Es una locura! Benesdra es un gran descubrimiento, vale la pena haber leído este libro que tenía años esperando, tiene elementos imbatibles. Tiene una prosa genial, tiene intriga, filosofía, amor, sexo. Es todo un mundo esta novela, y aunque me parece un poco irregular, a momentos quería renunciar, en definitiva valió la pena llegar hasta el final, porque es su propio planeta sin duda, el planeta Benesdra. Una maravilla.
Llegué a este libro por medio de Fabián Casas, después de leer el prólogo que escribió para otra obra de Benesdra ('El Camino Total', Eterna Cadencia). La novela es un monstruo. Casi 700 páginas escritas en un tono entre satírico/cómico y lírico, en el que el autor despliega toda su erudición, haciendo una análisis genial sobre la izquierda, el sindicalismo, la caída del comunismo y el avance neoliberal; la religión y las relaciones de poder que se dan tanto en el trabajo como en el sexo. Pero sería injusto limitarla a eso. Se mete en todos lados. La locura, la psiquiatría, filosofía oriental y teorías conspirativas de orden cósmico. Todo relacionado con maestría y lucidez. Debo admitir que por momentos me pasó el trapo, y la estrella que le falta para completar las 5 tal vez sea mas una carencia mía que de la novela. Algún día volveré a ella y ataré un par de cabos que tuve que dejar sueltos en el camino.
El Traductor de Salvador Benesdra es de esos libros que te incomoda, te perturba. De alguna manera, sin duda exitosa, te hace meterte en una cabeza muy retorcida como la del protagonista. Ricardo Zevi no parece ser un criminal, ni un violador. Muy por el contrario, al inicio es solo un izquierdista con una fuerte crisis de identidad por todo lo que pasaba con su ideología en los 90s.
El Menemismo en Argentina y la caída de la URSS lo colocan en un lugar sumamente desagradable, casi en el lugar de haber vivido engañado por 36 años de vida, en una especie de sueño que aún en ese momento quiere negarse a aceptar como tal. Ahí aparece Romina, una adventista con quien desarrolla una relación amorosa tóxica, plagada de violencia machista y con infinidad de frustraciones.
El trance de su vida sexual incompleta con su pareja que no llega al orgasmo, los aconteceres políticos externos y su vida laboral van calando cada vez más hondo en la lógica de Ricardo Zevi. Él lucha por un control imposible, por un poder inalcanzable. Su soberbia puede más, lo nubla, lo vuelve loco.
Él, como hombre blanco de clase media occidental, se cree capaz de entenderlo todo, de concluir siempre lo correcto, de tener siempre la razón. Hay que decir, igual, que en toda la obra contada en primera persona hay mil referencias a todo el conocimiento que manejaba el traductor que encima contaba con 5 idiomas en su haber. Esto, sin embargo, no lo acerca a la verdad, sino al propio delirio.
Los límites desaparecen y la línea de lo bueno y lo malo queda totalmente atrofiada. La pretensión de poder y de control de este macho porteño lo lleva a acciones insospechadas para satisfacerse. La crisis de identidad comenzada por lo político cala mucho más profundo hasta hacerlo dudar de la propia realidad y de su ser. Su ego crece hasta creerse un predestinado. Este sentido de su vida es una total ilusión, una completa fantasía.
Con todos estos elementos, Benesdra trasmite en el Traductor infinidad de sentimientos contradictorios y escalofriantes. Abundante en lo políticamente incorrecto. No hay mensaje sino solo vida. No hay conclusiones, sino solo decadencia. No hay verdad, sino locura. El odio y el mal existen. El amor y el bien quedan en la duda. El final feliz es la mediocridad, la mentira, el silencio y la derrota.
