SIN RUMBO de EUGENIO CAMBACERES nos presenta a Andrés, un joven abúlico que sólo se dedica a satisfacer sus más bajos instintos, especialmente sexuales. Le da lo mismo la pobre china hija de su capataz que la cantante de ópera casada y glamourosa. Su problema es que nada le satisface. Todos los placeres una vez satisfechos acaban hastiándole. La novela está estructurada en breves capítulos y tiene un estilo conciso y descarnado. No se inhibe en mostrar situaciones desagradables e incluso repulsivas, como la violación de la campesina que acaba enamorada de él o la enfermedad de la hija (contada con todo lujo de detalles: «Un líquido hediondo y viscoso, una bocanada de flemas sanguinolentas, salió al fin de la boca de Andrea en una arcada.») o, atención spoiler, el suicidio del protagonista terrible y truculento: «…se desprendió la ropa, se alzó la falda de la camisa, y tranquilamente, reflexivamente, sin fluctuar, sin pestañear, se abrió la barriga en cruz, de abajo arriba y de un lado a otro, toda…Pero los segundos, los minutos se sucedían y la muerte asimismo no llegaba…Entonces, con rabia, arrojando el arma: —¡Vida perra, puta… —rugió Andrés—, yo te he de arrancar de cuajo!… Y recogiéndose las tripas y envolviéndoselas en torno de las manos, violentamente, como quien rompe una piola, pegó un tirón. Un chorro de sangre y de excrementos saltó, le ensució la cara, la ropa, fue a salpicar sobre la cama el cadáver de su hija, mientras él, boqueando, rodaba por el suelo…»
También encontramos alguna reflexión sobre el papel de la mujer en la sociedad bastante chocante hoy (hay que situarla en las postrimerías del siglo XIX y pensar que aparece como pensamiento del personaje, no necesariamente del autor): «…por qué hacerla igual al hombre, por qué atribuirle derechos que no era apta a ejercitar, por qué imponerle obligaciones cuya carga la agobiaban? La limitación estrecha de sus facultades, los escasos alcances de su inteligencia incapaz de penetrar en el dominio profundo de la ciencia, rebelde a las concepciones sublimes de las artes, la pobreza de su ser moral, refractario a todas las altas nociones de justicia y de deber, el aspecto mismo de su cuerpo, su falta de nervio y de vigor, la molicie de sus formas, la delicadeza de sus líneas, la suavidad de su piel, la morbidez de su carne, ¿no revelaban claramente su destino, la misión que la naturaleza le había dado, no estaban diciendo a gritos que era un ser consagrado al amor esencialmente, casi un simple instrumento de placer, creado en vista de la propagación sucesiva y creciente de especie? ¡Ah! ¡Cuánto más sensatos y más sabios eran los pueblos del Oriente, cuánto mejor, más llevadera la suerte de la mujer bajo esas leyes, traducción fiel de las leyes naturales! Libres de la carga de su propia libertad, sometidas al hombre ciegamente, dedicadas solo a la crianza de sus hijos, a las tareas familiares del hogar, su intervención en las cosas del mundo no llegaba más allá, su vida entera se concentraba al espacio encerrado entre los muros impenetrables del harem, y por eso precisamente eran menos desgraciadas, hallaban cómo cumplir su destino único en la tierra, tenían un dueño, un amo, un señor encargado de velar por ellas, dispuesto siempre a protegerlas.»
En resumen, novela naturalista muy dura que se lee con facilidad (dejando aparte los numerosísimos términos desconocidos para un lector español explicados, no todos, en notas al pie en la edición de Cátedra que he leído). Nos da una visión muy pesimista y desesperanzada. No apta para estómagos sensibles y espíritus débiles próximos a la depresión.