Esta monografía es una edición facsímil del primer libro dedicado al gran ilustrador y grabador mexicano José Guadalupe Posada (1852-1913), publicado en 1930. En este volumen se reproducen unos 400 grabados de la vasta producción de Posada recopilados por Paul O'Higgins, los que entonces se pudieron localizar y reunir. Las imágenes de las alegres –y a veces macabras– hojas volantes del artista son parte de las miles que integran su obra, entre ellas las “calaveras”, los corridos o las ilustraciones de canciones y oraciones religiosas, que con su gran calidad plástica engrandecieron la tradición del grabado popular mexicano. Además de las imágenes, el libro incluye una introducción de Frances Toor, legendaria editora de la revista Mexican Folkways, y un ensayo de Diego Rivera sobre el grabador. Según Diego Rivera, la importancia de esta publicación consistía en no dejar que Posada cayera en el olvido. Es entonces una “primera piedra de este monumento, porque es el primer documento permanente de la obra de José Guadalupe Posada”. Sus ilustraciones, a pesar de apreciadas y todavía en uso en la época, circulaban desunidas de su nombre y faltaba un merecido reconocimiento.
Cómo menciona Diego Rivera, es posiblemente Posada el artista más grande que ha dado México, y lamentablemente será olvidado. Eso me hizo recordar lo mucho que se decora con calaveras y carteles que portan sus ilustraciones en Día de muertos, o de igual manera los referentes que tenemos como “Juana la loca”. Y es en verdad muy poco es lo que sabemos de él u otro artistas que han formado nuestro país. En su ejemplo pocos saben qué hizo a la emblemática catrina que sus rostros decoran cada inicio de noviembre, y los que saben no sabemos que él pintó a una garbancera, la cual es una mujer que aparenta riquezas, más no a una mujer rica.
Muy poco sabemos, pero mucho utilizamos y explotamos.