Mi ejemplar de "El Tiempo" llevaba tragando polvo en mi estantería unos tres o cuatro años, desde que lo rescaté de algún punto de intercambio de libros durante uno de mis muchos viajes entre España y Alemania.
¡Bendito el momento en el que decidí sacarlo de su letargo!
Este libro de relatos cortos ha sido como un menú de degustación gourmet cuyas historias he saboreado con muchísimo placer. Y es que, aunque las tramas de todas ellas están más que impregnadas de tristeza, sufrimiento y soledad, también se presentan edulcoradas con recursos literarios que dan riquísimos matices a las descripciones, tanto de los diferentes paisajes como de la personalidad de su atormentado paisanaje.
No es una lectura ligera, "El Tiempo", sino de las que te dejan pensando en el sentido de la vida —si es que lo hay—, y me ha encantado hacerlo iluminado por la absolutamente exquisita prosa de Ana María.
Eso sí, ¡leísta hasta las trancas, la Matute! ¡Madre del amor hermoso! Cada vez que me encontraba con un "le veía", "le ayudaba", "le amaba", etc, me preguntaba para qué narices pierdo yo tanto tiempo en clase enseñándoles a mis estudiantes extranjeros la diferencia entre "lo", "la" y "le", si hasta las más grandes se pasan las normas por el forro.