La poética de un cineasta en diecisiete capítulos y una sección de fragmentos: Carlos Reygadas (Ciudad de México, 1971) reflexiona sobre la necesidad de concebir y practicar el cine como un expansor de lo real y no como un sistema de la representación. “La presencia acudirá de manera natural, más allá de nuestro designio: su aparición es una cuestión metodológica, íntimamente ligada a la pasividad. Improvisar no es otra cosa que la facultad de discriminar en el universo infinito de lo no-diseñado para retener lo que enriquece y dejar partir lo que envicia.”
Rumbo al desenlace de Batalla en el cielo (2005), cuando el protagonista se encuentra ya carcomido por la culpa, hay un momento muy hermoso en medio de la sordidez del entorno. Parece no estar pasando nada, pero Marcos avanza aturdido, atrapado en el tiempo, ante el caos externo.
Esa es una de varias ideas que Carlos Reygadas desarrolla en su libro de ensayo Presencia (2022), donde el cineasta reflexiona sobre la influencia del cine de Robert Bresson y Andréi Tarkovski en su obra, siempre bañada de poesía.
Reygadas cuenta que Nostalgia (1983) fue la primera película que vio junto a su madre, explotando en él la sensación de existir; con los años, se hilvanaron a su vida las letras de André Bazin, respecto al encuadre como una ventana a un universo más amplio y no un simple mundo construido dentro de la pantalla, siendo por eso que los personajes de sus películas entran y salen de cuadro, explorando su diégesis.
Cuando el director se siente desilusionado del cine que se hace en la actualidad, regresa a los filmes de Ingmar Bergman; precisamente en La hora del lobo (1968), Reygadas dice que al comenzar el metraje, hay un instante inolvidable donde se atrapa el tiempo, mientras “no pasa nada”: una cabaña, unas canasta con fruta y el viento que sopla despacio.
Mucho confluye en aquella reflexión tan conocida de Tarkovski de esculpir el tiempo, el deseo de hacer cine como catalizador de la realidad y no un juego de simple representación (y entretenimiento).
Para Luz silenciosa (2007), por ejemplo, se utilizaron unos lentes anamórficos de los años 70, que producían el efecto de revelar el aire entre la cámara y lo filmado, generando una suave neblina; para la perturbadora Post Tenebras Lux (2012), un accidente entre el lente y una lupa provocó una alteración de “imagen rota”, que el cineasta y el director de fotografía Alexis Zabé decidieron conservar, usándola como una interpelación a la naturaleza, encerrada en un caleidoscopio.
Carlos Reygadas se sincera ante el lector, explicando lo que para él es la tiranía de la imagen: la tecnología que destruye la creatividad, el ser humano sometido a la máquina donde lo simple se impone sobre la belleza.
En Presencia, se escribe sobre referencias pictóricas y el arte que acompaña las secuencias: en Japón (2002) hay cuadros de Braque y Mondrian; en Batalla en el cielo aparece da Messina y Gericault, además de estar aderezada con los negros y blancos de Tintoretto; en la inquietante Nuestro tiempo (2018), es la obra de Claude Clausell y en Luz silenciosa, todo remite a las atmósferas de Johannes Vermeer.
Se trata de un volumen con diecisiete capítulos y una sección final de lo que el autor llama fragmentos; Reygadas se sabe provocador, por mostrar en su cine lo que los demás se niegan, un artista capaz de encontrar belleza en la sordidez y la violencia más shockeante. Su peculiar mirada sobre la condición humana, lo ha llevado a ganar tres veces en el Festival de Cannes (Camera d'Or - Mención especial por Japón, Premio del Jurado por Luz silenciosa y Mejor director por Post Tenebras Lux), certamen que lo invitó en 2025 a ser parte del jurado de la Selección Oficial.
Presencia, publicado por anDante, se convierte en un texto necesario para comprender e interpretar la obra de este director nacido en la Ciudad de México, quien ya había presentado hace unos años el hermoso Luz (anDante, 2016), que incluía los storyboards de sus primeros cuatro filmes.
Solo la irreverencia de Carlos Reygadas es capaz de fusionar el clavicordio de Carl Philipp Emanuel Bach con el sonido incesante del motor de un coche: el laberinto de Marcos en su Batalla en el cielo, con la culpa y el miedo supurando ante el destino que no propone nada optimista. Marcos se mueve despacio y parece no suceder nada, pero en realidad, ocurre mucho. El poder del cine, la gloriosa sensación de “estar en el tiempo”.
La idea central de este libro opone dos formas de entender el cine. Por un lado, el cine como representación (la mayoría de películas); por otro, el cine como presencia. Para Reygadas, el cine como arte se aleja de la primera, pues no es un mecanismo para narrar, conceptualizar o plasmar ideas atravesadas por el lenguaje y la razón, sino para mostrar la riqueza y singularidad de la realidad en imágenes que nos hacen sentir. Lo irrepetible de cada persona y cada momento persiste en la película a través de su presencia como presente embotellado.
La función del cineasta es tomar una impresión del tiempo, atrapar lo verdadero dentro de lo real y, en proceso de ida y vuelta, hacer sentir al espectador, envolverlo en las emociones de eso que se miró. Porque mirar y escuchar suscita la sensación de existir. Cada imagen es única e infinita en su potencial para hacer sentir a alguien y fijarse en algo en particular de esa imagen. Cuando la imagen está cargada de presencia, no hace falta ese lenguaje de voz en off que describe a manera de guía. No conceptualizar es respetar la libertad del espectador.
En el cine de la presencia incluso los actores no representan, hay algo de su presencia, de su realidad, de su propia historia que puede resonar con un papel, con un diálogo, con un momento determinado que escapa a lo escrito en el guión. Al seleccionar a un actor para un determinado papel se observa su presencia y no su capacidad para representar.
Este libro me ayudó a entender lo que siento cuando fotografío. Que esa intuición no intelectualizada que ya presentía en mis primeras fotografías es lo que me emocionaba de ellas y de los momentos que me interesaban. Algunas veces, incluso esas fotografías viejas e inocentes, que se fijaban en las reglas de la composición y la exposición, eran más honestas y, por lo tanto, cargadas de mucha más presencia que otras que hice después. Eran fotos que sentí. Muchos años me alejé de ese tipo de fotografía. Esas primeras fotografías me enseñaron a recoger la presencia de la calle y de las personas que quiero.
Presencia me parece un gran texto introductorio hacia teorías sobre la imagen, semiótica y teoría filmica; complementado con comentarios suyos sobre su experiencia haciendo cine. Sin embargo, más allá de sus propias experiencias, no siento que aporte mucho si ya tienes conocimiento de los temas ya que referencía autores como Bazin, Deleuze, Tarkovsky, que igual se pueden leer de primera mano.