Desde su aparición, Los últimos días de La Prensa ha sido considerada por muchos la mejor novela de Jaime Bayly. Se trata, en efecto, de un texto construido con destreza, poder de observación y sentido del humor. Además, el abuelo del joven protagonista o alter ego de Bayly es, sin duda, uno de los personajes más memorables de su autor: una suerte de entrañable quijote egoísta y trágico, que escribe hilarantes cartas ofensivas al director de La Prensa y aun, sable en mano, intenta batirse en duelo por su honor perdido --y, en particular, por El Solitario, la hacienda que le arrebató la reforma agraria peruana del general Velásquez.
El diario La Prensa es poco menos que un burdel y un manicomio. Su decadencia --una corrupción escatológica que atraviesa todos y cada uno de los rincones de la novela-- se debe, entre otras razones, a la administración llevada a cabo por Patty, una solterona promiscua y materialista que vampiriza hasta la última gota del presupuesto, realiza negocios por lo bajo y se da la gran vida con lo que debería ser el sueldo de los obreros del diario. Patty exhibe sus peores defectos allá donde va, y además de carecer de escrúpulos a la hora de vengarse de sus enemigos, no duda en usar su poder para intentar seducir a Diego Balbi, quien sólo tiene 15 años de edad. Por otra parte, el loco (en esta novela poblada por seres delirantes) es Zamorano, el jefe de la sección internacional del diario, un personaje caricaturesco pero humano, entre el Jake Barnes de Hemingway y el Jack D. Ripper de Kubrick; la escena en la que lanza a uno de los redactores por la ventana parece sacada de La vida es sueño. Don Rafael (el abuelo de Balbi), Patty y Zamorano, y sus respectivos destinos, constituyen lo más logrado del libro.
Bayly hurga en su propio pasado personal (como en sus anteriores novelas), una historia que se cruza o coincide con la del periodismo local, y recrea un ambiente claustrofóbico, deprimente, frenético, divertido y zafio hasta lo insondable. Los diálogos de Los últimos días de La Prensa son brillantes --y acaso se encuentran entre los más brillantes que su autor ha escrito alguna vez--, pero su brillo refleja inevitablemente las mezquindades de sus personajes y la degradación del mundillo que habitan. Así, la lectura transcurre sostenidamente, aunque algunos episodios --por ejemplo, el campeonato de fulbito de los redactores, o las escapadas sexuales de Dieguito y sus amigos-- carecen de mayor interés y pueden llegar a ser demasiado débiles o redundantes. En este libro, Bayly se aleja de su narrativa homoerótica, pero su alter ego ofrece la ambigüedad de una identidad en desarrollo: ésta es su novela de aprendizaje. Finalmente, Los últimos días de La Prensa es, tal vez, una pequeña gran novela --cómica, satírica, casi con atisbos de novela neo-gótica, negra--, pero, con la excepción de ciertos eventos y cualidades formales, giros y desmesuras, la podredumbre y la escatología que puntúan sus páginas son suficientes para distanciarla de mi preferencia.