Esta semana he leído más libros infantiles que nunca y no pensé que alguno de ellos me haría escribir una reseña pero OH SORPRESA. Debo reconocer que he leído este libro entre 5-7 veces esta semana (Es un libro infantil, es cortísimo) pero es taaaan pero tan increíble.
Un día un niño de curioso se comió una palabra, le quedó gustando y se comió una oración, una hoja, un libro entero. Aparte de que le gustaban, se dió cuenta que si comía libros podría ser el niño más inteligente del mundo.
Ya sabía hasta más que sus profesores y sobre cualquier tema tenía la respuesta.
Eventualmente, el niño comió tantos libros en su afán por ser el más inteligente que comenzó a sentirse mal, pues comía tanto que no podía hacer la digestión. 5x2 ya no era igual a 10, era igual a elefante. Fue al médico y le aconsejó que dejase los libros, es más, se los prohibió, a partir de ahí el niño descubre que en vez de devorarlos literalmente, los puede leer con calma, también puede aprender y ser inteligente… aunque le tome más tiempo.
Este mensaje, contado de manera tan lúdica y visual, me hizo pensar en el fenómeno que se está dando en Bookstagram, donde a veces parece que hay una carrera invisible por ver quién lee más, más rápido, quién tiene más libros en su TBR o sube más reseñas por semana. Como si acumular títulos fuese sinónimo de sabiduría o valía como lector. Y no. Tal como le pasa a al niño, podemos terminar saturados, sin digerir lo que leemos, sin tiempo para reflexionar o sentir los libros como se debe. La lectura, como cualquier otro alimento, necesita pausas, masticación, digestión.
El increíble niño come libros es una joya que nos recuerda que el conocimiento no es una carrera de velocidad, y que el amor por los libros no debería transformarse en una competencia. A veces, leer menos, pero con más profundidad, nos enriquece mucho más.