Una conversación sobre literatura y traducción entre la escritora Ariana Harwicz, y el escritor y traductor Mikaël Gómez Guthart. El texto se va desenvolviendo como un juego de tenis, en donde uno le lanza al otro una aseveración, una hipótesis, o una anécdota, y el otro golpea de vuelta lanzando la pelota hacia el lado contrario dentro de la misma cancha. Es también un territorio en donde los autores exploran su identidad, fuera de su país de origen, desde un territorio literario, en sus lecturas, sus propios libros o los traducidos, en las palabras y en el lenguaje, en las ideas y las experiencias. Aunque es un libro cargado de referencias literarias, películas del cine, se lee como una charla que enriquece, que cuestiona, que invita a la reflexión.
Español/English ~~~ Ariana Harwicz nació en Buenos Aires en 1977. Estudió guión cinematográfico en el ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica), dramaturgia en el EAD (Escuela de Arte Dramático) y completó sus estudios con una licenciatura en Artes del espectáculo en la Universidad Paris VIII y un máster en Literatura comparada en La Sorbona. Matate, amor, es su primera novela. ~~~ Compared to Nathalie Sarraute, Virginia Woolf and Sylvia Plath, Ariana Harwicz is one of the most radical figures in contemporary Argentinian literature. Her prose is characterized by its violence, eroticism, irony and direct criticism to the clichés surrounding the notions of the family and conventional relationships. Born in Buenos Aires in 1977, Harwicz studied screenwriting and drama in Argentina, and earned a first degree in Performing Arts from the University of Paris VII as well as a Master’s degree in comparative literature from the Sorbonne. She has taught screenwriting and written two plays, which have been staged in Buenos Aires. She directed the documentary El día del Ceviche (Ceviche’s Day), which has been shown at festivals in Argentina, Brazil, Cuba and Venezuela. Her first novel, Die, My Love received rave reviews and was named best novel of 2012 by the Argentinian daily La Nación. It is currently being adapted for theatre in Buenos Aires and in Israel. She is considered to be at the forefront of the so-called new Argentinian fiction, together with other female writers such as Selva Almada, Samanta Schweblin, Mariana Enríquez and Gabriela Cabezón Cámara.
Qué diálogo para más intenso! Harwicz y Gomez Gulthart ejecutan el arte de conversar a distancia, de entablar un intercambio diferido por email o por chat, o acaso mediado por una videollamada y transcrito a posteriori para deleite nuestro. Nunca se sabe, por más señales que haya en favor de una u otra alternativa, y es mejor así, pues realmente no importa. Da lo mismo si se produjo por email, por whatsapp o por zoom, lo que ha quedado para los lectores es sólo esto, el texto. Y como texto, como ensamblaje organizado y dirigido por ciertos criterios editoriales, es ya casi un intercambio distinto, independiente del diálogo real, una traducción escrita de lo que en verdad, quizá, ocurrió.
Y por ello mismo, por las intervenciones de Harwicz y Gómez, por su manera de conducir ambos el tono de lo que se discute, el ritmo de lo que se dice, los temas que se van amontonando, las anécdotas que no terminan de contarse, las referencias al vuelo y los desacuerdos elegantes, la exageración y el sentido común, y también por su manera tan propia y tan de cada uno de acaparar el tema o apenas mencionarlo, y por el esfuerzo editorial de editar estos sobresaltos sin quitarle el fuego y las curvas propias de una conversación indetenible e impredecible, esta sea posiblemente una de las conversaciones que más reflejan el mundo de encierro que vivimos durante la cuarentena y la necesidad de entablar diálogos profundos acerca del arte y todo lo que involucra, pero también, y sobre todo, acerca de la vida.
Es un breve intercambio de menos de ochenta páginas que gira en torno a la traducción, a la idea de traducir la obra de otro, pero también a la metáfora que supone traducir la propias ideas en una sintaxis y una gramática formada y constituida por convenciones sociales, como es el idioma (el materno y también, en este caso, el aprendido). Es también, aunque ni Harwicz ni Gómez lo mencionen, o apenas lo adviertan, un ejercicio mutuo e interpersonal de mostrar la doble operación tácita que se recrea en un dialogo de estas características, sin testigos a los que deslumbrar ni roles previamente establecidos (ni es una entrevista, ni es una discusión cómplice, ni mucho menos un juego de esgrima), una operación doble e implícita, completamente espontánea al momento de ocurrir, que consiste en traducirse frente al otro (dejarse entender) y a la vez traducir al otro (permitirse entenderlo).
