Se trata de la agonía del padre del relator, intercalada con su vida. Ya en el principio el autor ataca con un suceso notoriamente falso: resulta que con el golpe militar del 66 (Argentina) nombran al padre como intendente de su pueblo, un pequeño pueblo bastante metido en el interior de la llanura pampeana, y el hijo -a los nueve años de edad- no le perdona que lo haya transformado de ser un chico más, en "el hijo del intendente", y encima a este avatar lo trata de imperdonable por siempre nunca jamás. Todo ese énfasis en un chico de nueve años en un pueblito es absurdo. Y así sigue el libro, el chico crece y sigue encontrando en el padre razones para odiarlo por siempre, incluyendo notoriamente haber sido simpatizante de los gobiernos militares y de los militares también.
En los capítulos del tiempo actual el papá agoniza, cáncer incurable, y no se lo dicen, ni los hijos ni la madre. Hasta que muere lo calman con promesas de análisis que encontrarán el mejor remedio; esa conducta, entrando en el siglo XXI, resulta por lo menos increíble.
Se la pasa explicando o analizando los sentimientos y no convence nunca. Todos los personajes no pasan de caricaturas; en una novela sin acción, de relaciones personales el resultado es desastroso.