No me esforcé en mi trabajo de literatura como para no usarlo como mi reseña :D
El Río de las Congojas: reivindicando a los oprimidos
“El Río de las Congojas” es una novela histórica escrita por Libertad Demitrópulos, quien fue una escritora argentina nacida en Jujuy, galardonada con el premio Boris Vian gracias a dicha novela. Esta posee narradores diferentes, quienes circulan y se intercambian para construir una historia centrada en la mestiza María Muratore, durante la insurrección fallida de los mestizos contra los españoles que, tras utilizarlos para derrotar a los nativos americanos, no les dieron cargos, ni tierras ni derechos políticos en las ciudades que fundaron en las costas del Paraná. La novela quita el foco de las voces masculinas en la historia para dar lugar a las voces femeninas, en especial a las pobres y/o racializadas, e invita a descentralizar, además, la versión colonialista de la historia latinoamericana.
En este ensayo se va a llevar a cabo un análisis de la novela a partir de la construcción de “Civilización y Barbarie”, frase utilizada para referirse a los europeos y a los pueblos originarios respectivamente. El objetivo es sacar a relucir los motivos por los cuales dicha frase o ideología es completamente errónea y cómo fue utilizada para demonizar a los nativos que trataban de defenderse a ellos, a sus tierras y costumbres de los conquistadores, quienes amenazaban con destruir todo lo conocido para ellos e imponer sus propias maneras de vivir y ver el mundo.
No es posible hablar de Civilización y Barbarie sin derivar en otro concepto, “el no lugar”. Hace referencia a todo aquel o aquello que no se adecue al concepto ni de civilización ni de barbarie; es alguien o algo que no pertenece a ninguno de los lados o pertenece a los dos y por ello es rechazado por ambos: o no pertenece lo suficiente a la civilización y tiene demasiada barbarie o pertenece demasiado a la civilización y no lo suficiente a la barbarie.
Se describe a los pueblos originarios como “[…] feroces, carniceros, no paraban hasta la liquidación” (Pág. 96). La concepción que se tenía, e incluso a día de hoy se tiene, es que los salvajes eran éstos. La historia ha tratado de ocultar las acciones atroces que los conquistadores llevaron a cabo, como por ejemplo: “— […] Aquí, después, lo descabezaron y descuartizaron a puro potro, junto con los otros bastardos que ambicionaban mando y extensión” (Pág. 21). Los conquistadores se creían superiores a todo aquel que no encajara con los estándares europeos, porque ellos iban encomendados en una misión de Dios, y esto les daba el derecho a deshumanizar completamente al resto de personas:
“[…] le agarró la calentura de cazar hombres. Negro que veía le saltaba encima. […] Se creía dueño de todos los hombres que no fueran blancos como él y su rey.
[…] Se fue sintiendo patrón, jefe, dueño y rey de tanto negro o indio que había venido, por su mal ocurrencia, a pisar los umbrales de este mundo. Quería arrear con todos los posibles, ponerlos en rueda y él estar en el medio con el látigo en la mano, castigando y gritando sus propias alegaciones” (Pág. 73).
Entonces, ¿quiénes eran realmente los bárbaros? El esfuerzo por borrar las acciones del bando civilizado llevó a crear la idea de que las comunidades originarias eran las que injustamente y sin motivo atacaban atrozmente a los colonos. “[…] Lo mismo le daba un pobre negro que un chancho para hacer jamón, y un indio guaraní que una jaula de gallinas” (Pág. 72).
El “no lugar” es, principalmente, el lugar de los mestizos: “— […] Que se os suben los humos, mocitos. ¿Olvidáis que sois bastardos?” (Pág. 20). Pero como dice Blas de Acuña, “[…] ¡Bastardos! ¿Ónde quedaba la lujuria de esos viejos cochinos que nos semillaron en la mujer guaraní?” (Pág. 20). Los mestizos, por lo general de madres indígenas y padres europeos, no terminan de pertenecer a ninguno de los dos mundos. Se encuentran completamente divididos por la lealtad hacia un bando o al otro, sus creencias no terminan de ser claras (como se hace referencia en la página 95 “[…] un mestizo cuyos padres le presentaron dioses diferentes, y uno siendo mozo se preguntaba ¿cuál es el verdadero?”), y únicamente son aceptados por uno de los lados (la civilización) cuando a éste le conviene.
