Beacul nos lleva a un terreno en cierto modo tabú, el de la sumisión erótica. Un libro así no permite ser tratado con torpeza, impudor y falta de inteligencia, no por indecencia, sino simplemente por la gravedad del tema, que exige del lector los mismos atributos que requiere del autor. La metamorfosis de Beatriz en Beacul, no por una orden, sino por solicitud espontánea de su amante, recuerda en más de un aspecto ―y esto no debe escandalizar a nadie― las iniciaciones religiosas. Porque hay alegría (y jamás envilecimiento) en el sacrificio de la protagonista, el relato de su aventura se convierte en uno de los más bellos de la literatura amorosa. Beacul fue publicado en 1971 por esa editora excelsa de libros eróticos que fue Régine Deforges en la ya célebre colección «L¿Or du Temps», hoy desaparecida, y cuyos libros se buscan como tesoros. Y, al igual que ella entonces, no nos queda más remedio que lamentar, una vez más, el que S.G. Clo’zen sea un seudónimo. Como en tantos otros casos anteriores y nos tememos que futuros, la calidad evidente de esta obra nos permite, sin temor no vernos respaldados por una firma importante, omitir el nombre de su autor. Pero, aun así, pese a que respetemos la intimidad de quien aún considera prudente mantener el anonimato, nos entristece no poder revelar ciertas paternidades que dejarían de sorprender a más de un pudoroso admirador de esos autores consagrados.
Es un libro de sumisión muy al estilo de Historia de O, sin llegar a ser tan imponente pero tiene sus matices seductores y sobre todo muy perturbadores como si el Marqués de Sade caminara entre nosotros aún y en primera persona contará con gozo sobre las azotainas y ser sangrados con tal de alimentar su solver sexual y el de sus amos, me gusto mucho que casi todos los tintes o la novela gira en torno a cosas lésbicas, creo eso le da un twist muy diferente a las novelas de dominación.
Entiendo que una persona adulta decida que ser fustigada, empalada, sometida, rapada es lo que más le mola del mundo. Pero me cuesta entender que haya quien disfrute pelando al cero a la persona amada, fustigándola con ortigas, vistiéndola con un traje hecho de crin de jabalí para que le pique todo el cuerpo o haciéndola sangrar desde la nuca al tobillo. En fin, que no le veo la gracia.
Dificil lectura, más por las descripciones del sometimiento a Beacul que por el estilo en sí, sobretodo la manera en que la protagonista asume su papel con felicidad y entrega, en cada sesión, como si entrara el espíritu santo. Dificil de ver y de asumir, no sé si es el amor o el placer, o ambas cosas las que exiben una fe ciega, hacia alguien (o algo) que nos lleva a la despersonalización total conviertiendonos en instrumento de uso, por un ser humano o por las mismas instituciones...
Lo mejor que puedo decir de este libro es que es corto. Entre eso y que te puedes saltar párrafos enteros, la pérdida de tiempo no será mucha. Salvo 4 o 5 fragmentos (y estoy siendo generosa) no salvaría nada.
A ver, que tampoco me esperaba nada diferente, este tipo de libros son lo que son.