En su lecho de muerte
Chuang-Tzu agonizaba. Sus discípulos le dijeron que deseaban honrarlo con un funeral decoroso. Él repuso: «El cielo y la tierra por féretro y tumba; el sol, la luna y las estrellas por ofrendas funerarias; y la creación entera acompañándome al sepulcro. No necesito más». Los discípulos insistieron: «Tememos que los buitres devoren tu cadáver». Chuang-Tzu respondió: «Sobre la tierra me comerán los buitres; bajo ella, los gusanos y las hormigas. ¿Quieres despojar a los primeros sólo para alimentar a los últimos?».
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«Señor, ¿alguna insaciable ambición lo llevó a transgredir la ley y lo condujo a ese estado? ¿O fue la caída de un reino la que precipitó el golpe de hacha del verdugo? ¿O cometió un acto ignominioso y no pudo responder a los reproches de su padre y su madre, su mujer y sus hijos? ¿O fueron el hambre y el frío? ¿O la carrera del tiempo con sus primaveras y sus otoños lo condujo a esa extremidad?».
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«nadie es rey y nadie es súbdito; no hay división entre las estaciones: para nosotros el mundo siempre es primavera y siempre es otoño. Ningún rey en su trono conoce una felicidad más perfecta que la nuestra».
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Lo mismo sucede entre los hombres; el más perfecto de los sonidos humanos es la palabra; la literatura, a su vez, es la forma más perfecta de la palabra. Y así, cuando el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre los hombres a aquellos que son más sensibles, y los hace resonar.
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Todo lo que relatan estos filósofo-poetas es una maravilla del ingenio Chino. Son, en pocas palabras, para mí, la base de una filosofía transformadora que busca restaurar los valores del lenguaje, la sociedad y la creencia. Porque todo esto, se resume en diferentes pensamientos con un mismo propósito, puro.