No obstante, aunque insiste una y otra vez en retomar el tema especifico de la traducción, en centrarse en sus matices y versiones, en su técnica y tradición, en las historias que ha dejado su desarrollo a lo largo de los siglos o en el sinfín de reflexiones que ha inspirado su centralidad discreta en el campo literario, la lógica interna de su artesanía y su naturaleza en tanto trabajo y medio de transmisión, desde la primera hoja hasta la última termina yéndose a otro ámbito, dispersándose en otros temas, perdiéndose en otras minucias, en otras ideas, trayendo otros materiales y otros oficios y vinculándolos, casi de inmediato, con otros recuerdos y otras entonaciones.
La digresión, y no la traducción, es la marca inconfundible e inolvidable de esta breve pieza. El excurso, el merodeo, la charla liviana de sobremesa que pasa de una anécdota a un libro recientemente leído y de ahí a un chiste, a un reproche, a una amena refutación sin brío, a la idea inesperada, al suspiro o al silencio o a la frase corta después de una gran explicación antojadiza, y al retorno de la idea principal, de la excusa, de lo que estábamos hablando. Luego el capricho, el contarse para apoyar la idea, el a mí siempre me gustaba, el yo recuerdo, el quería decir, el ahora te entiendo, o incluso, más íntimo, más profundo, más personal, el «nuestra conversación debería haber terminado, pero seguimos» (p.66)
Como en las grandes conversaciones secretas entre dos amigos del sexo opuesto, donde cualquier línea puede interpretarse de modo equívoco y en virtud de un posible deseo romántico o de similar índole, nunca ninguno de los dos llega a una conclusión final sobre lo que estaban hablando (o chateando), ni tampoco buscan, directa o indirectamente, inaugurar la ceremonia fría y académica de ir cerrando el tema antes de pasar a otro, nunca establecen esa transición propia del diálogo preestablecido, nunca cumplen una lista de tópicos, o al menos la edición, y lo que ellos mismos dicen ocultan formidablemente cualquier esquema o guía previa. No hay mediación editorial lo suficientemente fuerte para ahogar esa ilusión de espontaneidad que recorre el texto, ni ímpetu pedagógico para volver inteligible lo que Harwicz y Gómez dejan sugerido o apenas mencionado.
De ahí que, por ratos, aparezca la sensación de estar leyendo una conversación privada que maneja su propio lenguaje y su propio sistema de referencias. Que avanza hacia una crítica general de las dimensiones del campo literario (desde la figura del traductor hasta la del escritor en la escena contemporánea, pasando por el mercado, los lectores, el canon, la tradición elegida y asumida, el sesgo ideológico y la política estética de la literatura, los textos nunca publicados, la censura directa e indirecta, el escribir, entre otros tópicos), desde la dulzura seria de la conversación que oscila entre la evocación del paisaje de infancia o los fracasos de juventud, y la teorización pródiga y afinada, irrefrenable, en las alturas de la especulación apasionada, sobre el baile, o la música compartida, entre la literatura y la vida.
