo. El ego es algo así como un lugar cutre, limitado, tedioso, pero conocido. Y más vale malo conocido que bueno por conocer. ¿Escribe el escritor porque es incapaz de vincularse al mundo? Quizás esta crítica a la forma de vida ególatra, una crítica natural, desde la inconsciencia del narrador, sea una revelación narrativamente hablando, porque esa crítica al ego también es una crítica a la escritura como mecanismo de alimentación del ego. Daniel Guebel, el autor de El hijo judío, se presenta con Las mujeres que amé como maestro de la ironía. La crítica a la escritura de autoficción desde la propia escritura de autoficción convierte a este libro en una especie de “Quijote” del siglo XXI.
Daniel Guebel nació en Buenos Aires. Es escritor, periodista, guionista de cine y autor de las obras teatrales Adiós Mein Führer, Tres obras para desesperar, La patria peronista y Padre y coautor junto a Sergio Bizzio de Dos obras ordinarias (que reune "La China" y "El Amor"). Publicó también las novelas Arnulfo o los infortunios de un príncipe, La perla del emperador, Los elementales, Matilde, Cuerpo cristiano, Nina, El terrorista, El perseguido, La vida por Perón, El día feliz de Charlie Feiling (con Sergio Bizzio), Carrera y Fracassi, Derrumbe, El caso Voynich, Mis escritores muertos, Ella, Las mujeres que amé, y los libros de cuentos El ser querido, Los padres de Sherezade, La carne de Evita y Genios destrozados (tomos 1 y 2). Actualmente, trabaja como editor de libros de investigación periodística y colabora en distintos medios de comunicación.
«Por supuesto, Teresita no tenía por qué conocer mi funcionamiento, o más bien el modo en que el chisme de Javier lo había disparado. Tampoco lo conocía yo. Lo que hizo al aceptar mi respuesta como veraz y definitiva, fue, no sólo apartarse definitivamente de la posibilidad de saber algo cierto acerca de mí, sino, y en esto le estoy agradecido por el resto de mi vida, abrirme las puertas para que yo mismo diera los primeros pasos en el conocimiento de mi esquema sentimental. Naturalmente, obró así para preservarse del dolor, y nunca podré evaluar cuánto de dolor hubo en ella. Incluso, creo que su respuesta fue la propia de una persona intensamente civilizada, como si en algún repliegue del alma de esa joven militante comunista se alojaran los conocimientos ancestrales de una cortesana japonesa.Aún hoy veo la luz que cae sobre su cara y la alegría que inunda su rostro cuando escucha mi pregunta y lo fuerte y sólida y cantarina que es su voz cuando dice sí, claro que quiero salir con vos. Y también recuerdo la mueca de contrición cuando escucha mi negativa, y el modo en que esa mueca es sustituida por el dibujo de una sabiduría antigua y enorme, una resignación capaz de afrontar las cosas del mundo con calma, y eso tal vez porque mi negativa le importa menos de lo que yo creo, o quizá porque todo fue un juego en paralelo del imbécil de Javier (decirle a ella que yo gusto de ella, decirme a mí que ella gusta de mi)».
El libro tiene pasajes muy interesantes ("El miedo a la revolución" sobre todo), pero en su mayoría se termina basando en un rejunte inconexo de situaciones que parecen forzadas a pertenecer a un libro al que no pertenecen por naturaleza propia.
Se nota que Guebel quiere entretener y divertir, y lo logra en principio. Pero el libro resulta siendo un rejunte forzado para llegar a la cantidad de páginas que tiene como mediana el mercado. La prosa es llevadera pero no hay sustento; un librito para el olvido.