La superficialidad más profunda es la de Marilyn. Pero no la de la persona -a la que nunca conoceremos- sino la de nosotros mismos vistos a través de la construcción del icono y nuestra respuesta hacia él. Es lo que ella representa y lo que su imagen abrió al mundo, lo que determina su cualidad mitificada. Marilyn abrió una nueva época. La cultura de masas, la cultura pop. Luego vendrían Elvis, Los Beatles… y desde ahí, todo ha sido un poco una repetición de lo mismo. Marilyn es hija de ese mini-renacimiento de la posguerra, del esplendor de la cultura occidental y el consumo. Marilyn fue el primer "usa y descarta" que se usó pero nunca se descartó y por eso ascendió al Olimpo del mito. Allí, en donde solo una muerte temprana puede transformar un objeto de consumo en una deidad inmortal.
No. De esto no habla Joyce Carol Oates en esta novela de más de mil páginas. Al menos no en su literalidad. Lo hace de una manera sutil y literaria, muy al estilo norteamericano (largas escenas y abundantes descripciones), pero hace un juego interesante del que nos pone en aviso desde el prólogo: una ficción sobre la ficción. Y es que Marilyn, al ser un personaje creado por directivos y productores hollywoodenses, ya es una primera invención. La segunda es la que hace Oates, quien toma los hitos más importantes de su vida y los ficciona desde un lugar muy íntimo, como quien abre tajos en la carne con sus propias manos, en busca del corazón que late. Y adentro, algo inaprensible, como un vaho liviano que sale expelido como una leve exhalación. Así se siente esta novela. Así se siente llegar al final de esta novela. Asistimos al último aliento de Marylin, que ya en este punto es el lugar en el que se encuentran dos ficciones que se funden en un mismo plano y prácticamente no hay diferencia alguna.
Pero antes de que suceda esto, hay algunos recursos narrativos que no convencen del todo o quizás se trate del punto de vista reivindicativo y a la vez martirológico que Oates le imprime a la novela. Durante la primera mitad, talvez, hay muchas escenas que resultan exageradas y otras son interpretaciones de sucesos que están muy basados en una visión contemporánea de la mujer y, a la vez, son autocompasivos y están en constante búsqueda de conmiseración, al usar la crítica hacia machismos y actitudes sexistas atávicas como un recurso acusador (a nosotros mismos, a la sociedad en general) que por momentos roza lo sensiblero. Sin embargo, pese a todo esto, Oates ha construido un personaje complejo y profundo que es una representación perfecta de la mujer esponja, la mujer pantalla, que fue M.M.
Yo también soy parte de esa multitud depredadora que consumió a Marylin ya como deidad. Conozco todas sus películas y su vida, por lo que esta novela sin duda, es un caramelo (duro, pero caramelo al fin). Todos hemos sido fisgones de su vida y Joyce Carol Oates nos lo hace notar con dureza, pero también con mucha belleza y poesía. Finalmente, ese 'je ne sais quoi' de Marilyn que resulta inexplicable en su superficie -pues mujeres hermosas en Hollywood hubo y hay por montones- es lo que Oates trata de explicar, o mejor, de hacérnoslo sentir en esta novela. Hay una mezcla de voluntad colectiva que viene con el inicio de un nuevo tiempo, uno en el que la construcción del ideal femenino pasaba por la destrucción del recato tradicional, porque era necesario hacerlo. No era suficiente con desaparecer el recato, había que transformarlo en un bien consumible, pero en un bien idealizado que el dinero no podía comprar. Aquí anoto una idea: una prostituta se puede comprar, por lo que hay un cambio de estatus en el deseo masculino representado desde la cultura de masas. Marilyn no era ni representaba a una prostituta (aunque en el libro se repite intencionalmente que parece y viste como una puta). Lo cierto es que hay un cambio de paradigma en la imagen y el rol de la mujer, y Marilyn es quien inaugura este nuevo paradigma que venía dando atisbos desde hace décadas atrás. Los cambios sociales y económicos derivados de la Revolución Industrial, las posteriores guerras y el acelerado movimiento social y cultural venido después de la Segunda Guerra Mundial, generaron una necesidad de cambiar el rol de la mujer. No voy a dar una cátedra de historia social (he escrito un ensayo sobre este tema) pero la idea es que surge la necesidad de asociar el amor romántico al matrimonio (en el siglo XIX se afinca, pero aún está vetado el placer carnal) y en el siglo XX, especialmente a partir de la segunda mitad, esa intención de unir amor romántico y matrimonio se transforma en la necesidad de añadir el placer sexual a la ecuación. Me refiero a la exploración sexual dentro del matrimonio, que durante siglos estuvo limitada a un mero acto reproductivo que repudiaba al placer femenino. Hasta entrado el Siglo XX, el conocimiento y acceso al placer estaba exclusivamente destinado a las prostitutas. ¿Qué pasa entonces en el siglo XX? En resumen, la entrada del Capitalismo productivista en Occidente, el comienzo de la sociedad de consumo y el cambio que ello trajo dentro de los núcleos productivos y la familia, hizo que se reestructuren los roles masculinos y femeninos. Era necesaria la participación de la mujer en la rueda de la producción y con ello, la conquista de espacios más allá de lo doméstico y la consecución de derechos