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296 pages, Hardcover
First published January 1, 2003






A partir de la mañana del 7 de abril de 1994 y en cien días 800.000 tutsis fueron asesinados por sus vecinos hutus a machetazos. Jean Hatzfeld ha escrito una trilogía estremecedora acerca de este brutal genocidio ruandés que por muy inhumano que nos parezca, y esta es la gran moraleja de estos libros, ha sucedido en el pasado y volverá a suceder en un futuro en cualquier otro sitio y perpetrado por cualquiera de nosotros si se dan las circunstancias adecuadas.
La primera de estas obras, «La vida al desnudo», recoge los testimonios de los supervivientes; la segunda, la que ahora comento y quizás la más famosa de las tres, es el resultado de las entrevistas que el autor realizó a un grupo de hutus encarcelados por participar activamente en las matanzas; la tercera, que aún no he leído, es «La estrategia de los antílopes», donde se narra la convivencia entre tutsis y hutus años después de los sangrientos sucesos.
“… hay acciones por las que nos condecoran si vencemos y nos manda al cadalso si nos vencen”
“Son agricultores, menos un funcionario y un maestro; no pertenecieron a formaciones interhamwe o paramilitares, con la excepción de tres. Dejando de lado a Élie, nunca llevaron uniforme militar o de policía. Ninguno se había peleado jamás con sus vecinos tutsis por cuestiones de tierra, cosechas, daños o historias de cama”
“Para empezar, le partí la cabeza a una abuela, de un estacazo. Pero como estaba ya tirada en el suelo y la mar de agonizante, no sentí la muerte en la punta del brazo. Me fui a mi casa por la noche sin acordarme más de eso”
“Cuando descubríamos tutsis en las ciénagas, ya no veíamos seres humanos. Quiero decir personas como nosotros, con ideas comunes y sentimientos parecidos”
“Cuánto más rajábamos, más inocente nos parecía rajar. Para unos pocos se volvía gustoso, por decirlo de alguna forma”
“Al principio, era una obligación; luego, nos acostumbramos. Nos hicimos malos por naturaleza. Ya no necesitábamos que nos dieran ánimos o nos pusieran multas para matar”
“Esa era la norma: matar a la ida y saquear a la vuelta… A los que mataban mucho les llegaba menos el tiempo para saquear; pero, como todo el mundo les tenía miedo, lo compensaban por la fuerza. Nadie sacaba ventaja ni nadie se sentía robado…
Había rajadores que cogían chicas en las ciénagas; se aliviaban y entonces se les olvidaban los saqueos. Pensaban que ya saquearían más al día siguiente”
“Las mujeres eran igual de feroces con los niños y las mujeres tutsis a las que localizaban en casas abandonadas. Pero lo que más les importaba era pelearse por las telas y los pantalones. Iban pisando los talones a las correrías y desnudaban a los muertos. Cuando la víctima respiraba aún, la remataban…”
“Hubo algunos que maltrataron… cuando se limitaban a liquidar a un tutsi se sentían frustrados… Se notaban como estafados si el tutsi se moría sin decir nada. Y por eso ya no herían en las partes mortales, para disfrutar de los golpes y oír mejor los gritos”
“En las ciénagas, los cristianos muy devotos se convirtieron en asesinos feroces. En la cárcel, los asesinos muy feroces se convirtieron en cristianos muy devotos”
“Todo el mundo lo lamenta, está claro, en la cárcel y en las colinas. Pero la mayor parte de los que mataron sienten no haber rematado el trabajo. Se acusan más de negligencia que de maldad”
“… todo el mundo tiene que acostumbrarse al mal que ha vivido, aunque ese mal se les presentase de forma diferente a unos y a otros. Porque todo el mundo tenía que soportarlo a su manera”
“Si tienes que obedecer consignas de las autoridades, si te han mentalizado como es debido, si sientes que te mangonean, si ves que la matanza va a ser total y sin consecuencias nefastas en el futuro, te apaciguas y te serenas. Y sigues adelante [con las matanzas] sin más apuro”
“Teníamos la seguridad de matar a todo el mundo sin que nadie nos mirase mal. Sin tropezar con la regañina ni de un blanco ni de un cura. En vez de disfrutar, hacíamos chistes. Estábamos demasiado a gusto con ese trabajo fuera de lo normal que había empezado bien. Pero el tiempo y la pereza nos jugaron una mala pasada… fue esa despreocupación tan grande la que nos resultó fatal”
“Antes sabía que un hombre podía matar a otro, puesto que los hombres se pasan la vida matándose. Ahora sé que incluso la persona con la que has metido la mano en el plato de comida o con quien has dormido puede matarte sin apuro. El vecino más cercano puede ser el más terrible”

Pio: Killing Tutsis... I never even thought about it when we lived in neighborly harmony. Even pushing and shoving or trading harsh words didn't seem right to me. But when everyone began getting out their machetes at the same time, I did so too, without delay. I had only to do as my colleagues did and think of the advantages. Especially since we knew they were going to leave the world of the living for all time.
When you receive firm orders, promises of long-term benefits, and you feel well backed up by colleagues, the wickedness of killing until your arm falls off is all one to you. I mean, you naturally feel pulled along by all those opinions and their fine words.
A genocide - that seems extraordinary to someone who arrives afterward, like you, but for someone who got himself muddled up by the intimidators' hig words and the joyful shouts of his colleagues, it seemed like normal activity.
"In a tiny, landlocked African country smaller than the state of Maryland, some 800,000 people were hacked to death, one by one, by their neighbors. The women, men, and children who were slaughtered were of the same race and shared the same language, customs, and confession (Roman Catholic) as those who eagerly slaughtered them." (p.vii)
"When there has been one genocide there can be another, at any time in the future, anywhere -- if the cause is still there and no one knows what it is" (Jeannette, a survivor)
"to make the effort to understand what happened in Rwanda is a painful task that we have no right to shirk -- it is part of being a moral adult" (Susan Sontag, p. viii)
"A genocide is a poisonous bush that grows not from two or three roots but from a tangle of roots that has moldered underground where no one notices it." (Claudine, a survivor)
"Before, I knew that a man could kill another man, because it happens all the time. Now I know that even the person with whom you've shared food, or with whom you've slept, even he can kill you with no trouble. The closest neighbor can turn out to be the most horrible. An evil person can kill you with his teeth: that is what I have learned since the genocide, and my eyes no longer gaze the same on the face of the world."