Gómez recuerda, y ahí mismo Harwicz también. Harwicz teoriza, y de inmediato, Gómez saca la artillería de historias extraordinarias que pueblan la tradición literaria occidental. Gómez disiente, y enseguida, o al cabo de unas páginas, Harwicz refuta o reorganiza el modo de verlo. Harwicz cita y Gómez cita. Gómez habla del teatro, de las películas, de su vida como francés. Harwicz habla de Buenos Aires, de su ilusión fallida en el ejército israelí, de sus lecturas cosmopolitas. No deja de mencionar sonatas y sinfonías, y nunca deja de citar, o comparar al músico, al escritor, al político, al hacer. Gómez la sigue, y cita otras obras de los mismos autores, o de otros que están por ahí. Luego Gómez esgrime otra teoría, una ocurrencia abstracta. Y Harwicz lo celebra y lo completa, extiende la figura, matiza. En menos de ochenta páginas, desfila una cultura exquisita e insólita, la base de lo dicho pero también la posible consecuencia, el vínculo por ensayar: comienzan con Chaplin y Grombowicz, y de ahí avanzan a Paul Thomas Anderson, a Kafka, a Glenn Gould, a Virgilio Piñera, a Martha Argerich, a Pasolini, a Juan Rodolfo Wilcock. Ahí mismo, ya en calor, ya estando, entra Borges, Baremboim, Shakespeare. Atempera Thomas Bernhard, George Orwell. Y luego, sobre el ritmo, Katchadjian, Piglia, Mozart, Goebbels, Frédéric Joly y el que dominará el tono de las últimas páginas, Victor Klemperer. Luego, casi ya sobre la sinfonía misma, en el compás mismo de este baile, Walter Benjamin, George Sand, Foucault, Barthes, Tabarovsky, Louis René des Forêts, Blanchot, Proust y en las últimas líneas, dramático, sinfónico, pletórico, luminoso, Paul Celan.
Sin haber terminado ningún tema, y sin haber empezado la verdadera discusión sobre lo que es o significa traducir, habiéndolo dicho todo (todo lo que es posible decir en una conversación, o sea, nada), estando ya a punto de revisitar otra vez lo ya dicho, de volver a emitir el mismo juicio, de llenar impulsivamente el tedio que principia, de pronto, adultos, serenos, ya sabedores de los tiempos, van terminando juntos el viaje, llegando a los últimos arrebatos, y en eso, de la nada, sin ninguna cursilería, sin la liturgia aparatosa de las despedidas, termina el libro.
- Me gustó todo el libro, la forma en que Harwicz y Gómez se comprometen, muy argentinos, muy casuales, con el overthinking. Todo lo sobrepiensan, todo lo teorizan, todo lo revisan. Y les sale como si fuera una plática de bar o de almuerzo de fin de semana. Les sale como si fuera un deporte social, de chisme y risas, especular sobre los vínculos generales entre escritura, mercado y política, y sus temas derivados (la recepción por vía de la traducción, la censura, la circulación de ideas mediada por las lógicas del mercado, las particularidades de cada idioma y la postura e impostura del artista frente al deber de asimilar una gramática (linguística, musical, visual) para expresar lo que quiere expresar, etc). Pero más me gustó la cualidad inhaprensible del libro, su forma oral, de diálogo dramatizado, de ritmo rápido y vuelo intelectual, poliforme, que impide, ya desde ahí mismo, ensayar un resumen o una reseña literal. No es de esos que desde el título ya cuentan. Al revés: el título termina siendo algo que está por contar, una pista para orientarse al cabo de la lectura. Una vía posible para capturar, o canalizar, todas las sensaciones e impresiones que dejó el diálogo. El primer elemento de una pos-lectura.
Desertar. ¿Desertar de qué? ¿De la pretensión de definir una actividad a la vez tan extraña y tan útil como la traducción? ¿De la costumbre de un diálogo predefinido? ¿De la desazón típica que invadió el encierro, de la época represiva que inauguró la pandemia? ¿De la ambigüedad sexual que sobrevuela la interacción entre amigos heterosexuales del sexo opuesto? ¿Desertar de qué? ¿De tener una conversación con un objetivo específico, de mediar cualquier diálogo personal con la lógica de la utilidad? Puede ser, aunque no alcanza. Hay más, mucho más ahí. Hay un subtexto que se escapa, que sólo es posible, pienso, en una segunda lectura. Un subtexto que es extranjero del mismo texto, y por lo tanto, que no puede emerger de inmediato sin un ejercicio forzoso y previo de traducción.
