En los vídeos que he estado viendo de Delibes, él decía que Lorenzo, el protagonista de esta novela, de todos sus personajes era el que menos se parecía a él porque es optimista y sociable pero, mientras leía, yo no podía dejar de imaginarme a Lorenzo como un joven Delibes.
Lorenzo es un personaje como el Nini, uno de esos que no se olvidan, que ya camina a tu lado para siempre. Es bedel de instituto, vive con su madre y su pasión es la caza, salir al monte, perseguir codornices, liebres, perdices...etc. Es un personaje lleno de vida, con una vida en la que discute con sus vecinos, se preocupa por el dinero, por el trabajo, es muy amigo de sus amigos y se preocupa por ellos pero también se enfada. No hay doblez, ni impostura, ni disfraz, simplemente quiere una vida sencilla y que le permita cazar, pero no es un buenazo, ni es tonto. Se revuelve cuando le atacan, se enfada, guarda rencor.
De los tres Delibes que llevo leídos este año este es el que retrata una simbiosis más directa entre campo y ciudad. En El Disputado voto del Señor Cayo, la ciudad había acabado con el campo y solo volvía a él para aprovecharse de su último aliento, del voto de sus supervivientes. En Las Ratas era el pueblo, el campo, el único protagonista, un personaje en sí mismo, un lugar casi mitológico. Aquí, en el Diario de un cazador, la relación entre los dos lugares parece más equilibrada aunque es más campo que pueblo.
«Una madre, como la salud, no se sabe lo que vale hasta que se pierde. Uno se mete en la rutina de cada día y no ve más allá de sus narices. Eso pasa. Y uno es tan paulo que sin perder la escopeta que no puede vivir sin la escopeta, pero sin perder la madre no sabe que la madre representa para él tanto como la escopeta, y que no puede vivir sin ella. Ahora veo a la madre dónde antes no la veía: en el montón de ropa sucia, en el bando de gorriones que revolotea en la terraza, en el Talgo que pasa cada tarde o en el Sagrado Corazón iluminado».
Leed a Delibes. La vida es mejor con uno de sus libros entre las manos.