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450 pages, Paperback
First published January 1, 1970
“Prefiero una persona educada de siempre, que ha sabido comer, ha tenido servicio en casa, con buena pinta, buenos genes, raza… Todo lo que marca la diferencia.”Esta cita no es de la novela, es una frase real y reciente de una tipeja de mi país que demuestra lo actual que sigue siendo el relato de Bryce.
“…iba atravesando, la Lima de hoy, la de ayer, la que se fue, la que debió irse, la que ya es hora de que se vaya, en fin Lima.”Porque esa Lima que existió, que sigue existiendo y, dejémonos de mierdas, que siempre existirá en cada ciudad de cada país del mundo, mantiene invariablemente en su seno “muchachadas del barrio Marconi” que algún día sustituirán a los Juan Lucas y a las Susan de turno en ese universo propio separado de la sociedad, a la que utilizan a su antojo y mantienen lo más alejada posible, ya que, como dice Susan, la gente bien “no tolera nada desagradable… no se le cuenta que la gente sufre y se muere”.
“Nuevamente participaba Julius con los sirvientes en conversaciones en que los sirvientes se hablan de usted y se dicen cosas raras, extrañas mezclas de Cantinflas y Lope de Vega, y son grotescos en su burda imitación de los señores, ridículos en su seriedad, absurdos en su filosofía, falsos en sus modales y terriblemente sinceros en su deseo de ser algo más que un hombre que sirve una mesa y en todo”.Y una de las razones de que esto fue, es y será siempre así, y no es la menor de todas, es que, además de esos Juan Lastarria que sin escrúpulos lograrán entrar de vez en cuando en esa oligarquía económica bajo la mirada despreciativa de los oligarcas de pura raza, también existirán siempre los lacayos, los Celso, los Carlos, las Vilma, las Arminda…
“Arminda envejece pegada a una familia, sin preguntar, callada desde hace años, los quiere a todos mientras plancha la ropa, o sentada en un banco de la cocina observando su silencio, a veces logra ver al señor y nunca ha juzgado a la señora.”Todo esto, los de arriba despreciando y necesitando a los de abajo, los de abajo admirando a los de arriba de los que se sienten orgullosos de servir y con los que, con nulas posibilidades, sueñan codearse, está retratado maravillosamente en la novela de Bryce con una ternura tiznada de mala leche que hace de la novela un texto duro y encantador, irónico y despiadado, bajo la mirada naif de un niño de diez años llamado Julius, uno de esos raros especímenes que salen de vez en cuando de esas “muchachadas del barrio Marconi” que instintivamente captan las injusticias que se establecen entre los dos mundos. El resultado que consigue Echenique es algo así como una mezcla limeña de El príncipe destronado, Diario de un cazador y, por supuesto, Los santos inocentes del inolvidable Delibes.
... y era un poquito como si todo el mundo se estuviera odiando.
Tan lindo como era tomar el ómnibus del colegio por la tarde y regresar a casa mirando durante el trayecto la mano enorme del negro Gumersindo Quiñonez, descendiente de los esclavos de los niñitos Quiñones, y como que a mucha honra porque sonreía cuando lo contaba.
Si, por ejemplo, en ese momento, te hubieras asomado por el cerco que encerraba todo lo que cuento, habrías quedado convencido de que la vida no puede ser mas feliz y más hermosa; además, habrías visto muy buenos jugadores de golf, hombres sin edad, de brazos fuertes y ágiles, y mujeres bastantes chambonas en lo de darle a la pelotita pero lindas.
Se vinieron abajo entrelazados, y Martinto empezó a temblar de emoción, a comerse un dedo, a no perder un instante, un solo detalle de la lucha y a controlar que no viniera por ahí ninguna madre, todo al mismo tiempo.
Nuevamente participaba Julius en conversaciones en que los sirvientes que hablan de usted y se dicen cosas raras, extrañas mezclas de Cantinflas y López de Vega, y son grotescos en su burda imitación de los señores, ridículos en seriedad, absurdos en su filosofía, falsos en sus modales y terriblemente sinceros en su deseo de ser algo más que un hombre que sirve una mesa y en todo.
Conversaban felices, protegidos por la casa de cristal y sus muros transparentes; lo que decía se perdía entre la música, entre la noche elegante allá arriba con sus estrellas, fumaban y el humo se iba enredando, iba formando arabescos entre los rayos misteriosos de los reflectores ocultos, bebían whisky y sentían y era verdad que flotaban en una isla sobre el mundo, avanzando sabe Dios hacía dónde pero felices, anaranjadamente felices.