Mientras el escritor uruguayo Felisberto Hernández vive su momento de gloria en París y abandona temporariamente las estrecheces de su vida en el sur, una espía soviética lo seduce para marcharse con él a Montevideo y montar una red de espionaje que se extenderá por toda América. La espía es la española África de las Heras, veterana de la Guerra Civil y agente de la KGB. El escritor es una rara avis y presa fácil para una mujer de armas tomar. ¿Quién sospecharía de la esposa española de un anticomunista declarado? Como esas muñecas rusas que se ocultan una dentro de la otra, África ha sido muchas y siempre puede ser una más. La mujer de Felisberto es una modista de alta costura que esconde un equipo de radiotransmisión entre las Singer y una antena entre las sogas de colgar la ropa. Antes ha sido paracaidista en las líneas alemanas y se ha infiltrado como secretaria de Trotsky en México.
Ella es una muñeca en manos de su jefe, que desde su rincón moscovita escribe un libreto delirante del que forma parte un escritor atraído por el misterio de los objetos y las faldas de las mujeres. Al tiempo que recorre las aventuras de esta extraordinaria, conmovedora y despiadada mujer, y da cuenta de las sinuosidades de la vida del escritor, La muñeca rusa es también una aguda evocación del régimen estalinista, el del control y la sospecha permanentes.
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