Mi primer contacto con Robert Hayward Barlow fue hace más de cuatro años. No sé bien cómo ni cuándo se produjo, pero recuerdo que cuando leí las dos colaboraciones de Lovecraft con Barlow (Más allá de los eones (Colaboraciones), Valdemar 91) en abril del 2015 ya sabía perfectamente quién era Robert Barlow y la clase de relaciones que había establecido con Lovecraft. Pero más tarde, al leer la controvertida biografía de L. Sprague de Camp, fue cuando pude profundizar en la relación de amistad entre estos dos hombres. Sin embargo, en la biografía de Sprague de Camp Barlow no parece que sea una persona realmente importante en la vida de Lovecraft, al menos no más relevante que otros jóvenes entusiastas del corpus literario de Lovecraft. Por supuesto, la información fue dispuesta por de Camp de tal manera que creamos que Barlow fue un individuo circunstancial en la vida de Lovecraft, y no alguien con quien realmente H. P. Lovecraft había trabado un fuerte vínculo emocional.
Quien conozca a H. P. Lovecraft más allá de su obra sabrá que fue una persona con una personalidad única. No niego que su existencia estuviera repleta de claroscuros, pero Lovecraft no fue el hombre atormentado que con tanto ahínco nos han querido convencer desde distintos medios. Es cierto, se escudaba en una suerte de indiferentismo estoico para lidiar con la peor parte de sí mismo; aquella autodestrucción que habita en todos nosotros según Freud, y la misma que empujaba a Lovecraft a revivir una y otra vez los recuerdos de su infancia, reminiscencias que solo podía capturar en sus sueños para perderlas un instante después en el mundo vigil. Unido a esto, siempre estaba la desasosegante y deformada percepción que él tenía de su trabajo; se veía como un escritor amateur, del montón, y por eso lógicamente era incapaz de vivir de sus escritos. Mucho esfuerzo y reflexión me llevó entender que estos dos pensamientos que Lovecraft había convertido en sus máximas o principios en algunas de sus cartas no eran lo más relevante ni, por supuesto, aquello que lo definía como persona. Pero hubo una persona mucho antes que yo que vio al individuo que existía más allá del horizonte que el mismo Lovecraft trazaba en sus peores momentos, y esa persona fue el joven Robert.
En 1931, Robert Barlow escribió por primera vez a Lovecraft. Con trece años y una madurez intelectual de una persona de sobrepasados los veinte tenía muy claros sus intereses literarios. Amaba esas historias que hundían sus raíces en un pasado inmemorial y prehumano, y Lovecraft era uno de los mejores escritores en ese aspecto. Como podemos ver en O Fortunate Floridian: H. P. Lovecraft's Letters to R. H. Barlow Lovecraft en seguida trabó una bonita amistad con Barlow, llegando a ofrecer a Barlow leer en primicia En las montañas de la locura. Esta amistad no hizo más que enriquecerse carta tras carta, hasta que Barlow se sintió con la confianza suficiente como para invitar a Lovecraft a pasar el verano en Florida en 1934. Lovecraft accedió, y una vez en Florida se quedó estupefacto al ver que su corresponsal era físicamente un chiquillo de dieciséis años. Pero la diferencia de edad (B. dieciséis y L. cuarenta y tres) no supuso ningún problema para los dos; Barlow era un joven al nivel intelectual de Lovecraft en muchos aspectos. El amor de ambos por los gatos, los cachivaches antiguos, las bizarradas, la poesía y, en fin, el arte en general los acercó cada vez más. Sus personalidades eran bastante similares, con la diferencia que Barlow siempre buscaba nuevas formas de expresarse artísticamente. A veces esto llegaba a cansar a Lovecraft, abrumado por las mil y un ideas que el chiquillo tenía en su cabeza, pero Lovecraft también sentía cierta ternura por el entusiasmo de Barlow, una alegría que muchas veces contagió al propio Lovecraft.
Esta amistad se hizo más profunda, y poco antes de morir Lovecraft nombró a Barlow albacea literario; Robert contaba con dieciocho años por aquel entonces. Como Barlow era todavía un crío, y había heredado de Lovecraft esa forma amateur de conducirse, tomó ciertas decisiones sobre la obra de Lovecraft que molestaron mucho a otros miembros del círculo del Maestro. August Derleth y Donal Wandrei, dos hombres maduros y con experiencia editorial, tenían visiones más ambiciosas sobre la obra de Lovecraft. Temerosos de que el negocio se fuera al traste por un chiquillo con ínfulas de editor, ambos hicieron circular una serie de bulos sobre Barlow y su nefasto tratamiento de los papeles de Lovecraft. Al final, Barlow tuvo que ceder todo el corpus que Lovecraft le había legado, muy afectado emocionalmente por todas las calumnias. Por su lado, August Derleth y Donald Wandrei fundaron Arkham Press y publicaron The Outsider and Others (1939), primer compendio de relatos de Lovecraft editados de forma profesional en Estados Unidos.