- Algunos fragmentos para el recuerdo: Gómez Guthart: «al final una traducción termina siendo una simple propuesta». Ariana Harwicz: «a mí el Borges en francés me causa gracia, como un escritor con talento pero que insiste en copiar a uno mayor, el Borges en castellano». Gómez Guthart: «no entender todo, no entender todo exactamente, diría mejor. Los jóvenes de hoy deben desprenderse de Barthes, de Guattari y cía, deben alejarse lo antes posible de la ideología, del dogmatismo». Harwicz: «te escribo y pienso qué es traducir y qué no es traducible y si esta tarde puede ser traducida. Y si este momento podría traducirse antes de que vuele». Gómez Guthart: «el cambio de idioma en realidad no fue un cambio, sino un renacimiento. Fue como volver a respirar. Tengo el recuerdo exacto de estar literalmente llorando de alegría una mañana, a las pocas semanas de mi llegada a Buenos Aires, yendo a trabajar». Ariana Harwicz: «pensar en alguien es pensar en su forma de hablar». Gómez Guthart: «estás siendo demasiado optimista o romántica». Harwicz: «escribir para mí siempre es enterrar algo, hacer un duelo, despedirse». Gómez Guthart: «aspiro a la tranquilidad, Ariana...ir al silencio total». Harwicz: «no creo que pueda existir ningún escritor que no sienta al menos una vez en su vida un poderoso deseo de callar».
- Léanla con varias copas de buen champagne francés 🍾 y esuchando, completa, íntegra, la Piano Sonata N°2 in G Minor, Op. 22 de Robert Schumann, en la interpretación, mencionada por Harwicz, de Martha Argerich 🎶. Ambos le caen perfecto!
“Creo que llegó la hora de armar una teoría oftalmológica de la literatura. Hace unos años me enteré de un dato a la vez sugestivo y escalofriante: un oftalmólogo muy conocido en Buenos Aires me contó que a veces, por el cansancio y probablemente por el aburrimiento de tantos años de trabajo, suele subcontratar clandestinamente ciertas operaciones. El paciente está dormido, no se da cuenta de nada, y entonces entra en la sala de operaciones un estudiante de oftalmología contento de poder tomar el mando de la operación. Es, digamos, como una pasantía en acto. En el mundillo de lis oftalmólogos se les dice ‘fantasmas’. Me parece una alegoría perfecta de la literatura, y de la traducción. El lector es el paciente soñando. Y el oftalmólogo es el autor o el autor fantasma”. . Se publica esta otra conversación de confinamiento, esta vez entre Horowicz, la escritora argentina y Gómez Guthart, traductor francés, que en apenas cien repletas páginas llenan de anécdotas y teorías sobre la traducción y la literatura en general sus charlas durante la pandemia. Perfecto para recordar de nuevo lo que todavía no se tiene claro: que cuando leemos un libro escrito originalmente en una lengua extranjera en realidad no estamos leyendo ese libro si se trata de la traducción, sino otro libro que puede ser igual de maravilloso (o mejor) escrito por un traductor. . “Me parece que la frase de Alphonse Lamartine resume bien el problema: ‘En mi opinión, la obra literaria más difícil es la traducción. El traductor cumple con el difícil reto de ser fiel, a la vez, a dos amos igual de exigentes: el autor de la obra y el lector de la traducción’”.
"Conversación en castellano suena a converso. Al parecer ya tenemos un problema para futuras traducciones. Las palabras vienen siempre acopladas, ensambladas, apareadas en otras, como las largas raíces de los árboles, así que somos dos conversos, conversando. Y dos fantasmas, también, pero por motivos que descubrimos solo al final. Empezamos a hablar por escrito cuando nos conocimos al presentar nuestros libros traducidos al francés y nunca más nos detuvimos. ¿Por qué dos personas que no se conocen nada y que nunca se escucharon ni las voces, empiezan en un momento a hablar y por qué eso que se dicen termina siendo un texto? No lo sabemos y este corto libro tampoco lo responde" (inicio del libro).
Este libro recoge la correspondencia entre Ariana Harwicz y Mikaël Gómez Guthart (traductor al español de Rousseau y al francés de Pizarnik y Gombrowicz, entre otros). Es un libro breve pero intenso, y pienso que esa intensidad es la característica principal de la correspondencia. Mientras que las entrevistas determinan al lenguaje para que se comporte de una manera espontánea y expansiva, las formas de la literatura escrita tienden más a la concentración y la brevedad. La diferencia entre pensar antes de escribir y construir el discurso a medida que se va hablando. Dos formas distintas de abordar un diálogo.
