Qué manera más bella de hacer algo con el profundo sufrimiento al que a veces conduce la experiencia humana. Wajdi comienza diciendo que no encontraba las palabras, el idioma, y acabó dando con unas que llegan profundamente al alma. A veces postergaba la lectura porque no me hacía sentir bien, pero era consciente de que era absolutamente necesaria. No se me ocurre una mejor manera de sanar que convirtiendo las heridas en teatro, porque como bien explica, este saca a los fantasmas de sus tumbas y nos permite abrir un mundo de hipotéticos casos. Es una autobiografía hecha con mucha sensibilidad, que te va transportando por momentos cuya importancia no radica en que sean fehacientes sino más bien en que le emulen al autor lo vivido, y el público, en este caso el lector, lo pueda recibir en toda su complejidad. Muchas veces las creaciones de nuestra mente son más representativas que la realidad misma.
Lo que más me llamó la atención fue el personaje de la madre, que deja ver la mella que hace la guerra en quienes esperan, ya sea una llamada, un billete de tren o una visita que nunca ocurren. Todo ese dolor mal gestionado lleva a la hostilidad máxima, que ella pagaba con sus hijos. Es duro ver a un Wajdi adulto intentando comprender los comportamientos de su madre, dándole una oportunidad que en vida no tuvo de actuar desde el sosiego y justificarse. La pregunta más frecuente era: ¿hasta qué punto somos víctimas de nuestras circunstancias o responsables de ellas? ¿Justifica una situación límite como esta el maltrato psicológico y la total falta de afecto hacia los hijos?
Las discusiones que hay son tan cercanas y familiares que daba hasta un poco de miedo porque sabes lo que es estar ahí. En ellas a veces salía la oposición evidente entre Francia y el Líbano, como culturas completamente distintas que introducen la carencia identitaria desde que se exilian. Aprecio el mensaje de que todo lo que vivimos nos moldea, y él deja claro que esta es su historia, con todos los matices que la conforman.
Desde un punto de vista más técnico, hay bastantes recursos que se salen de lo convencional y me parecieron interesantes, entre ellos las conversaciones de tú a tú con la periodista televisiva, que rompen todas las barreras del realismo; los diálogos por teléfono, cuando aparecen separados por una línea en un intento de desordenar las intervenciones; el encuentro con el fantasma de la madre, o los momentos de mayor agitación emocional, que se expresan de corrido sin signos de puntuación. Tanto el teléfono como la televisión tienen un papel fundamental como elementos de comunicación con el mundo exterior, y por tanto de conflicto. Las llamadas, aparte, son sumamente estimulantes porque solo dejan entrever las contrarréplicas y corre de parte del lector atar los cabos sueltos.
La música que va acompañando las diferentes escenas y las recetas que se preparan nos introducen en una atmósfera determinada y son importantes. Además, no se limitan al efecto inmersivo, sino que la música dirige los cambios anímicos de la madre y la cocina funciona como vehículo de evasión ante sus evidentes preocupaciones, sumado al cometido de ritual y reunión.
El texto, sin ser poesía, es muy poético. Es una historia fragmentada con momentos muy variopintos pero que se entiende a la perfección en su conjunto. Sobra decir que la edición es preciosa y visualmente complementa a la lectura de la mejor manera.
Me quedo con muchas ideas rondando por mi cabeza, entre ellas la del final: solo hace falta contar las historias, ninguna vida es anónima.