En 1950, José Santos González Vera fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura. Hasta entonces, había publicado dos libros: Vidas mínimas y Alhué. En ese momento, la designación del premio suscitó una controversia: algunos escritores consideraron que su obra era intrascendente y no faltó quien lo conminara a renunciar a este reconocimiento. Entre sus detractores, Luis Durand llegó a afirmar que "las obras completas de González cabían en un cuaderno de composición". Pero hubo quienes, como Enrique Espinoza, amigo cercano del autor, destacaron que su obra, Vidas mínimas, tenía el mérito de contener la primera aproximación de la literatura chilena a los personajes del mundo proletario a través del tema del conventillo.
El mismo González conoció esta realidad en sus años de juventud. A los trece años de edad, luego de abandonar la escuela con la convicción de que su vocación era la calle, ejerció variados oficios: aprendiz de pintor, mozo de sastrería y de una casa de remates, obrero en una fundición, peluquero aficionado, lustrador en un club, secretario de una sociedad de carniceros, comisionista, cajero de almacén y cobrador de tranvías en Valparaíso. Como consecuencia de dicha experiencia, nació su militancia ideológica: "Era adolescente cuando, para ganarme el pan, intenté aprender los más diversos oficios. Así pude vincularme a obreros ansiosos de establecer una sociedad igualitaria y libre, como la conciben los anarquistas. Muy pronto hice mía tal aspiración, porque nada ayuda tanto a decidirse como el ser joven".
A los 20 años de edad, González comenzó a interesarse por la literatura y a leer obras sociales e ideológicas de autores rusos, tales como Máximo Gorki y Piotr Alexéievich Kropotkin, considerado el principal teórico del movimiento anarquista. Así, pronto comenzó a escribir, para divulgar el comunismo anárquico a través de sus textos, "en procura de un orden más favorable a la comunidad".
González siempre se resistió a la seriedad excesiva. Por el contrario, era un repentista ingenioso. En sus obras con frecuencia se encuentran pasajes llenos de humor y picardía criolla, los mismos que aderezaron sus comentarios sobre su tendencia a la brevedad como método de trabajo: dado que nunca se apuró para escribir ni para publicar, por lo que corregía una y otra vez sus textos, bromeaba con la sentencia de que las nuevas ediciones de sus libros siempre salían "corregidas y disminuidas". También tuvo guiños humorísticos para sus lectores: "Quise ser consecuente con mis ideas humanitarias y ofrecer al posible lector escritos breves".
Luego de recibir el Premio Nacional de Literatura, González publicó su autobiografía, la que tituló Cuando era muchacho, además de La copia y otros originales, Necesidad de compañía. También escribió ensayos sobre los autores de su generación Manuel Rojas, Augusto D' Halmar, Federico Gana, Gabriela Mistral, Jorge González Bastías, Alone, Mariano Latorre, Baldomero Lillo y Ernesto Montenegro―, que reunió en uno de sus últimos libros, titulado Algunos.