Jennsen y Oba comparten dos rasgos fundamentales: ambos son hijos bastardos y carentes de magia de Rahl el Oscuro, y como tales, debieron huir junto a sus madres y vivir ocultos. De haber sido encontrados por los hombres enviados por su padre, su destino habría sido la muerte. También comparten algo más inquietante: ambos escuchan voces en su mente, susurros persistentes que los incitan a rendirse y aceptar una voluntad ajena.
Sus caminos, sin embargo, no podrían ser más distintos. Oba es un joven torpe, humillado y resentido, cuya ambición ha sido aplastada por el desprecio de su madre y del mundo que lo rodea. Cuando descubre su origen y vislumbra una posibilidad de poder, se entrega sin resistencia a esa voz interior, permitiendo que lo conduzca por un sendero de violencia y destrucción.
Jennsen, por el contrario, siempre ha sabido quién es y por qué debe huir. Ha sido criada con amor y prudencia, aprendiendo a protegerse y a desconfiar del peligro. Esa frágil estabilidad se quiebra cuando conoce a Sebastián y un ataque de una cuadrilla de Lord Rahl destruye su vida sencilla y feliz. A partir de entonces, inicia una huida desesperada en busca de respuestas, justicia y una forma de sobrevivir al dolor que la consume.
En esta entrega de La Espada de la Verdad, Richard y Kahlan apenas aparecen, pero su ausencia no debilita la historia. A través de estos nuevos personajes comprendemos que la Orden continúa su lucha por erradicar la magia y que incluso quienes carecen del don pueden ser piezas clave. Los llamados “agujeros en el mundo”, invisibles incluso para la magia, poseen un valor que desafía las creencias establecidas.
Esta novela invita a reflexionar sobre la dignidad de cada ser humano, más allá de sus capacidades o limitaciones. Goodkind vuelve a insistir en una idea tan antigua como necesaria: la diferencia no es sinónimo de maldad, y el valor de una persona no depende de aquello que el mundo espera que sea, sino de las decisiones que elige tomar.