“¿Qué mujer no está buena?”, es el decir de casi todos los presidiarios de esta novela, que, al modo de epítome exacto, confirma el título de la misma. Son presos comunes de una cárcel cubana en las primeras dos décadas del siglo XX (mayormente en la segunda), en las que su autor, Carlos Montenegro, escritor y novelista cubano nacido en Galicia, también guardó prisión “no por excepción”, según afirma el propio Montenegro en su prólogo, pero cuyo sistema penitenciario denuncia desde las páginas de esta obra, por inhumano y corrupto.
Unos Hombres sin mujer en los que la violencia del fuerte sobre el débil, de manera casi obsesiva, parece estar centrada en el oportunismo homosexual enfermizo y, llegado el caso, la violación pederasta, sin mucho margen para el entorno social, histórico o ni siquiera geográfico: nunca se nombra la ciudad (La Habana), ni el nombre del penal (Castillo del Príncipe –entonces en las afueras de la ciudad, pocos años después casi en el mero centro); pero que sí tiene gran implicación en el modelado de sus personajes y la riqueza dramática de las sub-tramas, muy apoyada por el polisémico argot del hampa habanera de la época, tan pintoresco en su malicia y dobles sentidos:
―¿Y quién es “ella”?
―Me lo reservo. Es señorita.
―A lo mejor resulta que ya ha dado a luz.
No hay personajes positivos. Sólo negativos: unos menos que otros. Los más: los delincuentes habituales, que vienen maleados del exterior. Los menos: aquéllos con crímenes menores o pasionales, a los que el penal empieza a pudrir. Es el caso de Brai, el más temido y respetado de la cárcel, y personaje no carente de la hidalguía de un auténtico mandante, pero que se ve obligado a confesar el porqué de su bisexualidad de macho activo, obligada por su larga condena: “Estoy muy viejo para vivir como el caballo americano: a paja seca”.
Una novela que su autor se vio obligado a publicar en México, en 1938, por la censura de la Cuba de entonces, moralina católica mediante, pero que siguió censurada en la Cuba posterior, por la moralina revolucionaria (¡tan parecida a la franquista!). Sería publicada en la segunda Cuba, por primera vez, más de 50 años más tarde.
Una pifia he de señalarle a la novela. La atmósfera de violencia, que el autor le insufla, se ve empañada por un elemento de terror que no tendría cabida ni como recurso de sci-fi o de literatura fantástica: una de las máquinas herramientas, el sinfín, de la carpintería del penal haciendo volar su hoja dentada, se clava en el cráneo de algunos de los desdichados reclusos-operarios, que no llegan vivos a la enfermería de la prisión. Peccata minuta: vaya por ello una estrella de menos.