No sé en qué momento miré mis estanterías y descubrí que estaban rebosando de libros firmados por hombres. Ellos lo ocupaban todo. No fue el feminismo el que me llevó al descubrimiento, el proceso funcionó justo a la inversa. Darme cuenta del desequilibrio me hizo tomar la determinación de, al menos durante un tiempo, leer sólo a mujeres. Leyéndolas empecé a reconocerme. Y sigo descubriéndome en muchas de ellas. Dice Ana Pérez Cañamares casi al final de “La mujer imposible” que “Leer a escritoras es una celebración, una catarsis, a veces también una experiencia dolorosa, que me lleva a la tristeza y a la rabia. (…) En sus escritos están vivencias, emociones que nunca antes me había encontrado plasmadas fuera de mí, las que dan el salto y salvan el abismo, entre las que nos dicen que somos o tenemos que ser y las que existimos en la realidad.”
En esa línea tratamos de vivir algunas, siempre en continua búsqueda de un equilibrio inalcanzable, intentando además mantener la cordura en el proceso. “Junto al esfuerzo, estaba la demanda de ser prudente, de no significarse, de no tentar la envidia o la cólera de nadie. Destaca, pero que no se note. Lucha, pero no dejes de ser una niña buena. Resiste, pero que la rabia no te domine nunca. No te conformes, pero no des problemas.”
Y por mucho que encuentres respuestas (“Así es como me vivo por dentro: soy una mujer imposible. Conviven en mí fuerzas tan contrarias, que son el equivalente psicológico de los potros de tortura, donde mis antepasadas fueron desmembradas. Me he tragado, he digerido, malamente, todos los tópicos y mensajes sobre qué es ser una mujer de mi tiempo, aunque ni siquiera pueda decir con exactitud cuál es mi tiempo, ni qué ideas son heredadas, impuestas o conscientemente asumidas, ni mucho menos como se encarna un ideal y su opuesto”) nunca dejas de preguntarte si alguna vez serás capaz de escuchar tu propia voz, ponerte en el centro. Y desaprender al fin. “Me gustaron, me siguen gustando, y creo que así será siempre. Lo que no me gusta es lo que me hice por ellos: ponerlos en el centro de mi vida; perdonarles, lo que no me perdonaba a mí misma; depositar en su mirada y autoestima; buscar su aprobación y su permiso. Ser instrumento en sus manos de mandamientos mudos.”