Protagonista indiscutido de unos de los sucesos más emblemáticos de la historia nacional, Luis Moreno Ocampo, nos cuenta de primera mano los detalles del Juicio a las Juntas, el despertar democrático de una sociedad golpeada tras la dictadura, al tiempo que analiza un proceso más profundo que hasta el día de hoy dirime al cómo hacer justicia.
Luis Moreno Ocampo es un abogado argentino, ex Fiscal jefe de la Corte Penal Internacional. Su principal labor es seguir los reportes de crímenes contra la humanidad y perseguir y acusar ante la Corte a los comitentes de éstos.
Tenía este libro pendiente desde marzo que me lo compré y estoy contenta que al fin lo leí. La película está muy bien hecha pero me quedo con el libro, describe un montón de contexto histórico y de opiniones, puntos de vista, etc que suman mucho a la historia en sí
Argentina, 1985 no es una gran película, pero la atención que atrajo en el último año demuestra que el hecho en el que está basada sigue teniendo una enorme relevancia para los argentinos. Tal como lo hizo, en su momento, el propio Juicio a las Juntas, el recuerdo de ese juicio nos convoca a una especie de unidad nacional. Esto no solo porque nos permite dejar de lado las diferencias políticas a favor de ciertos consensos básicos (democracia, derechos humanos, abandono de la violencia política), sino porque también nos recuerda que, en algún momento, fuimos capaces de hacer grandes cosas. Por estas dos razones es que la película es un racconto bastante despolitizado de lo ocurrido: primero, porque el juicio no puede ser patrimonio de un solo partido político; segundo, porque no puede ser el patrimonio de ninguno, sino que le tiene que pertenecer al país en su totalidad. Por eso, Alfonsín aparece solo tras bambalinas, y su rol en el juicio es presentado con cierta ambigüedad (fuera de escena, dice una frase que la esposa de Strassera interpreta libremente como un guiño al fiscal). Esto va más allá de lo puramente simbólico, porque, aunque la voluntad política y el liderazgo de Alfonsín fueron claves, el juicio no se podría haber llevado a cabo sin el apoyo de distintos sectores políticos, incluido el peronismo. De aquí que el intento del kirchnerismo por monopolizar la lucha contra la dictadura militar haya desestabilizado el consenso democrático. Es verdad que la política de derechos humanos de los Kirchner fue justa (no evalúo si sincera), y que continuó lo que había iniciado el gobierno de Alfonsín. Por otro lado, la identificación de esta agenda con un partido político particular, y más con uno que despertaba pasiones tan extremas, volvió a poner en discusión cuestiones que ya se consideraban superadas. Así, tuvimos un presidente que definió a los DDHH como “un curro”, y un funcionario de su gobierno que negó la cifra de los 30 mil desaparecidos. Ahora, hay un candidato a presidente que, pese a declararse liberal, parece ir por el mismo camino. Influencers de derecha, como Agustín Laje y Nicolás Márquez, proveen a este tipo de posturas un respaldo intelectual que las hace más legítimas que nunca. Si siempre hubo gente que negó o justificó el plan criminal del Proceso, hacerlo nunca estuvo tan ampliamente aceptado como ahora. Por esto, me parece que era necesario para Argentina, 1985 retrotraerse al momento fundacional de la democracia argentina, a los principios básicos que se suponía que todos los sectores políticos habían aceptado. Como era esperable, al tener una visión tan amplia, tanto la derecha como la izquierda le imputan haber omitido hechos cruciales en la historia. Para mí, el tema histórico le exige un cierto grado de rigurosidad a la película; lo que no se puede, para ser justo, es pedirle que dé cuenta de absolutamente todo. Así como hay quienes dicen que debería remontarse a 1975, otros dicen 1955, y podrían decir 1810 o 1492. Toda versión de una historia es parcial, y más cuando se trata de una película de ficción basada en hechos reales. Si lo que se quiere es tener una idea más completa de lo que significó el Juicio a las Juntas, y de sus causas, hay que buscar en otro lado, y este libro puede ser una de las opciones. No solo está escrito por un protagonista de los hechos, sino que la perspectiva que plantea es muy ecuánime en cuanto al papel que la violencia había tenido en la política argentina hasta 1983. Moreno Ocampo no omite los crímenes de los grupos armados ni los que se cometieron con el aval de los gobiernos democráticos anteriores a 1976. Aunque entiende que esta violencia llevó al accionar del Proceso -y a la ideología que hizo posible el Proceso- no comete el error de equiparar la violencia de la guerrilla con la llevada adelante por el estado. No es tampoco un relato que vaya a contentar a todos a la izquierda y a la derecha, pero Moreno Ocampo toca todos los temas que, según los críticos, faltan en la película. Además, aborda los aspectos técnicos del Juicio a las Juntas, y los criterios que, en circunstancias tan excepcionales, se utilizaron para demostrar la culpabilidad de los comandantes. Como decía por acá, es una lectura básica para cuestionar los planteos del llamado “revisionismo”, que termina invariablemente en la mera apología de la dictadura. Me parece bien recuperar el sentido simbólico del Juicio a las Juntas, tal como se propuso hacer, con cierto éxito, Argentina, 1985. Eso, sin dejar de recordarnos que el juicio tuvo lugar realmente, que fue un juicio justo, y que los condenados eran culpables.
Es un buen libro, por momentos bastante técnico y se dificulta si no sos abogado. Esperaba que fuera más sobre el proceso del juicio, le faltó para lo que esperaba pero es una buena lectura
La historia detrás del juicio a las juntas militares. Argentina es pionera en condenar a los responsables del último golpe militar. Tarea para nada sencilla en un contexto social donde todavía no se terminaba de solidificar el proceso democrático y los militares aún conservaban muchísimo poder.