Paul Bowles, el recluso de Tánger es una obra feroz, un ajuste de cuentas. Chukri desvela intimidades de Bowles, su desinterés por el sexo, su desprecio por los marroquíes, su tacoñería, la peculiar relación que mantenía con su esposa Jane. Entre Chukri y Bowles no hubo amistad. No refiere charlas entrañables, o conversaciones agradables sobre literatura. No hablan del proceso de creación. Transcribe conversaciones mezquinas, en las que se despedaza a otros escritores. Bowles menospreciaba a Chukri; no lo consideraba uno de los suyos: el escritor que había sido analfabeto hasta los veinte años. Mientras Churkri viene de una familia humilde, es parte del pueblo, sobrevive en Tánger como puede, Bowles representa a una elite colonial, que cree que todo se compra con dinero, a la que le gusta Marruecos, pero desprecia a los marroquíes. “El Marruecos que Paul Bowles amaba desapareció con la independencia y ya jamás volvería”.
Bowles se aprovechó de Chukri, quedándose con los derechos de autor de las obras que le había traducido. Es una obra parcial, pero magníficamente escrita, que me ha sorprendido, me ha hecho sonreír (qué malas víboras) y me ha incomodado por momentos. Chukri escribe sobre un Bowles ya enfermo, acabado. Despelleja a Jane Bowles, sin haberla conocido.
El contexto del libro me ha resultado interesantísimo: el ambiente literario y cómo se transforma Tánger con la llegada de escritores idolatrados. Otro hallazgo de Cabaret Voltaire. A principios de los años cincuenta, los precursores de la generación Beat llegan en tropel a la ciudad: William Burroughs, Jack Kerouak, Allen Ginsberg… Los descubrimos a través de las miradas de Bowles y Chukri. Me ha interesado este retrato de Bowles y de esa época. A veces es mejor no saber cómo son los escritores que leemos. De Bowles, me quedo con El cielo protector.