“Fortune´s Fool” viene a retomar el punto donde se quedó “Mansion on the Hill” del mismo autor, en este caso presentando un relato sobre la industria musical norteamericana desde los noventa hasta hoy (creo que la primera edición es de 2010), un terreno también explorado en, por ejemplo, “Appetite for Self Destruction” de Steve Knopper.
Goodman se centra en la figura de Edgar Bronfman Jr., heredero del imperio Seagram, la compañía de bebidas alcohólicas más importante del mundo (por supuesto, un imperio creado gracias a la Ley Seca, que tantas fortunas ha dado a los USA), un hazmerreír de Wall Street que decidió vender el próspero negocio familiar de toda la vida para entrar en el mundo del entretenimiento y más concretamente, las disqueras. A su espalda, como en la típica escena de las películas de acción noventeras, la industria musical explosiona en un meltdown de cambios tecnológicos, inmovilismo, grandes fusiones de empresas del entretenimiento, internet y, como se dice ahora, proveedores de contenidos y la propia dinámica del capitalismo y la economía de mercado.
Desgraciadamente, el libro resulta francamente aburrido, a diferencia del apasionante “Mansion on the Hill”. Pero yo creo que no es culpa de Goodman, simplemente es un reflejo fiel del aséptico paisaje musical de los noventaymuchos en adelante, un árido panorama de fusiones empresariales, compras, ventas, estrategias de mercado, movimientos de ejecutivos, querellas judiciales, enfrentamientos entre subsellos, etc, es bastante más aburrido que el proceso de domesticación y comercialización de la música popular que se desgranaba en "Mansion on the Hill", a lo que tampoco beneficia la extrema minuciosidad y detallismo del trabajo de Goodman. Además, salvo el incidente “Cop Killer” de Ice T, la única aparición de los artistas en el relato es para glosar sus ventas o sus renovaciones de contrato, a diferencia de “Mansion on the Hill” donde tanto el impulso creativo de los artistas como las corrientes contraculturales eran parte importante de la historia. Tampoco Bronfman resulta un personaje especialmente interesante (es bastante más divertido su abuelo, un insoportable y agresivo Barón de la Birra que se desesperaba por “dignificar” un imperio surgido del contrabando y el soborno) y en numerosas ocasiones el foco se centra en otros actores de esta tragicomedia. Tan sólo las últimas cien páginas se centran en sus esfuerzos por llevar a Warner a monetizar sus activos musicales en internet, o proporcionar un producto con suficiente valor añadido para que la gente sintiera la necesidad de pagar por él (misión imposible; la vinculación emocional que se tenía con un LP de vinilo por su belleza como objeto y depositario de recuerdos y emociones es algo imposible de establecer con un archivo de datos perdido en una carpeta de un ordenador, un archivo que no merece ni la pena poseer, de ahí el éxito de los servicios de streaming). Los esfuerzos de sus ejecutivos no se verán del todo recompensados, convirtiéndose Warner en el pez más grande de un charco cada vez más chico, y, aunque no aparece en el libro, Bronfman finalmente vendió la compañía a uno de los miembros de su consejo de administración en 2014.
Finalmente, en el Epílogo, Goodman se marca un alegato antipiratería y una defensa de las disqueras razonado, razonable y coherente, pero que, en mi opinión de ignorante indocumentado, peca de pardillismo. Dándole vueltas al libro la conclusión que extraigo sobre la debacle de la industria musical, es que otros más listos (Apple y su Itunes, p.ej.) se han llevado el gato al agua aprovechando la disrupción de la tecnología, siguiendo la lógica implacable del mercado libre y su justa mano invisible. Al contrario de lo que afirma Goodman, aunque finalmente las grandes disqueras desaparecieran completamente, la gente va a seguir creando música, porque el artístico es un impulso natural y humano, siempre va a haber quien quiera expresarse con la música, componiendo e interpretando mientras se gana la vida con otro trabajo. La diferencia es que ahora lo va a subir a Youtube o la red social o servicio de streaming que toque (o, como esta reseña, a una red social de lectores propiedad de Amazon), proveyendo de contenido de forma gratuita a los servicios de las grandes empresas tecnológicas que cortan el bacalao en el mundo del ocio electrónico, que gracias a esos contenidos cuyos costes de producción tienden a cero, se forrarán aún más con la publicidad, la red de telefonía e internet o la venta de dispositivos electrónicos a precios desorbitados. Y es que esto es lo bonito del capitalismo y el libre mercao sin ataduras, que, en el fondo, en ellos no existe la noción de “lo justo”, siempre premian al que es más listo, más rápido y más cabrón que tú, un entorno despiadado cuya lógica es que acabe imponiéndose el mínimo común denominador en las interacciones sociales y económicas. Por tanto, es de pura lógica que, sumergidos en esta cultura, las empresas busquen el máximo beneficio a mínimo coste y el consumidor busque obtener bienes y servicios a precios mínimos (y si es gratis, mejor, verán que risa las impresoras 3D), una carrera sin sentido en la que a la larga todos pierden y que, en el caso de la música popular y gracias a la tecnología, ha significado la debacle de una industria que era sumamente próspera (incluso demasiado próspera) en los 70 y 80. Y, como decía Bruce Sterling, “lo que les ha ocurrido a los músicos acabará por ocurrirle a todo el mundo”.