*Me propuse volver a leer estos libros que fueron parte del plan lector de mi colegio cuando era muy chica, y lo estoy haciendo con él propósito de reconciliarme con ellos y el personaje, ya que lo cierto es que en su momento no me gustaron demasiado, y cuando debí leer este, de hecho, me salté muchas páginas porque me aburrí.
Volver a ellos fue una excelente decisión: lo leí en dos tardes, me entretuve demasiado, me reí otro poco, y subrayé varias de las ocurrencias de Papelucho.
A través del formato de diario personal, Marcela Paz da vida a Papelucho, un niño de clase media santiaguina con una imaginación desbordante, una sensibilidad aguda y una voz narrativa llena de humor, ternura e ironía.
El relato no sigue una trama convencional, sino que se construye a partir de las reflexiones, aventuras cotidianas y desventuras del protagonista, quien observa y comenta el mundo adulto con una mezcla de ingenuidad y lucidez que resulta entrañable. Papelucho narra sus experiencias en el colegio, como sus amistades y los malos ratos que pasa cuando sus compañeros roban su diario y se burlan de él, su relación con sus padres, sus fantasías, sus errores y malentendidos, todo con una honestidad brutal y una lógica infantil que a menudo revela más verdades de las que los adultos quisieran admitir.
Supongo que este último punto es lo que más me gustó: uno, como adulto, está tan ensimismado en su propia vida, rutina y responsabilidad, que a veces pasa por alto los pensamientos y comentarios de los niños, tan originales e inmersos de una lógica especial que solo ellos entienden.
Me gustaría incluir en esta parte algunas de mis frases favoritas de Papelucho:
"¿Cómo serán las almas? A mí se me ocurre una cosita blanca con la forma de Australia".
"Es una lastima que sea pecado ser ladrón, porque es la única manera de ganar plata y, además, de no aburrirse".
"Uno se muere para que la gente comprenda lo que uno era por dentro y conozca sus intenciones".
Lo que hace único a este libro no es solo el personaje central, sino el tono intimista y profundamente humano de su narración. A pesar de tratarse de un niño ficticio, Papelucho parece tener vida propia: cuestiona, se angustia, sueña, se equivoca y se ríe de sí mismo. Marcela Paz logra así capturar la voz interior de un niño con una autenticidad sorprendente, adelantándose a su tiempo en la forma de representar la niñez desde adentro y no como una proyección adulta.
A pesar de ser narrada por un niño, la historia nunca se siente superficial o absurda, sino al contrario. Hace que uno como lector se haga preguntas en torno a su propia infancia, si acaso alguna vez pensó o sintió algo parecido a Papelucho, o si simplemente fue tan genial como él.