básicos como el voto, la educación, el trabajo… y la sexualidad. En un campo aún dominado por las proyecciones masculinas, hay una necesidad estética que toma un préstamo de la estética de lo que hasta ese entonces era una prostituta. Ahora una novia, una esposa, también podían ser objeto de deseo. Debían ser objeto de deseo. Marilyn encarnó a esa nueva mujer. A Marilyn Monroe se la llamó prostituta, porque para el imaginario de la época su forma de vestir, maquillarse y moverse eran eso. Pero su imagen -aun inventada por el deseo y la necesidad masculina- abrió una brecha estético-simbólica en la que precisamente esa forma de verse/vestirse ya no correspondería al de la puta sino a ese anhelo otrora idealizado que ahora podía estar a la vuelta de la esquina. Marilyn era Norma Jean, la chica de al lado. Esa dualidad es lo que remueve con tanta fuerza. La seudo-huérfana, la mujer desvalida que revolucionó una estética que en realidad es un ethos y un cambio biopolítico, y por eso tiene tanta resonancia cultural. Finalmente, todas las mujeres contemporáneas somos herederas de esa Marilyn. Y todos los estereotipos y cánones de belleza actuales son herederos de esos que "ella" (mejor dicho, su imagen) implantó en la mente del espectador/consumidor. Mismos que hoy luego de sesenta años se empiezan a cuestionar porque, nuevamente, estamos camino hacia un nuevo paradigma, pero ese es otro tema. Es verdad que ya hubo antes en el cine mujeres con imágenes poderosas y con el mismo préstamo de la estética de la prostituta, pero todas -o la mayoría- estaban retratadas como vamps o femmes fatales (vampiresas come hombres), mientras que Marilyn era una mezcla de sensualidad, inocencia y picardía, lo cual paradójicamente la bajaba del pedestal; además de que por una conjunción espacio-temporal, la historia la acompañó: las demás aparecieron en los períodos de guerras o entreguerras, en los que la Cultura estaba en un momento de parálisis, por lo que no existían apuestas a futuro, todo era inestable, sobre todo la Economía.
Lo analizado arriba es a vuelo de pájaro porque este no es un ensayo sociológico sino la reseña de un libro, pero consideré pertinente explicar por qué creo que la figura de Marilyn representa algo muy crucial en nuestra evolución como sociedad contemporánea, y el por qué nos identificamos tanto con ella. Y aquí pongo otra causa de esa identificación. La historia de Norma Jean es la paradoja del sueño americano (que se devora a sí mismo): niña abandonada por el padre, con madre esquizofrénica, peloteada entre orfanatos y hogares de acogida, casada por voluntad de otros a los quince años, que triunfa por su belleza maleable al deseo de los otros, y que muere absorbida por su propio monstruo. El ciclo de vida de Marilyn es el de la heroína trágica, ella cumple un arquetipo básico que llevamos inserto en el inconsciente desde que existe la Cultura (o desde que existe la lengua y la capacidad de abstracción). La heroína que está llena de dones y todo lo que hace es dar, dar de sí, darse por completo a los demás. Dejar que la fagociten y así vivir a través de los otros. Es la metáfora de la Gran Madre, la gran paridora. Marilyn no tuvo hijos, pero en este sentido figurado/simbólico, ella nos parió a todos, seres de la sociedad de consumo. Ella es el símbolo de esa mater que se deja devorar viva, porque si ya no tiene nada que dar, entrega su cuerpo. Y esto no es un delirio mío, es una reflexión que me ha surgido luego de leer Blonde y de ver su última película, The misfits (Vidas rebeldes), cuyo papel fue completamente basado en ella y escrito para ella por su entonces marido, el dramaturgo Arthur Miller. Bueno, en ese filme, el personaje de Marilyn es justamente esa mujer que se deja fagocitar -como esa Gran Madre salvadora- por el resto de desangelados personajes.
(Curiosamente Miller en esta novela es retratado como el amante más abnegado de Monroe, casi un pobre enamorado que vive para servir a su mujer y que es abandonado por ella. Jamás una cualidad negativa, a diferencia de cuando describe al resto de maridos/amantes, lo cual me deja qué pensar, aunque Oates haya dicho que todo era ficción, la cuestión es que todos los personajes que usa existieron, y la línea cronológica y de la historia que narra son reales. El propio Miller no se refirió en buenos términos a Marilyn, escribió dos obras sobre ella en las que la retrata de forma patética, y aunque ambos se fueron infieles mutuamente, él se enamoró y empezó una relación con una fotógrafa con la que al poco tiempo se casó, durante el rodaje de The Misfits, cosa que devastó a Marylin. Pero de esto no habla Oates, lo cual no hace más que parecerme sumamente extraño, y para ello tengo dos hipótesis. La primera: era su amiga o no quiso ofender a Miller que para cuando se publicó esta novela aún estaba vivo. La segunda: quiso darle un giro irónico al personaje de Miller al convertirlo en el opuesto exacto de lo que en realidad era. Según el escritor Norman Mailer, Arthur Miller era un oportunista al aprovecharse de la fama de su esposa para escribir The misfits, y dijo de él que era "ambicioso, limitado y mezquino").
Por último, espero con ansia la adaptación cinematográfica de esta novela que se estrena en poco tiempo. Recomendada para quienes gusten de las novelas largas y/o les interese la figura de Marilyn Monroe.