Della crisi della socialdemocrazia si parla ovunque. Ma anche molti partiti di centro-destra di lunga tradizione sono in declino o almeno si trovano di fronte a un dovrebbero aprirsi agli ambienti urbani progressisti? O piuttosto affinare il loro profilo conservatore? Mentre Angela Merkel ha rappresentato l’esempio per il primo modello, politici come Donald Trump o Sebastian Kurz hanno scelto il secondo. Essi sono i rappresentanti di un conservatorismo radicalizzato.Natascha Strobl mostra come essi mobilitano i loro seguaci, quale narrazione creano per esercitare il “message control" e liquidare le critiche come fake news. Al confronto sui contenuti prediligono lo scontro. Nei loro stessi partiti riducono la democrazia, puntano su piccole cerchie di consulenti e sulla personalizzazione. E nel fare questo, fanno ripetutamente ricorso, secondo Strobl, anche ai metodi dei movimenti e delle organizzazioni della destra radicale. Uno studio complessivo che rimarrà a lungo come punto di riferimento in ambito politico.
El libro me ha parecido interesante, ni mucho menos me parece uno de los grandes libros sobre derecha y ultraderecha que me he leído, pero sí hay que reconocer que realiza un buen análisis de estos fenómenos con amplios ejemplos, centrándose en Sebastian Kurz en Austria y en Donald Trump en Estados Unidos. La estructura de los capítulos suele ser tesis o explicación teórica seguida de un ejemplo práctico de alguno de estos países. Este hecho hace bastante accesible el libro y lo hace muy interesante para alguien interesado en los casos antes referidos.
Sin embargo, más allá de eso, no creo que aporte tesis demasiado elaboradas ni profundas para alguien ya iniciado en el tema, aunque para una primera aproximación no es una mala lectura.
Un libro académicamente muy preciso y convincente sobre el ascenso, durante la última década y media, de un nuevo conservadurismo radicalizado. La autora analiza los casos de Sebastian Kurz en Austria y Donald Trump en EE.UU., como imágenes especulares a ambos lados del Atlántico. No obstante, estos ejemplos ilustran estrategias mediáticas comunes que los nuevos actores conservadores utilizan para movilizar masas en todo el mundo (no solo en Austria y EE.UU., sino también en otros países de Occidente como España, Francia o Italia).
Es común escuchar, ante el ascenso de la derecha radical, que "la gente es imbécil" o "no sabe votar". Quienes sostienen esto son, si cabe, tan cortos de miras como aquellos que votan en contra de su propio beneficio. El fallo principal de estas afirmaciones radica en que todo análisis político que parta de la idea de que "la gente es racional cuando se trata de votar" está abocado al fracaso, porque parte de una premisa falsa. Los votantes se mueven por emociones e ilusiones que luego tratan de racionalizar, centrándose en datos que avalen lo que ya sienten. Y es en este plano emocional donde la Nueva Derecha mejor se desenvuelve.
¿Y cuáles son las emociones que la Nueva Derecha aprovecha? El miedo a lo nuevo, el odio a lo diferente. Estas fuerzas políticas han aprendido a moverse con destreza en el ecosistema mediático, utilizando el escándalo como su principal herramienta. Desde los medios tradicionales hasta las redes sociales y los canales de nicho, su estrategia es asegurarse un lugar en el debate público a través de declaraciones incendiarias y discursos directos que despiertan reacciones inmediatas. Su presencia en los titulares no es un accidente: cada provocación refuerza su relevancia, generando una atención constante. Estoy harto de escuchar "Madre mía, Trump, qué barbaridad ha dicho" en los bares, en las redes sociales y en los informativos porque se alimentan del escándalo.
La Nueva Derecha ha recuperado el discurso que habla de tú a tú a las clases trabajadoras, desde hace años abandonadas por una izquierda cada vez más elitista y académica, que en muchos casos ha optado por el desprecio hacia sus propios votantes.