Según Sprague de Camp, la historia entre estos dos hombres termina aquí, cuando Robert cede todo a Derleth y se marcha a México. Como he dicho más arriba, a través de la biografía de Sprague de Camp sentimos que Barlow fue circunstancial en la vida de Lovecraft, pues por sus palabras interpretamos que Barlow quiso quitarse un problema de en medio al darle el corpus literario a Derleth y hacer, finalmente, su propia vida y estudios lejos de los recuerdos de su juventud y su viejo maestro. Pero, ¿y si no hubiera sido así? ¿Y si lo único en lo que creía Robert Barlow era en Lovecraft?
Cuando leí los poemas que Robert Barlow había dedicado a Lovecraft en La noche del océano y otros cuentos me di cuenta de lo estúpida que había sido al quedarme solo con la información dada por Sprague de Camp. Pues aquí, en estos poemas, es donde vemos una verdad de forma obvia: que Barlow estaba enamorado de Lovecraft y que perderlo fue para él como perder una parte de sí mismo. Lovecraft había sido una parte importante de la vida de Barlow desde los trece hasta los dieciocho años. ¿Cómo había podido yo creer que todo era tan sencillo? Cuando entré en contacto con la verdad no supe qué decir, pero lo único que sé (y me lacera) es que Lovecraft nunca supo en vida que Barlow estaba enamorado de él. Algunos individuos pueden pensar que para Lovecraft saber esto hubiera resultado asqueroso o bochornoso, pero si analizamos bien la situación, y tenemos presente la verdadera personalidad de Lovecraft, podemos saber casi con absoluta certeza que la reacción de Lovecraft habría sido muy distinta. Aunque en algunas de sus cartas Lovecraft criticó la homosexualidad, en persona no mostraba oposición alguna a ella. Conocía la condición sexual de varios amigos suyos y no le importaba en absoluto que se acostaran con hombres. Si Lovecraft hubiera sabido que Barlow lo amaba se hubiera limitado a poner la misma expresión facial que nació involuntariamente en su rostro cuando descubrió que su corresponsal floridano era un chiquillo de dieciséis años; una mezcla entre sorpresa e incredulidad.
Otros labios hicieron que mis locos labios aspiraran/ a arrebatar de los tuyos lo que no osaban obtener/ ¡del amor que amaba y no podía ser! /Tu carne no podía estar más lejos de mi cercana caricia (1937)
Escribiré hasta que el viento termine de rasguñar el aire/ pues mi cerebro son dos cerebros, / y uno está muerto, / pero el otro está vivo en el/ aferrado puño de barro(15 de marzo de 1940 [tres años después de la muerte de Lovecraft]).
La vida de Robert Barlow habría tomado un cariz muy distinto si Lovecraft no hubiera muerto en 1937, pero una vez arrancadas un número importante de las raíces de la planta no había nada que hacer; el daño era muy grande. Barlow se alejó de los sueños y las ficciones para centrarse en sus estudios antropológicos sobre las civilizaciones de Meseoamérica. Llegó a convertirse en catedrático de la Universidad de México y pasó nueve años dedicado en cuerpo y alma a las civilizaciones prehispánicas. . Sus aportaciones en el tema fueron tan importantes que hoy en día todavía se tienen en consideración. El documento más destacado es The exent of the Empire of the Culhua-Mexica (1950). Y aprendió con fluidez náhuatl y español.
A final de los años 40, Robert se encontraba cada vez peor de la vista, la tristeza arrastrada a través de los años y las amenazas constantes con revelar su homosexualidad lo llevaron a quitarse la vida el 1 de enero de 1951. Dejo tras de sí un puñado de poemas y relatos que Hippocampus Press publicó en el 2002 en un librito titulado Eyes of the God: The Weird Fiction and Poetry of R. H. Barlow y que la editorial Distinta Tinta tradujo en el 2018 bajo el título La noche del océano y otros cuentos. Nunca fue considerado por August Derleth como el primogénito literario de Lovecraft y, mucho menos, un escritor de la talla de Lovecraft. Barlow fue el miembro del Circulo de Lovecraft que más se ha acercado estéticamente al Maestro a través de sus propios temas, como también fue la persona que mejor comprendió a Lovecraft, tanto al escritor como a la persona que había tras las criaturas informes y ángulos no euclidianos.
