Lo primero que quisiera comentar es que tras una primera lectura, uno se percata de que la muerte, la vida y el destino no son los únicos temas que trata el relato, ni mucho menos, se trata de algo mucho más profundo. Que tras una segunda lectura, quizás algo más sosegada, uno se da cuenta de que está ante una auténtica Obra de Arte condensada en unas pocas páginas que, sin saber expresarlo de otra forma, es literatura pura, que el Autor trabaja la misma a la perfección así como el puro acto de escribir.
Según el propio narrador, la literatura "no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo", por lo que pone en juego el concepto de biografía ligado al acto de escritura. Plantea nuevos interrogantes acerca del contenido autobiográfico de las obras, desmintiendo y alejando la posibilidad de que los personajes puedan estar inspirados en sucesos reales.
Esta afirmación recuerda mucho a los teóricos literarios Barthes y Blanchot. El primero de ellos, postula en "El susurro del lenguaje" que el autor muere en el acto de escritura, lo que permanece es la letra, el texto, a merced de la interpretación del lector. Blanchot, en "El espacio literario", plantea la idea de que la obra y la escritura misma son actos que conducen inevitablemente a la muerte. Incluso va más allá y afirma que "la muerte es la única certeza verdadera, ante todo lo demás que está sujeto al cambio" (tal como decía Montaigne).
Por eso resulta curioso y significativo el inicio del relato donde el narrador siente que el espacio literario se ha agotado y que ahora solo puede contar la historia de su amigo, un hecho verdadero, que queda a merced del lector participar, creer y reflexionar.
El epígrafe y las últimas líneas de “El Ruletista”, escrito por Mircea Cărtărescu, se repiten: son dos versos del poema de T.S Eliot, “Cántico de Simeón”, en los que la voz poética pide lo siguiente: “Concede el consuelo de Israel a uno que tiene ochenta años y que no tiene mañana". En su poema, Eliot hace referencia al profeta bíblico Simeón, quien suplica a Dios le conceda, antes de morir, poder ver a Cristo, su salvador. ¿Qué es lo que quiere ver el moribundo narrador de “El Ruletista”? ¿Qué milagro espera? ¿Quiere acaso vernos a nosotros, sus lectores, leyéndolo? A lo largo de las páginas que componen este magnífico relato, el lector siente caer sobre él la responsabilidad de dar al narrador, antes de que muera, la salvación que está esperando.
La pregunta sobre aquello que espera antes de morir puede responderse con otra referencia bíblica del cuento, pues el narrador se compara con Lázaro y en el último párrafo hace explícita la equiparación del lector con Dios: “esperaré hasta mi resurrección, como Lázaro, cuando oiga tu voz clara y poderosa, lector”. Las dos referencias bíblicas contrapuestas nos hacen dudar si en efecto el narrador pudo morir con la concesión del lector o si, por el contrario, no le queda otra opción que entregarse a la muerte y esperar ser resucitado en otro momento, a la manera de Lázaro. En todo caso, el narrador manifiesta de manera reiterada que es el lector quien tiene el poder sobre él y su obra. Pero la salvación del narrador puede estar, también, en culminar su relato, aquello que lo hará inmortal y que constituye su única razón para vivir.
A pesar de que el anciano se encarga de narrar la vida del Ruletista (cuya fama, suerte y coqueteo con la inmortalidad le llevan a merecer las mayúsculas), el grueso del relato no se centra en la historia de este personaje sino en la experiencia narrativa, psicológica y onírica de otro ruletista, tan protagónico como el primero (aunque en minúsculas) que es el narrador. Éste oculta por mucho tiempo su condición de personaje tras la excusa de estar narrando los enfrentamientos con el azar de un “otro”, pero lo cierto es que también él se arriesga para “alcanzar un cierto grado de gloria”. El Ruletista desafía al destino al llevarse una pistola a la sien jugando a la ruleta rusa más veces de lo que la suerte perdonaría, pero el azar está presente sobre todo en la experiencia del narrador con su lector. Es azarosa su escritura porque es incierto el destino de su obra una vez la publica. Según este paralelo con el juego de azar, el escritor que gana es aquél que escapa de la muerte y quien, como el Ruletista, alcanza la inmortalidad. Aunque las probabilidades de supervivencia del narrador no son calculables matemáticamente como sí lo son (al menos en teoría) las del Ruletista, la escritura es un juego igual de peligroso y librado al azar cuyo control no lo encabeza el jugador principal sino el destino (que por definición se desconoce) y la audiencia que lo rodea (cuya reacción tampoco es pronosticable).
