Santa Teresa y sus arrobamientos. Si se quiere, así se podría resumir este libro, que pretendía ser una autobiografía pero que terminó caminando al compás del éxtasis. Pero también Santa Teresa es el Quijote, ya hablaré de esto después.
La pluma de Santa Teresa de Ávila se mueve sola, llena de arrebatos místicos y amores divinos. Las mercedes inmerecidas, según ella, que recibe de Dios, la dejan en un estado de atontamiento, según ella misma lo escribe, que ya no sabe lo que dice ni lo que escribe. Pero aunque está solo reviviendo con su pluma esos estados místicos, la pasión y el furor se sienten vivos. La santa llegó al estado máximo del espíritu: el encuentro con la divinidad en vida. Ese estado que es hoy por hoy mucho más practicado en otras religiones o disciplinas espirituales y ya casi nada en el catolicismo.
Sin embargo, lo que describe Santa Teresa es muy similar a aquellos estados de vaciamiento total de sí mismo en el que el ser espiritual alcanza, digamos, lo que sería el nirvana en las prácticas orientales. Ahora, hold my beer, Teresa, que según ella no es docta en nada y es apenas una monja cualquiera, llega a tener conocimientos teológicos de primera mano. Teresa ve, siente, escucha, los dogmas católicos pasando por sus ojos (interiores y exteriores), pasando por sus narices, vaya, como una película en la que se representa todo lo irrepresentable de los misterios de la fe, entre ellos la Santísima Trinidad, el rostro de Cristo, la asunción al cielo de María y el infierno, entre otras cosas. Sí, el infierno, y también, como si de una novela de terror se tratase, fue testigo de cómo una horda de diablitos se ensañaban con el cuerpo de un difunto pecador y se lo llevaban de su tumba. Esto mientras ella asistía a su funeral.
También vio como se enredaban demonios en algún sacerdote, y entre las visiones más bonitas, también vio ángeles y santos. Gracias a estas visiones, incluso se convirtió en vidente con el don de presciencia (capacidad de ver el futuro), así que predijo varias cosas que sucedieron, teniendo por testigos a su confesor y a una amiga cercana. Y ya que estas memorias fueron encargadas por un superior y debidamente revisadas, no queda duda. Te creo Teresa. Y no piensen que no tuvo detractores y burlones en su tiempo por estas cuestiones, ya que los arrobamientos no miraban momento ni lugar y le daban cuando Dios quería, incluso en medio de mucha gente, por lo que la Santa fue acusada de loca y charlatana, además de poseída por el demonio, al cual también vio varias veces, y fue mucho tiempo en el que pensó que efectivamente todas esas visiones y estados venían del Diablo, tanto así que el propio Dios tuvo que insistirle varias veces que venían de él. Y entonces lo supo.
Las mercedes que recibía eran de Dios porque después quedaba el corazón en un estado de felicidad profunda, además de que tiempo después empezó a desarrollar la capacidad de ayudar a otros a sanar (y otras bondades) a través de su oración. Esto normalmente en la Iglesia Católica en teoría lo podrían hacer personas puras y sin pecado, virtuosas, y por eso Santa Teresa cree que lo de ella es inmerecido, se considera pecadora (aunque su acusarse a veces es más retórico, lo cierto es que pudo haber caído en vanidad, necesidad de reconocimiento y poca espiritualidad o superficialidad, pero tomar en cuenta la época), y no entiende por qué Dios la ha elegido para poner esos prodigios en ella.
Pero otro de los prodigios que Dios le marcó fue el de la reforma de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, abriendo un nuevo monasterio y orden, la de los Carmelitas Descalzos. En este libro cuenta el origen de su fundación y todos los escollos y dificultades por las que pasó para lograrlo. ¿El origen? Un mensaje de Dios.
Y así le fue revelada toda la teología básica, la verdad de la existencia y el conocimiento de Dios. En momentos en los que las potencias del alma (voluntad, entendimiento y memoria, según San Agustín) se duermen y se entra en un estado inclasificable.
