Un libro interesante que busca analizar, sin caer en neoludismos rancios ni tecnofilia, los peligros de la dependencia a la tecnología, en una historia que gustará a quienes sigan la serie Black Mirror.
Su discurso es viejo pero vigente: la tecnología es una herramienta, no es ni buena ni mala. Me agrada bastante que el protagonista sea una persona de edad enfrentándose a la tecnología, pero no es caricaturizado como boomer ni mostrado como un usuario modelo. Simplemente guarda distancia con la modernidad, asumiendo una postura reflexiva pero al mismo tiempo abierta.
¿La premisa? Un dispositivo implantado en el cráneo nos permite estar conectados todo el tiempo, recibiendo información, reuniéndonos con amigos en salas virtuales, ayudándonos en tareas domésticas mediante tutoriales y, era que no, siendo bombardeados con anuncios si no pagas la versión premium. Una mirada crítica y nada panfletaria de nuestra dependencia e hiperconectividad a los celulares, redes sociales, asistentes virtuales como Alexa, etc.
El libro analiza las dos posturas más comunes frente a la tecnología: el rechazo absoluto hacia la misma y la veneración casi religiosa y entrega absoluta a esta, encarnada en personajes cercanos al protagonista, su mejor amigo y cuñado, y su hija. Profundiza en cuestiones como la privacidad de nuestros datos, la conspiranoia, la obsolescencia de algunas profesiones a causa de la tecnología, entre otras, valiéndose de ejemplos y comparaciones propias de nuestra época.
La novela es de lectura ágil y debo decir que en algún momento la historia comenzó a avanzar demasiado rápido hasta llegar a su final, convirtiéndose en una suerte de película de espionaje. Me quedé con la sensación de que pudo ser más larga, desarrollar más algunos tópicos y personajes.
Aun así, es un libro que te hace pensar, que luego de terminarlo te deja reflexionando sobre cuánto espacio le damos a los dispositivos en nuestras vidas y qué tanto sabemos de lo que pasa con nuestra información personal e historial una vez están disponibles para empresas o gobiernos. Esa debería ser la principal función de la ciencia ficción, ¿no?
Altamente recomendable.