Se trata de una obra teatral, cómica, muy cómica. Ambientada en una sala de un Juzgado. Todo comienza con un Juez, un Fiscal, un Defensor y Felipe, nuestro: ¿Quién yo? Todo el interrogatorio del Fiscal hace que la frescura y ocurrencia de Felipe, con sus desvaríos y entredichos, realmente nos arranque la risa y nos lleve a un estado tal, que no podremos dejar de reír. La obra habla por sí sola. Sólo hay que leerla.
FISCAL: (...) Basta, no diga una palabra más, no lo aguanto más. Ya el jurado tiene elementos de sobra para opinar, ya el jurado ha visto la catadura moral de este individuo que pretende disimular sus horribles crímenes con situaciones incoherentes, con hechos absurdos, con palabras y palabras y palabras como si todas las palabras del mundo pudieran justificar un solo crimen.
Es una obra de teatro con un humor muy burdo. Una sucesión interminable de chistes fáciles jugando muchas veces con el doble significado de las palabras. Al autor se le ocurren unos 50 chistes fáciles, inocentes y con poca gracia y los mete a todos en un libro corto, haciéndolos encajar de la manera que fuese. Cuando no tienen cabida, los mete igual, todo en un fallido intento de ser gracioso. La única ventaja es que se lee en un rato. Para leer únicamente si te lo presta Internet o algún enemigo.
Es una obra de teatro que se lee en una sentada de un humor tonto, muy escolar, pero que me hizo reír en muchas ocasiones. Llegué a ella porque mi papá interpretó al Fiscal en una obra de taller de teatro, pero como yo tenía 2 años no la recuerdo. Me hubiese encantado verlo, y el guion es lo más cercano a haberlo hecho mientras me lo imagino. El humor tonto también me hizo pensar en él, son cosas con las que definitivamente se hubiese reído y por eso aprecio esta publicación.
Cometí el error de releer este libro, basado en el recuerdo de lo mucho que me había divertido hace un montón de años, y me decepcionó. Tendría que haberme quedado con el buen recuerdo...