“El Ruletista” es un cuento sobre la literatura, una poética. El andamiaje que crea el narrador para leer su propia creación nos lleva a entender que, lejos de tratarse sólo de la anécdota de un jugador que apenas conocemos y que pasa sus noches en un espectáculo potencialmente sangriento, es una reflexión sobre el juego, el azar, y el incontrolable destino que envuelve el oficio literario. En este sentido, desde muy temprano en el cuento, el narrador afirma que “la literatura es teratología”, con lo cual la presenta como una enfermedad genética cuyo desenvolvimiento no puede ser controlado por su creador/narrador/autor, sino únicamente por el lector, de cuya recepción el narrador desconfía (desconfianza que está legitimada si tenemos en cuenta que de éste depende la inmortalidad de aquél). Como en el epígrafe de Eliot, también aquí se manifiesta la necesidad de salvación e inmortalidad a través de la escritura que a menudo se presenta como “polvo, nada más que polvo”. Y sin embargo, nuestro narrador escribe; desafía al destino y renueva sus esperanzas línea tras línea, como el Ruletista se arriesga bala tras bala.
Las imágenes que nos recrea el juego de la ruleta se asemejan, también, a la forma en que se recibe la literatura: “llegas a descubrir en la ruleta, (en la literatura) el auténtico y dulce encanto de ese juego”. De hecho, la pistola, como un libro que deja rastro, pasa por las manos de todos los asistentes al espectáculo: “el cartucho dio la vuelta a la habitación y dejó restos de aceite en los dedos de todos”, como si todos fueran/fuéramos culpables. Asimismo el relato está dividido en seis partes (igual que el número de balas en la pistola) y, al final del último disparo o de la última parte, el cuento termina con la muerte física y metafórica del narrador, muerte que él desde el epígrafe ve venir y que, de hecho, construye, vuelve real. El narrador dice sobre el Ruletista algo que podría decirse sobre cualquier escritor que no deja de escribir: que “era un enigma que siguiera arriesgándose. Solo cabía una explicación posible… que lo hiciera por alcanzar un cierto grado de gloria, como un deportista que intenta superarse en cada carrera”.
Hacia el final del cuento el narrador desmantela este juego y confiesa que nos ha engañado con éxito al estirar los límites de la verosimilitud. En principio alega estar escribiendo sin razón, más parecido a un diario fiel que a una obra literaria pero nos desengaña, finalmente, al revelar su quehacer literario y al hacer evidente que con el relato del Ruletista estaba hablando, en realidad, de sí mismo y de la literatura en general. Quien más juega es, por supuesto, no el Ruletista personaje sino el ruletista narrador, que a medida que se aproxima al final desafía de forma cada vez más arriesgada las expectativas legítimas que se han asentado en el lector. La poética del ruletista y la anécdota del Ruletista se vuelven cada vez más difíciles de separar.
Si el Ruletista personaje se puede equiparar con la noción de autor, ¿quiénes somos nosotros en el relato? ¿Los accionistas que miran desde un lugar privilegiado y esperan verlo morir? ¿O los patrones que tienen el control y la posesión sobre el potencial sacrificado? El narrador de Cărtărescu desdeña al lector común; el suyo es uno especial, un jugador digno de su juego: “mi lector de ahora no es otro que la muerte. Veo ya sus ojos… leer mientras completo una línea tras otra. Estas hojas contienen mi proyecto de inmortalidad”. Convertidos en la muerte, sus lectores tenemos la tarea de volverlo inmortal. Con sus palabras nos convierte en voyeristas que presenciamos el juego de la muerte “no por apostar sino por el deseo de ver cómo pierde de una vez por todas”. Somos, dependiendo de la página, Dios, diablo, salvador o muerte.
Pese ser un relato sobre la fragilidad de la vida y la cercanía con la muerte, “El ruletista” es también un cuento sobre la búsqueda de la permanencia y la inmortalidad. Casi al final, el narrador se construye un acuario, un lugar que propicia una vida aislada, protegida y tranquila, pero que es ante todo artificial. Dado que su hogar se vuelve su escritura, el ruletista narrador pasa a ser enteramente personaje: el santo protagonista de la hagiografía que había asegurado no querer escribir. La escritura es un juego que cree haber dominado en algún momento, cuando sus obras se publicaban de manera abundante y recibía gran reconocimiento por ellas, pero que es por definición imposible de dominar, pues la totalidad de su éxito y su victoria dependen del azar. Es por ello un cuento sobre los cuentos y sobre el narrar. En él, el narrador juega con la literatura, que es su juego, y con su lector, que es su contrincante.
¿Cuál es, entonces, la salvación que anhela el escritor? ¿Qué es lo que quiere ver para poder morir en paz? ¿A sí mismo convertido en literatura, a salvo en un acuario, enterrado en una cripta? Si para él no hay un destino premeditado, su fe no es ciega, sino como la de Simeón, quien necesita ver. A pesar de que sospecha que sus páginas tendrán un lector, desconfía en su llegada y dicho lector permanece hipotético: “Cuando ya haya muerto, mi cripta, mi guarida, seguirá flotando en esa niebla negra y sólida, y llevará estas hojas a ninguna parte para que nadie las lea”. En todo caso, el ruletista narrador ganará inevitablemente: gana incluso si muere, pues lo habremos leído, y gana si logra que, hasta el final del relato, pensemos que el ruletista es el otro, y no él, y si ignoramos que somos nosotros, sus lectores, quienes le damos vida aunque apostemos en su contra para presenciar el violento espectáculo.