2.8
Labatut compone una ópera prima recordable, de mucho matiz y nervio. No es un gran conjunto de cuentos (salvo el primero, homónimo del título, que es una joya redonda, los demás son regulares), pero en todo momento, incluso en los menos logrados, la prosa y la trama evidencian nítidamente la existencia de eso que llaman «una voz propia».
Son siete relatos organizados bajo el sutil contrapunto de una sospecha que irrumpe en la vida de sus personajes, y que se expande en ellos sin control a lo largo de los años, y una señales o datos que, aparentemente, para ellos y para los demás, no dejan jamás de escabullirse, ocultándose siempre en los pliegues de su entorno social.
Pero, y aquí está el mérito de Labatut, el lector tampoco sabe de qué señales o datos se trata exactamente. Y nunca lo llega a saber. Nunca se resuelve nada. Durante la lectura y hasta después de ella, la única alternativa posible para el lector de averiguar en qué quedó la trama o qué era con precisión lo que tanto angustiaba a su protagonista es solo la hipótesis. La suposición. La pura inferencia.
Al igual que los protagonistas de estos cuentos, el lector sospecha de la existencia de algo que está ahí, escondido, a punto de irrumpir y joderlo todo, pero no tiene la más mínima idea de lo que es.
En algunos cuentos puede ser el regreso repentino del pasado (quizá un trauma en «Paises Bajos», o un complot en «La atártica empieza aquí»), en otros puede ser la dificultad de sobrevivir al final del amor y la desorientación que de ello deviene (en forma de pérdida del oficio artístico en «Alfredo en cama», o de recuperación de una vieja manía en «Club de campo» o de reencuentro fugaz de despedida en «No me digas que no te acuerdas»), y en otros puede ser la toxicidad invisible pero real de los vínculos («La cura de Ana») o el descubrimiento del doble, de la coincidencia o del plagio involuntario («Deseo»).
Todos contienen un momento trágico, algo que modifica y trastorna la psicología de quien lo experimenta, en su pasado o en su presente, y que pese a los datos que riega el autor, nunca terminan de estar del todo expuestos, nunca se sabe qué realmente pasó, qué suma de elementos y factores lo produjeron, cuántos asuntos se juntaron hasta alterar las mentes de quienes lo experimentaron.
Aún así, y quizá aquí está el otro mérito, Labatut intenta construir una atmósfera lo suficientemente potente para transmitir la sensación de que algo tremendo pasó sin necesidad de desglosar una a una sus causas (desglose que solía hacer Bayly con exquisita elegancia en varias de sus novelas), y en general expresar, pienso, que no es necesario saber con exactitud los detalles de una historia para sentir las tragedias que la definen.
Tragedias como el paso del tiempo, el fin del amor, las ilusiones perdidas, el descubrimiento de la irrelevancia, la soledad. El crecimiento. La despedida. La enfermedad.
La dificultad de ser como se era.
Lástima que al final, no lo logra. Salvo el primer cuento, el resto muestra un estilo y un ritmo aún en construcción. En algunos, exagera con la información que ofrece y en otros pierde el ritmo, se atasca, se concentra demasiado en un detalle o abusa de los artificios técnicos. Donde pudo haber un texto claro y limpio, muchas veces hay experimentación efectista y enredo innecesario.
Me gustó, eso sí, la enorme cantidad de insights que usa para enlazar a los cuentos entre sí, como si propusiera una cartografía alternativa, en la que cada relato es una pieza de un relato mayor y desconocido al que hay que develar, más o menos en la línea del primer libro de Fresán, como dejando la sensación de un metatexto detrás, un metarelato al fondo, definido por las coordenadas del tránsito de una vida alegre y solitaria a una sexual y apasionada y al borde del éxtasis artístico, y de ahí la ruptura amorosa, el desequilibrio personal, la derrota, el silencio, la resignación, la paranoia y lo gris.
De esos insights, me quedo con dos: los dedos cortados y la ciudad de Valparaíso. Ambos se repiten tanto que se convierten en verdaderas señales obsesivas.
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En una apropiación personal:
•«No me digas que no te acuerdas» me recordó al cuento «Pelando a Rocío» de Fuguet. Ambos tienen el mismo tono de chismecito santiaguino.
•«Deseo» me recordó al cuento «Playas», de Carlos Calderón Fajardo incluido en la Colección Underwood. Ambos manejan ese clásico tema de dos escritores muy diferentes en muchas cosas y en muchas otras tan parecidos que se superponen.
Y por supuesto, de todos me quedo con el primero. «La antártica empieza aquí» tiene tanto por sacar que valdría escribir un libro entero para ello. Muy místico, muy siniestro, muy paranoico y muy simbólico. Como David Lynch en Twin Peaks, Labatut procura aproovechar sus recursos para aproximarse, aunque sea por un instante, a ese misterio inexpresable y horrendo que todos los días nos rodea sin saberlo.
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Léanlo con un buen vaso de Ballatines 🥃 y escuchando «Casper» de Russian Red. 🎶
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