Los discursos de la nueva derecha son fáciles, dominando el arte del salto asociativo: "Las imágenes suelen sugerir anécdotas cuando se pone a hablar de su tío, mientras que el tema es un acuerdo nuclear con Irán. La mayoría de la gente no puede relacionarse con un tema abstracto como este; una historia sobre su tío es emocionalmente más cercana". Mientras tanto la Izquierda a reaccionado tendiendo a la complejidad y a los marcos conceptuales elaborados, lo que dificulta su penetración en un espacio público dominado por la inmediatez y la simplicidad narrativa. Si la izquierda quiere disputar el terreno del debate público, necesita recuperar la capacidad de conectar con las emociones y construir relatos efectivos, sin perder profundidad pero sin alejarse de la realidad cotidiana.
Vivimos en tiempos en los que "lo viejo agoniza y lo nuevo aún no ha llegado. Es tentador reaccionar ante esto intentando volver a una normalidad glorificada e idealizando el pasado". Y ese es otro gran triunfo de la Nueva Derecha: incluso las izquierdas que se dicen radicales suenan ahora conservadoras, buscando únicamente parches torpes para recuperar algo del estado de bienestar que antes existía, pero manteniendo la misma estructura del sistema económico y social vigente.
Leer este libro me ha hecho pensar: Hace falta una Nueva Izquierda, una que emocione e ilusione con un futuro mejor, pero que no lo haga desde el odio y el miedo, sino desde emociones positivas como el amor y la esperanza. "Porque el futuro puede ser mucho mejor. Y por eso merece la pena luchar".
Éste es uno de los libros más interesantes que he leído sobre el tema, y la autora expone de forma concisa y muy clara. Tiene la ventaja de ser reciente (la edición en alemán es de 2021), por lo que incluye eventos como el fin del mandato de Trump y la pandemia de Covid-19 como parte de su análisis.
Strobl habla del conservadurismo radicalizado, como un fenómeno distinto del conservadurismo habitual, cercano al fascismo y que a menudo hace alianza con éste, pero que no es exactamente lo mismo, sino que tiene unas características propias que lo distinguen y a veces lo contraponen.
Strobl nos habla de una Revolución Conservadora que precedió al ascenso del nazismo en la Alemania de Weimar. El periodo de entreguerras había traído sacudidas sociales que incluían la emancipación de las clases subordinadas. Paralelo al desarrollo del nacionalsocialismo, una generación de pensadores reaccionarios, provenientes de la burguesía educada y religiosa, encabezó una “guerra cultural” contra el mundo moderno, y las libertades (a sus ojos, ilegítimas) que le había otorgado a ciertos grupos.
Estos conservadores radicales se aliaron con los nazis y fue sólo gracias a esa alianza que Hitler pudo llegar al poder. Lo que vemos en nuestros días con Trump, Milei, Orbán, LePen y demás es, según Strobl análogo a la Revolución Conservadora de los tiempos de entreguerras. No sería fascismo propiamente dicho, aunque conlleva el riesgo de empoderar a los fascistas. Como la Revolución Conservadora de entreguerras, la Nueva Derecha surge en un periodo de grandes transformaciones sociales y graves crisis económicas, y para enfrentarlas propone “la construcción de una sociedad más autoritaria, más cruda y más fría, en la que las desigualdades económicas y sociales se agraven aún más”.
Se trata de una ideología autoritaria, que predica el abandono de la solidaridad social, la empatía y la equidad, para en cambio abrazar como fetiches la responsabilidad personal, la eficiencia y el utilitarismo frío, acompañados de un desprecio por la debilidad y los “perdedores”. Esta crudeza se esconde tras una capa de “modales civilizados” y un discurso “razonable”, que se difunde a través de instituciones y medios de comunicación.
Strobl analiza el conservadurismo radicalizado en tres aspectos principales: a) destrucción de la política normal; b) polarización y guerra cultural; c) culto al líder; d) reestructuración antidemocrática; e) un estado campaña permanente; f) creación de realidades paralelas.