Tenía muy buen recuerdo de este libro, y lo he vuelto a leer porque me picó el gusanillo.
Cuatro amigos se encuentran un perro en el descampado donde suelen ir a jugar. Uno de ellos, Pepito, decide quedárselo pues no quiere dejarlo abandonado en la calle. A partir de ese momento, se desencadena una serie de acontecimientos que les harán vivir aventuras muy divertidas.
Qué interesante volver a leer 'Caramelos de menta' de Carmen Vázquez-Vigo después de tantos años.
En 'Caramelos de menta' Carmen nos invita a adentrarnos en la vida de barrio, en los quehaceres de la pandilla de Pepito, Quique, Curro y el Chino (Alejandro), y de la pandilla némesis de Toño y Moncho, las gemelas Nati y Rita, Don Joaquín, la Señora Enriqueta y ... el fenomenal Dragón.
A través de sus aventuras, el relato nos muestra el proceso de urbanización, y de forma sutil, nos muestra dinámicas recurrentes, tal vez universales, de los grupos que conviven en barrios. Los protagonistas y sus némesis, los obstáculos de su existencia como niños y sus limitados recursos, los problemas que surgen al incurrir en deudas no previstas como resultado de sus juegos...
Y puesto que en estos dias estoy muy metido en el tema del estudio de la propiedad privada en relación con las consecuencias del pensamiento neoliberal en el uso de infraestructuras públicas, quisiera referir a un párrafo que, como todo, puede ser leído de formas diferentes, pero que llama la atención por su sencillez:
"- ¿Por qué no te vas a jugar con tus amigos? Firme como un Policía Montado del Canadá, rígido como un Buda, Curro sólo articuló un monosílabo. - No. - Mira, Curro, que me estás cansando - dijo su hermana con tono amenazador. - La calle es de todos. Yo también tengo derecho a estar aquí. - ¿Pero para qué? - Preguntó Manolo. - Para tomar el aire. Es bueno para los pulmones." (página 67).
Gracias Carmen por este relato tan sencillo y divertido de leer, y que refleja las realidades de una sociedad cambiante, comunes a muchos y como tales cercanas a todos.
La colección azul de El Barco de Vapor fue la que me incentivó la lectura. Por lo mismo, estoy intentando revisar sus títulos en orden, siendo el segundo de ellos “Caramelos de menta” (1981) de Carmen Vázquez-Vigo. Un grupo de amigos adopta un perro y lo llama Dragón. La mascota hace honor a su nombre, provocando una serie de daños al huevero de los cuales los niños deben responder. A partir de ello, inician una aventura por generar fondos que los llevará vender caramelos en el mercado, dejarse perder en partidos, participar en concursos de literatura, y llevar a Dragón a concursos de belleza (siendo un simple perro mestizo). Esta cuota de seriedad no debe hacernos olvidar que, ante todo, estamos frente a niños, quienes movidos por una buena causa parecen sacar lo mejor (y también lo más chistoso) de ellos mismos.
“-Nos meterán en la cárcel. A todos se les habían ocurrido posibilidades bastante terribles, pero ninguna tanto como ésa. - ¡Qué nos van a meter…! -exclamó, incrédula, Trini. - ¿Que no? Al que escribió el libro de David Copperfield lo metieron. Con toda su familia. Y por deudas. - ¿Y eso cuándo pasó? - Hace… hace mucho tiempo -respondió Curro vagamente. - En los tiempos antiguos erán más bestias que ahora. - Y a Cervantes -continuó Curro en plena euforia cultural- también lo metieron en la cárcel. - ¿Por no pagar? - Porque las cuentas no le salían bien. Más o menos es lo mismo”.
La propia sinopsis nos desvela todo el libro por así decir, por tanto, no puedo contar mucho más de lo que en ella se explica.
El relato comienza con un perro como protagonista, una pandilla de niños malos, Toño y los demás como sabremos después, deciden atarle al rabo unas latas vacías. El pobre perro huye despavorido y entra en la tienda de huevos de Don Joaquin rompiéndole gran cantidad de sus productos y asustando a sus gallinas. El perro vuelve a huir hacia un campo donde lo encontrará la pandilla de Pepito y sus buenos amigos, quien al final se vengará de Toño por lo que le ha hecho al perro y acabará adoptándolo y llamándolo Dragón.
Un día en casa de Pepito, se deciden a hacer una bomba con polvora de cohete y no se les ocurre otra cosa que tirarla por el balcón, cayendo encima del toldo del señor Joaquin, así que cuando está explota se le hace un gran agujero al toldo y el señor sube a casa de Pepito pidiéndole que le pague los desperfectos, pero además como ve al perro que le hizo el destrozo de la tienda también le exige que pague los huevos rotos, en total unas 1500 pesetas.