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First published July 12, 1983
La estrategia de los radicales desde el comienzo puede ser descrita como oposición, obstrucción y provocación. La elección no había resuelto nada. Ellos continuaban percibiéndose a sí mismos en lucha contra el nazismo.
A pesar de sus sermones sobre el valor de la organización, en realidad Perón cultivaba la disputa y el desorden, siguiendo el viejo adagio de “divide y reinarás”, cosa especialmente cierta en su relación con el Partido Peronista, donde puso a la rama sindical contra la rama política. De esta manera Perón podía actuar como mediador de los conflictos, ubicándose por encima de ellos y favoreciendo una u otra parte, según le resultara conveniente para desalentar el surgimiento de posibles competidores.
Me manejo bien en un quilombo
La burocratización, el triunfo de la mediocridad y el fetichismo de la verticalidad fueron debilitando al movimiento peronista. Prácticamente todo dependía de Perón.
Aun en el caso en que él hubiera efectivamente pensado que podría aplastar la rebelión, Perón pudo haber optado por alejarse. A menudo se refería a la terrible tragedia de España —cuyas consecuencias él había tenido oportunidad de ver con sus propios ojos como una razón suficiente para evitar un holocausto similar en la Argentina—. Él sabía muy bien lo que hacía falta para derrotar a los rebeldes en una guerra prolongada pero, asimismo, percibía lo que se necesitaría para gobernar el país una vez concluido el conflicto. Sólo iba a ser posible una dictadura férrea; él no iba a poder hacer el papel de moderador, de arquitecto de la unidad nacional, de conductor de una “comunidad organizada”. No valía la pena luchar para obtener ese tipo de victoria: por eso abdicó.
Esta era la conclusión inevitable de la receta de Perón para mantener la cohesión del movimiento utilizando la misma fórmula durante toda su carrera política: predicar la unidad y practicar el caos. Como dijera un astuto periodista: “Nadie puede decir que Perón lo oculte. Con frecuencia suele repetirlo: Es dentro de la confusión donde mejor nos manejamos y si no existe hay que crearla. El arte del político no es gobernar el orden, sino el desorden”. La doctrina de dividir para dominar promovía la unidad sólo en la medida en que dejaba la lealtad hacia el conductor como el único terreno común a todos los peronistas.
Juan Domingo Perón creó una clase muy particularmente argentina de populismo autoritario que abrazaba ambos extremos del espectro político.
Hay muchos elementos desagradables en la personalidad de Perón: el cinismo, el total desprecio por la verdad, la falta de principios, el egoísmo, la irresponsabilidad. Su inclinación por avalar la violencia y su rechazo de la responsabilidad por sus propias acciones sentaron precedentes funestos ... la estatura que alcanzó le debe mucho a la mediocridad de sus opositores y de quienes lo sucedieron.
A su favor cuenta con el haber legitimizado las aspiraciones de millones de argentinos que con anterioridad habían estado excluidos de la vida cívica. Le dio a la clase obrera una conciencia de su propio valor y un sentido de cohesión; a los pobres les hizo llegar el beneficio de la asistencia social y permitió que las mujeres percibieran en los roles que él asignó a su segunda y tercera esposas nuevas posibilidades de realización personal. En este último ítem, se alejó visiblemente del enraizado machismo de sus compatriotas.
Además, tuvo la visión de enarbolar la bandera bolivariana de la unidad latinoamericana.
… era un pacifista de alma, a pesar de sus ocasionales usos de retórica violenta y de su aceptación de un terrorismo que favorecía su causa, una curiosa contradicción enquistada en la esencia de su misma naturaleza. Celosamente rechazó la violencia como un abierto instrumento de la política. Su actuación en este sentido, aunque no sea inmaculada, parece ejemplar en contraste a la tortura y las matanzas que traumatizaron a la Argentina a finales de la década del 70. Por último, es innegable que el hombre que en una época era vilipendiado como el Hitler de América del Sur nunca hubiera sumergido a su país en una guerra.
Una nación que no puede resolver su pasado tendrá dificultades en forjar su destino.