“[…] ¡Gallegos infernales! No tenían su madre india como nosotros y no les pesaba de afrentar a sus medio hermanos. ¿Qué se les hacía a ellos matar quiloazas o timbús, o tupís o jarús, o cualquier suerte de nación? Cuando tendíamos los indios con el fuego de los arcabuces, ¿qué tanto venía sucediendo que la voz de nuestra madre lloraba adentro del corazón?” (Pág. 34)
“[…] El mestizaje no es únicamente un alboroto de sangre: también una distancia dentro del hombre, que lo obliga a avanzar, no sobre caminos, sobre temporalidades. Todo se va trabajando al revés de los otros. ¿De cuáles otros? Ahí está la cuestión. Todos son los otros. Uno es el mestizo, el distinto” (Pág. 35)
Los europeos despreciaban a aquellos que poseían sangre de los nativos americanos (como se ejemplifica en la Pág. 115 “[…] El jefe era un asturiano testarudo para quien nuestras vidas valían lo que una meada contra la pared. Semilla de mestizo—decía—: al pudridero”), sin embargo fueron hábiles al usarlos para alzarse contra las comunidades originarias, haciéndoles creer que sus acciones serían recompensadas y que con esto podrían pagar su libertad: “[…] Con su dispensa vea que caen muchos mestizos, y sin esta gente qué guerra podrá llevar adelante.” (Pág. 116).
Además, las mujeres mestizas también sufrían las consecuencias de pertenecer al “no lugar”.
“[…] El negro Antonio Cabrera, al verme tan ofuscado con la Descalzo, me calmaba diciendo que las mujeres, como los negros, como los indios, y hasta como nosotros los mestizos, estaban tan desvalidas que cuando veían el pan, aunque duro, lo mordían. No es que sea una diabla —decía—, es que es una mujer, y para más, pobre. Mujer, pobre y mestiza —seguía diciendo—, ¿qué le queda sino como sanguijuela prenderse a la chacra? No la malquistes, Blas, compréndela. Son los hombres los que le hicieron mal.” (Pág. 84)
No se ven afectadas únicamente por la constante lucha que traía la condición de ser mestiza y pobre, ni por el trato que estas dos realidades les impartía, sino que además se veían marginadas por el machismo que consideraba a las mujeres en una categoría inferior. “No me gustó hacer de mujer inútil cuando yo manejaba el arcabuz mejor que muchos hombrecitos” (Pág. 42).
“[…] Cuando supe que se había ido detrás de tal hombre tuve lástima de ella. Porque él era orgulloso y ella pobre, él ambicioso y ella inocente, él poderoso y ella cuantimás una mujer” (Pág. 79)
En privado, los hombres blancos disfrutaban de la compañía de muchas mujeres, fueran blancas, mestizas, nativas americanas o negras, estuvieran casados o no. En público, por otro lado, despreciaban y repudiaban a las mujeres que se veían obligadas a satisfacer a los hombres que las dominaban, ya sea por una cuestión de servidumbre o para obtener beneficios económicos.
“[…] Siempre he tenido a las meretrices como madres huérfanas, medioángeles sueltos por el mundo para alegrar el corazón de los hombres machos, conjuradoras de soledades, dispuestas a brindar a cualquier hora, y a quien fuera, el perfume de su misericordia. […] No soy hombre de repudiar putas. Antes bien las respeto y nunca digo «de esta agua no beberé», como esos señores de mucho rezo que antes de tener mujer propia holgaron con cualquier pobre india arrancada de sus leyes y nación” (Pág. 44)
María Muratore está dispuesta a hacer lo necesario para ser libre y elegir cómo vivir. No teme correr riesgos y ser perseguida por los oficiales españoles de alto rango con tal de poder tomar sus propias decisiones para asegurar su bienestar. Se viste de hombre, utiliza armas, se sale completamente del esquema convencional de una mujer impuesto por los colonos; tampoco deja que su condición de mestiza le presente limitantes. “[…] Yo, María Muratore, asesina, ladrona, sacrílega, bruja, engatusadora de hombres, que hasta había osado manchar el ilustre nombre del gran Conquistador, mezclándolo en una sucia historia de amoríos.” (Pág. 121).
“— ¡Bestias! ¿Qué se creen que es una mujer? ¿Un armatoste? ¿Una bolsa de mandioca? ¿Una mujer se calza solo para satisfacer el capricho de un hombre? ¿No tiene alma, verdad? ¿Cuántas letras se precisan para decir no? Tantas como para sí. Pues no. No. No quiero ir.” (Pág. 121)
En conclusión, la Civilización y la Barbarie llevaron a demonizar a aquellos que no cumplían con los estándares que impusieron los conquistadores, segregando a los grupos marginados, sobre todo si eran mujeres. El “no lugar” priva de pertenencia a los mestizos, despojándolos de su identidad.