Considerable despliegue de humor cáustico por parte de un narrador que vive en una situación acomodada, heredó un inmueble en la colonia de La Condesa (la zona cosmopolita, bohemia y muy acomodada de Ciudad de México), dónde pasa largas horas en soledad, observando la calle sin demasiado entusiasmo, en verdad emplea el cinismo como máscara para protegerse de su desencanto vital, tampoco sale demasiado porque, según la descripción que da la ciudad, le parece un lugar demasiado peligroso y no hay muchas cosas que le llamen la atención más allá de su interés por las mujeres.
Supongo que veinte años antes esa voz jocosa y burlona me habría causado mejor impresión, hoy sólo se me hace llevadero. Entonces quizás se me habría pasado que Fadanelli disimula sus virtudes literarias bajo esa fachada de adolescente descreído. No hay trama clara, cada capítulo es una narración independiente de algo relacionado con su narrador, ya sea su infancia, su complicada relación con su padre, sus viajes a Tijuana y sobre todo dos relaciones sentimentales, con Ariadna y Rosalía. En ninguna de estas relaciones parece que surge un vínculo hermoso, es como que apenas lo aguantan y parecen encantadas de disponer de un lugar cómodo en el que aterrizar y, ante todo, los problemas que el narrador tiene para madurar hace que a la larga las relaciones no cuajen.
Cómo se puede notar, una narración compuesta de digresiones, como pequeños ensayos dónde inserta sus reflexiones, que hacen del narrador una mezcla de Tristam Shandy y un Holden Caufield cuarentón y amargado. Numerosas son las citas a filósofos y escritores de renombre, de hecho en narrador menciona que ha escrito dos libros, lo que justifica su nivel cultural.
Nada más arrancar la novela, se comenta que sus mayores aspiraciones son irse a vivir con esas dos mujeres, diciéndolo en un momento en el que ya ha roto con Rosalía, y matar a un hombre. Si se presta la debida atención se comprende que ese impulso asesino es la expresión final de su desencanto y disgusto, de su frustración como ser humano una vez las relaciones naufragaron. Y si bien en el desenlace parece que dejan las cosas en el aire, el lector atento podrá recordar cierto incidente, una riña, con dos vecinas de su calle y comprender que se trata de un flash-back para comprender el verdadero devenir del narrador.
A la larga este humor sarcástico termina perdiendo oxígeno, en el último cuarto ya se lee con menos interés. Es como cuando ya has llegado cerca de tu destinación pero sigues dando vueltas con el coche en busca de aparcamiento, por más que sigue rodando el vehículo circulas con desgana y sin un rumbo concreto. Ésa sería la sensación con la que acabé el libro y supongo que por eso me ha gustado menos de lo que al principio parecía.