Ahora, la prosa es muy apegada al lenguaje oral de la época pero con un nivel poético y de uso del lenguaje, que la convierten en una pieza literaria exquisita en muchos pasajes. Santa Teresa, como quien no hace nada (pues dice que escribió al apuro) usa figuras literarias, símiles, metáforas, parábolas, y marca un estilo literario, no en vano también escribió poesía:
“Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.
Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero…”
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“Nada te turbe,
nada te espante
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene
nada le falta
sólo Dios basta”.
No olvidemos que ella es producto del llamado Siglo de Oro español (que en realidad fueron dos siglos entre el S.XV y el S.XVII), que tuvo un florecimiento en las artes y las letras. Quiero pensar que Cervantes leyó a Santa Teresa, estoy segura que el Quijote es una Santa Teresa con bacía de barbero y armadura. ¿Por qué? Pues porque Teresa era aficionada a las novelas de caballería, a tal punto que ya eran una adicción y en este libro narra cómo se embebía en los libros. De aquí al Quijote hay un paso. Estoy segura que Cervantes sacó la idea de ahí. Sus arrobamientos, salvando las distancias, me recuerdan a los arrobamientos de algunos personajes del Quijote (léase Cardenio) incluido el propio Quijote.
Con todo, esto solo es un intento de literatura comparada de mi parte, porque lo de Santa Teresa está a otro nivel, si tomamos en serio la parte mística de ello, que es realmente lo más importante de este libro. Ya sabía Santa Teresa que sus éxtasis iban a ser causa de bromas y ridiculizaciones y hasta interpretaciones profanas (como le encanta a una cierta facción de literatos, académicos, críticos o simples interpetadores) pero nada de eso importa porque su figura ha trascendido en el tiempo, y sí, si se le quiere ver como una figura feminista, también lo resiste, porque entre otras maravillas que hizo, también fue la primera mujer en ser declarada Doctora de la Iglesia, así que, sí, "sostenme el martini" (perdón, solo se ocurren frases con aculturizantes como 'bitch please!' para dar a entender el sentimiento de ser “la dura” que produce Santa Teresa). Es la jefa, sí señor. Porque además de todo ello, Santa Teresa de Ávila es una de las primera escritoras místicas cristianas, y de las primeras escritoras en lengua española, pero sobre todo porque es pionera en describir el mundo, su mundo, desde la perspectiva femenina, en una época en la que la voz teológica y literaria eran patrimonio masculino (y lo sigue siendo en gran medida). Es por ello que la importancia de esta santa-escritora trasciende su propia dimensión espiritual para relatar un mundo interior eminentemente femenino que aunque en su particularidad religiosa, en realidad ocupa un lugar universal desde el retrato de la voz femenina que describe y descubre el mundo.
Por último, decir que este es su primer escrito y aquí su estilo es más natural y salvaje, menos depurado y por ello mejor. He leído una obra posterior, Camino de perfección, en la que es más formal aunque mantiene su estilo de narración algo anárquico, y a pesar de que habla de los tipos y estadios de oración, ni de lejos cuenta las experiencias extáticas y sus arrobamientos, por lo que al leer ese libro no entendí el por qué de la fama de mística enajenada y otras cosas impúdicas (que al leer este libro se sabe que son presunciones absurdas) o de simplemente histeria que le precede. Ahora, toda especulación de ese tipo se entiende al leer El libro de la vida, pero lo que resalto es la figura mística espiritual por sobre la imagen de ella creada por la cultura popular e incluso la cultura elevada. Porque actualmente a Santa Teresa o se la lleva al nivel de la anécdota por sus arrobamientos, o se la deja en el estante de lo meramente literario, o como simple figura utilizable como representante de un feminismo revisionista. Pero todas esas incluso reivindicaciones olvidan la figura de la santa. Y eso es todo.