Al principio tanta intensidad resulta un poco impostada, porque parece imposible que en cada intercambio haya frases, anécdotas e ideas increíbles. Aunque al final entras en su tempo mental y ves que es verdad y te acostumbras a pasear por sus intrincados mapas mentales. Los temas son tan amplios que no cabrían en una enumeración, pero tocan el deseo, el lenguaje, el desertar, el disertar, la patria, la intraducibilidad de palabras como "trucho" o la naturaleza infiel del traductor respecto al lenguaje.
Intuyo que las comunicaciones estaban espaciadas en el tiempo por la cantidad de información nueva que incluye cada correo. No se indica la fecha pero sabemos que la interacción comienza en el confinamiento. Se nota mucho que son correos y no cartas físicas por varios motivos. Por la frecuencia alta de comunicación al eliminar los tiempos de espera entre carta y carta. Por la brevedad de las comunicaciones al no tener que pagar por cada envío (el mismo cambio que cuando pasamos del sms al whatsapp). Pero también por otra cosa más. Últimamente vengo leyendo la correspondencia de algunas autoras (Szymborska, Rulfo, Pardo Bazán, Tsvetáyeva) y se nota de alguna manera en el texto que ha sido escrito a mano, como cuando tu amama guisaba a fuego lento un puchero durante una tarde.
Me dejé llevar por la cita de Thomas Bernhard que hace de preábumlo, por el título, Harwicz y las 70 páginas. No se trata tanto de un ensayo sino de una transcripción de diálogo, no sabemos si simulado. Los autores (¿dialogantes?) se paran desde la deserción para pensar alrededor del exilio, el lenguaje, los malentendidos y sobre todo la traducción. AH y MGG abren frentes de batalla constantemente y no parecen interesados en cerrarlos. Dibujan puntos de fuga tras los que van alineando referencias literarias, anécdotas propias y ajenas, paradojas, fantasmas. A veces parece que hablan solos y compiten a ver quién conjura la referencia más oscura, más de culto, más elaborada, o quién apila más nombres de autores clásicos por párrafo. Creo que brilla más el intercambio cuando la conversación gira en torno a heridas y obsesiones del lenguaje. Sobrevuela al diálogo el hecho apenas referenciado de que haya sido escrito durante el aislamiento. Este ensayo es también un testimonio que remite al simulacro de conversación presidiaria que tuvimos que aprender a mantener durante esos meses, cada uno en su casa, y es inmediatamente reconocible en la evocación de un afuera despoblado y lleno de fantasmas, en las ganas de rearmar un mundo a partir de la relación con los recuerdos. Filo nostáligco que justifica la lectura, al menos para mí.
Una conversación entre una escritora y un traductor, acerca de la traducción. El diálogo está lleno de chismes literarios interesantes y de reflexiones eruditas sobre la lengua, la originalidad, el plagio. Pero todo es demasiado intelectual (a pesar de que, en algún momento, el traductor declara a su contertulia de esta misma manera); algo de sus vidas privadas irrumpe de vez en cuando (hijos, padres, infancia, lugares de residencia, escribir en la pandemia!!!), para desaparecer rápidamente y dejar espacio nuevamente a la erudición. Habría sido fantástica una conversación más abierta, más amplia, menos hermética. En fin. A mí me parece una publicación un poco caprichosa.
«Desconfío también de eso que es el yo, cómo mantener a un mismo personaje durante varias novelas. Por eso hablar otro idioma me parece que es una comedia. Cómo no cambiar de rol y de vestuario.»
Qué hermoso el arte de la traducción. Ojalá algún día vendan libros míos en otros países y haya versiones de lo que escribí que ya no son mías girando por el mundo
Este librito me ha venido como agua de mayo para empezar el año. Me interesa muchísimo el tema de la traducción, el uso y el desuso de la lengua materna, y la adopción de otras lenguas. Ver cosas que yo he intuido al vivir en otra lengua que no es la mía y a las que le he dado muchas vueltas desde la experiencia cuajadas así en el papel, desarrolladas de una manera que las hace reales, me remueve las tripas. Una joya de diálogo, de verdad lo he leído y releído emocionada.