Un hombre debe someterse a un análisis medico que lo obliga a limpiar completamente su aparato digestivo. Durante los días previos, se impone un examen no menos la revisión de su vida a partir de la memoria de todo lo comido. Comí es una suerte de relato orgánico donde se reflexiona sobre los alimentos, la medicina y el temor a la muerte. Echando mano de los mecanismos de la ficción, el ensayo y la crónica, esta novela del argentino Martin Caparros expone con caustico discernimiento lo que ocurre cuando un hombre advierte, en el encuentro con la maquinaria medica, las señales definitivas de ese mundo interior, oracular, que es el cuerpo espacio desconocido del que llegan todos los peligros.
Martín Caparrós es un periodista y escritor argentino. Comenzó su carrera periodística en el diario Noticias en 1973, en la sección policial, a cargo de Rodolfo Walsh. En la dictadura, abandonó el país y se exilió en Europa: se licenció en Historia en la Universidad de París; más tarde vivió en Madrid, hasta 1983. Tras el retorno de la democracia a Argentina, regresó a Buenos Aires. Vive en España y publica sus columnas en El País de Madrid y el New York Times.
Como ensayista, Caparrós es -casi siempre- respetable. Como narrador, casi siempre, un desastre. Y Comí es, de lo que he leído, o tratado de leer, lo más desastroso. El de Caparrós es un estilo barroco, complejo, y lleno de incisos. Inflado en demasía, lo que encuentra un paralelismo inesperado con el tema de la historia, que es la desintoxicación del protagonista para hacer una colonoscopía o algo así. No me llegó a interesar. Caparrós es de esos escritores que no dejan pasar una: ni una reflexión dizque inteligente, ni un comentario metaliterario, ni una humorada. Parece que quisiera decir que a cualquier cosa que uno, como lector, pueda llegar a pensar, él ya se anticipó, ya la pensó antes. En el fondo, es como un mecanismo de defensa, la evidencia de un sentimiento de inseguridad. Esto de por sí no sería un problema (la inseguridad es el origen de la literatura), si no fuera porque este exceso lo lleva al límite de la legibilidad. No solo porque el estilo es tan denso que cuesta dejarse llevar por él, sino porque cuesta mucho, como lector, descubrir algún pista de por qué deberías estar perdiendo tu precioso tiempo con esta novela y no con cualquier otra. Una, al menos, que no se trate de lo inteligente que es su autor.
Este libro podría considerarse novela, pero no lo es; diario personal, pero tampoco; ¿periodismo narrativo?, ni de lejos. Este libro utiliza la excusa de querer contar una pequeña historia para dar rienda suelta al verdadero propósito de Martín Caparrós: Vaciar su estercolero personal.
Adentrarse en estas páginas es mancharse en el fango, un fango barroco, denso, sinsentido en la mayor parte de su extensión y absolutamente brillante en algunos tramos. Lo que el autor quiere decir pasa a un segundo plano la mayoría de párrafos para poner como protagonista a la propia literatura, un estilo lleno de volutas y pretensiones en el que las normas gramaticales se desdibujan creando oraciones de más de una cara o soberbios diálogos sin guiones y, joder, cómo consigue que lo disfrutemos y lo detestemos a partes iguales.
La historia del libro sucede a lo largo de apenas tres días, a lo largo de los cuales poco sabemos de qué ocurre. El verdadero protagonista no es él sino su propia inteligencia y su soberbia, quienes dan rienda suelta a reflexiones y divagaciones –la mayoría de veces profundas y rompedoras aunque unas cuantas veces torpes y lentas–, convirtiendo la obra en una suerte de cajón de sastre que el autor utiliza para vaciarse y recrearse.
En definitiva, un libro que probablemente no sea para todo el mundo –o, al menos, no para leer en cualquier momento vital–, que sacude y golpea intelectual y emocionalmente a quien se atreve a adentrarse. Yo lo he leído como un regalo de un autor que nos ha permitido adentrarnos en sus sombras más absolutas para no sentir que las propias están solas en esta humanidad. ¿El precio? Leer y releer páginas vacías de contenido y llenas de florituras donde el autor se posiciona por encima intelectualmente de cualquier lector.
Aguda crítica social desde una perspectiva antropológica del comer. El acto más terreno y más sublime al mismo tiempo es descrito a manera de relato literario por Caparrós, quien se enfoca en los detalles más íntimos del narrador para traslucir el significado del comer y del beber del personaje. Se abordan problemas como la preparación, el consumo, las formas estéticas de la comida, la intermediación del deseo en un acto tan puntual como el de alimentarse. Al mismo tiempo, se junta lo efímero con lo magnánimo, planteando preguntas indispensables sobre las formas del comer, la socialidad de la alimentación, que nos abre una ventana a una pregunta mayor sobre la cultura y la expresión culinaria como una de sus manifestaciones. Incómodo en ciertos momentos y atrevido en otros, poco apto para nuestra moderna sensiblería, absolutamente pertinente para quienes somos “unos que comemos”.
Caparrós escribe muy extraño. Olvida las comas, los puntos, cambia el estilo en los diálogos; es muy extraño pero le funciona muy bien. Como con Saramago, me acostumbré a su estilo después de unas cuantas páginas y hasta me parecía pertinente con la historia esa forma de escribir, pues este libro —me parece— no es más que como si el autor se hubiese sometido a una colonoscopia pero de su cerebro (¿habrá un nombre para eso?). En fin, me gustó este estudio de la cultura y de la sociedad a partir de algo tan vulgar como someterse a la máquina; sin embargo, no le encontré sentido a muchos de sus argumentos en algunos capítulos y, en ocasiones, la lectura se hacia pesada porque creo que ni Caparrós mismo sabe bien qué quería decir.
Es bastante interesante leer cómo Martín Caparrós relaciona todos los aspectos de la vida en torno a la comida y además lo hace con sentido y coherencia, haciendo incluso que te plantees esas situaciones en tu propia vida encontrando similitudes que seguramente sean universales.
No es un libro ligero, está cargado de incisos, intervenciones del propio autor para matizar ideas y palabras que hacen la lectura bastante rocosa, pero desde luego es un libro para leer con un lápiz para subrayar muchas de las ideas y frases que el autor comparte.
Si el acto de comer y la gastronomía son importantes para ti, debes leer este libro aunque suponga un esfuerzo de inmersión.
No logré conectar: me pareció un ejercicio bastante introspectivo de Caparrós sobre una experiencia personal, aunque por momentos disfruté la profundidad sobre la diferencia entre alimentarse y comer, tanto como una necesidad humana, tanto como un acto sociológico. Acaso sea el libro menos inspirador que haya leído de su obra.
Una novela que tiene mucho de ensayo. Interesante reflexión sobre el sistema de salud y el lugar que ocupa la comida en nuestra cultura. Muchos altibajos: Tiene grandes pasajes y momentos en los que no me atrapó.
En el mismo año que Sergio del Molino escribía su personal combinación de narrativa autobiográfica , crónica y ensayo de “La hora violeta”, Caparrós ofrecía esta “Comí” en similar estilo. A ratos hipnótica y a ratos algo indigesta. Y probablemente más ficción otra cosa.