Una vez detallada a grandes rasgos la relación de Barlow con Lovecraft, pasemos a hablar de la narrativa que hallamos en la presente antología. Los primeros relatos pertenecen a la etapa juvenil de Barlow. El primero, La muerte del monstruo escrito junto con Lovecraft, recuerda mucho a los relatos que Lovecraft escribió a principios de los años veinte (Dagón y otros cuentos macabros; Alianza). La historia trata sobre un grupo de hombres que marchan a una fortaleza ignorada para matar a un dragón...inexistente. El relato tiene poca chicha, pero tratándose de un escrito juvenil no podemos pedir más. En la misma línea El ojo del Dios, pequeña ficción donde Barlow testeaba el terreno del weird con Lovecraft mediante una trama basada en el robo de una reliquia. Este argumento lo utilizaría más adelante Barlow en un relato en solitario. La batalla que acabó con el siglo, o La-bizarrada-más-grande-que-se-ha-escrito, es un relato completamente surrealista que escribieron Barlow y Lovecraft juntos en verano del 1934. Robert E. Howard (aquí Bob Bíceps) lucha contra un tipo llamado Bernie K.O, el Lobo Salvaje de West Shokan, y la gracia del relato es quién gana y lo que sucede con el derrotado. Por supuesto, la historia es bizarra de forma intencionada. Aparecen diversas amistades de los escritores de forma muy aleatoria, por lo que seguramente solo lo disfruten quienes están muy metidos en la vida privada de Lovecraft. Personalmente me provoca mucha ternura porque en esta historia se ve la personalidad y gustos de ambos. El siguiente relato, La taberna inhóspita representa para mí un intento de novela fallido. Empieza con un aura de misterio muy buena, y tiene un par de momentos interesantes, pero se queda en nada porque es otro testeo del terreno. Las desgracias de batir mantequilla nos recuerda a los viejos mitos griegos. Es un relato decente, en parte por el punto oscuro que da la aparición del demonio Garoth. En la misma línea La recompensa del artesano un relato con un fondo moral. ¿Quién sabe en qué circunstancias lo escribió Barlow? Por último, Los anales de los genios, una serie de episodios que pretenden hacer un homenaje a la historia del príncipe Barkiarokh de William Beckford. Algunos episodios son interesantes, pero otros la verdad es que no me dijeron nada.
Pasamos pues a la ficción extraña más madura. No puedo empezar con otro relato que Hasta que los mares. La historia narra el declive de la humanidad. El sol va haciéndose más grande, con las consiguientes consecuencias de eso. El agua se torna un bien escaso, y asistimos a los últimos momentos de la vida del último ser humano. Es un relato interesante por su atmósfera desasosegante y el derroche imaginativo. Una historia poco recordada sigue en la misma línea especulativa, pero con un desarrollo totalmente distinto. Un ser humano llega a una época de la historia muy alejada de su presente, pasa tres días allí y, de pronto, asiste al fin del Universo. Entra en contacto con extrañas criaturas geométricas y vuelve a su presente, sintiéndose el ser más miserable de la tierra. El relato es interesante, pero Barlow se enrolla como una persiana al principio del mismo, por lo que es difícil seguir el hilo. Pero la parte en el fin del Universo me gustó mucho. Me recordó en algunos puntos a Hacedor de estrellas, ciertamente. El mejor relato de la antología es, sin duda, La noche del océano. ¡Mi favorito por los siglos de los siglos! Está escrito con una madurez y una sensibilidad única. La historia narra las vacaciones de un diseñador en la playa de Ellson y las extrañas sensaciones que empieza a sentir ante la visión del vasto océano. Origen indeterminado es mi segundo relato preferente de la antología. Nos narra el descubrimiento de un arqueólogo de unas semillas con poderes extraños. Aquí es donde Barlow reutiliza el argumento de El ojo del Dios y lo explora de manera sobresaliente. Muy buen relato. Y, finalmente, Regreso al atardecer, un relato inspirado en un cuadro de Clark Ashton Smith. Es un relato extraño sobre una pareja que intenta sobrevivir en un territorio inhóspito. Ella entra en contacto con los dioses de aquellas tierras a través de un brazalete y empieza a tener visiones extrañas. Bueno.
En general, los relatos se mueven entre el aprobado y el sobresaliente. El único que me desentonó un poco fue Cosmos que se derrumban, el cual no he mencionado en el apartado juvenil porque no tengo ninguna opinión. Bizarrada el estilo La batalla que acabó con el siglo, pero mucho más gamberro y sin sentido. Me recordó a la saga de Star Wars, la verdad.
Por último, tenemos la poesía. Hay mejores poemas que otros, y yo siento que no soy la persona más cualificada para valorar la poesía. Es un tema que he de mejorar, la verdad. ¡Debo aprender de mi Christina Rossetti! Los poemas de Barlow que más destaco son los dedicados a Lovecraft, claro. Especialmente destaco el que escribió el 15 de marzo de 1947. Los poemas sobre culturas prehispánicas los aprecio, pero no me marcaron. Un entendido de la materia tal vez experimente impresiones distintas.
Para mi, esta publicación es de un valor incalculable. No solo porque me ha llevado a redescubrir a Robert Barlow, sino también por el amor con la que ha sido editada. Distinta Tinta es una editorial pequeña, pero con esta publicación han hecho un trabajo maravilloso. Siento que Robert se habría sentido muy feliz al ver este libro traducido con tanto esmero.
Y mientras yo viva, Robert, tú no serás olvidado. Te amamos con todo nuestro ser.
Algo de la oscuridad y desasosiego del mar había penetrado en mi corazón, de modo que vivía en un tormento irracional e ilógico....