La segunda parte del título es un tanto engañosa; sugiere un panorama histórico amplio y diverso, pero en realidad se reduce a la la historia «oculta» de mujeres científicas blancas estadounidenses de los siglos diecinueve y veinte.
Des Jardins parte de Curie porque su éxito rotundo como mujer científica la convirtió en un modelo sin parangón: ese éxito era imposible de replicar por cualquier mujer con inclinaciones y aptitudes científicas. Y lo que debió ser un ejemplo a seguir derivó en un obstáculo, en un techo de cristal: para que una mujer pudiera ser considerada exitosa como científica debía alcanzar las mismas cotas que alcanzó Curie. Los hombres, poseedores por naturaleza —según ellos mismos, claro— de la razón y la intelectualidad puras, tenían como derecho de nacimiento la posibilidad de desempeñarse como científicos.
La ciencia fue concebida como un área fundamental y exclusivamente masculina en la que las mujeres solo podían aspirar a ser meras asistentes, hacedoras en lugar de pensadoras. Es por ello que se les ponía incontables barreras: se les negaba el acceso a recursos de investigación, se les arrebataba el crédito por sus descubrimientos, se les asignaban posiciones que implicaban arduo trabajo y se les pagaba menos que a sus pares masculinos, que asumían menos labores. Las mujeres eran vistas por los científicos (la gran mayoría de ellos mediocres y mucho menos competentes) como intrusas que dislocaban sus esferas masculinas.
Curie fue una figura transgresora. Su dedicación a la ciencia, dedicación que implicaba descuidar sus deberes como ama de casa y, posteriormente, como madre, era vista como una obsesión malsana. Aquella era una obsesión digna únicamente de un hombre, puesto que un hombre no tiene que cargar con la responsabilidad de llevar un hogar y criar a los hijos; para eso están las esposas. Pero Curie perseveró. Y descubrió un nuevo elemento químico. Y ganó un Nobel. Pero esto no demostró que las mujeres eran igualmente capaces de hacer ciencia, no. Esto demostró que, para hacerlo, se veían obligadas a abandonar su espacio natural: lo doméstico. Que para hacer ciencia debían «masculinizarse». Solo asumiendo una postura masculina y dejando de lado sus deberes femeninos, podía una mujer hacer ciencia equiparable a la de un hombre. Y solo un éxito arrollador garantizaba un reconocimiento como científica. Si se era menos que Curie, si se alcanzaba menos, era prueba fehaciente de que las mujeres no tenían cabida en la ciencia. Curie se convirtió entonces en un símbolo de esperanza para las mujeres científicas, pero también en un agüero de fracaso. Pocos, tanto hombres como mujeres, podían alcanzar semejantes cúspides. Pero eran las mujeres las intrusas, así que no podían darse el lujo de ser mediocres o meramente competentes. No. Debían ser extraordinarias.
Des Jardins construye todo su texto alrededor de esta «masculinización» de la ciencia, en particular de las ciencias exactas como la física y la química. Escoge a un puñado de científicas que se destacaron en el panorama científico estadounidense y reconstruye sus carreras profesionales, las cuales estaban, inevitablemente, íntimamente ligadas con sus vidas personales. Después de todo, en los siglos diecinueve y veinte, la mujer no gozaba de individualidad: siempre era la hija de alguien y, mejor aún, la esposa de alguien, la madre de alguien. La propia Marie Curie, en su tour por Norteamérica para hacerse con unos gramos de radio —¡el elemento que ella descubrió!— fue a menudo descrita en función de su estatus como viuda de Pierre Curie, o como «madre de la humanidad».
Lo que hace Des Jardins es una descripción minuciosa de las circunstancias que restringían o permitían el acceso a las ciencias de unas científicas —Annie Jump Cannon, Maria Goeppert Mayer, Rosalyn Sussman Yalow, Rosalind Franklin, entre otras— y las relaciones que entablaban con su entorno laboral y sus colegas, circunstancias y relaciones que, en mayor o menor medida, podían extrapolarse a la mayoría de mujeres científicas blancas en los Estados Unidos. Esta descripción es concreta y fuertemente basada en otras fuentes; Des Jardins solo se permite hacer conclusiones después de exponer todos los hechos. Su estilo es directo y sí, bastante científico. Dejando de lado el semiengaño del título, su trabajo es un registro valioso de unas épocas, unas actitudes y unas circunstancias sociales que no se han dejado del todo atrás.