Hablar de El traductor es hablar de una novela que excede y desborda por todos sus límites lo conocido hasta ese momento en la narrativa local. Considerada por muchos, a esta altura, un clásico de la literatura argentina.⠀ ⠀ La novela es relatada en primera persona por Ricardo Zevi, un judío sefaradí que trabaja en la redacción del diario “progresista” Turba. Militante de izquierda trostkista, explorador de las filosofías orientales, políglota y convencido de la(s) causa(s), la novela recorre con igual peso los largos monólogos interiores que el personaje desarrolla sobre sus compañeros de redacción y el sentido del trabajo, sus propias inquietudes en torno al judaísmo, su relación con las causas de la izquierda, el progresismo y el derrotero de apatías que rodea a su generación.⠀ ⠀ Por otra parte, se narra la relación con Romina, una chica adventista del norte argentino que recae en Buenos Aires por diferentes motivos y conoce a Ricardo, con quien emprenderá una larga, vertiginosa y multifacética relación de pareja en la que ambos crecen y desarrollan juntos sus mejores virtudes y sus peores manías.⠀ ⠀ El tercer eje es la locura. ⠀ ⠀ No es de buen gusto, digamos, comparar a un personaje con su autor, pero no decir que Ricardo Zevi es un álter ego casi calcado de Salvador Benesdra sería pecar de ingenuo. Los brotes, episodios e internaciones que Ricardo sufre a lo largo de la novela, son una descripción muy precisa y detallada de los mismos eventos en la vida de Salvador Benesdra.⠀ ⠀ Es una novela increíble por donde se la mire, por momentos pesada, por momentos divertida, por momentos abrumadora, pero siempre, siempre, siempre, de una inteligencia y calidad literaria envidiables.⠀ ⠀ Entre otras grandes virtudes, podríamos mencionar la lucidez descriptiva de la década menemista, los debates sobre el stalinismo y la URSS, los debates filosóficos, académicos, literarios, periodísticos, sindicales y políticos de los años ‘90.⠀ ⠀ Recomiendo, antes o después, mirar el documental “Entre gatos universalmente pardos” (2019), el cual relata la vida y la muerte de Salvador en las palabras de sus contemporáneos.
La empecé a leer a partir de una recomendación de Leonardo Tarifeño en la Rolling Stone de diciembre de 1998 (tapa: Calamaro en blanco y negro), decía que era una de las cuatro mejores novelas argentinas de ese año (!) Ahora que finalmente la terminé busqué en el blog de Eterna Cadencia material sobre su reedición, con loas de Fabián Casas y demás, y una crítica justa de Aníbal Jarkowski. Coincido en sus puntos: tiene mucha verborragia literariamente innecesaria, es machista, tiene diálogos acartonados y abundan los estereotipos. Las mejores partes son las de las asambleas, excepto la negociación final que es inverosímil. Las alusiones políticas son blandas, al menemato, la URSS y cosas que parece que pasaron hace mil años y no veinticinco. El personaje de Romina es horrible, absolutamente llano y sin la más mínima construcción realista. La trama tiene unos twists espantosos, con cabos sueltos. No entiendo cómo pudo llegar a finalista de un premio de novela, pero bueno, era mediados de los '90s...
Largo, raro, muy bueno, entretenido por partes, muy aburrido por otras (sobre todo cuando se pone a hablar de teorías, especialmente de Nietzsche me parece que hace una lectura bastante mala), se lee rápido o lento, según. Piensa las relaciones desde la dialéctica amo-esclavo, pero creo que se queda en la parte anterior a esa en que el amo se da cuenta de que no le alcanza con el reconocimiento de alguien inferior y necesita otro amo para reconocerse en él. En ningún momento me pude olvidar que fue escrito por un suicida.
Acabo de terminar esto y me queda una sensación muy extraña. Como que solo al terminarlo se cierra un circulo que estuvo ahí todo el tiempo y sorprende y se te queda esa imagen muy estampada... como una piña que te la dan anunciada y que mas que doler uno se queda pensando mucho en todo lo implicado en ese golpe.
Una de las mejores novelas que leí. Un libro complejo en múltiples disciplinas, tanto en ciencias duras como blandas. Escrito con una prosa prolifica, te inserta en una historia tormentosa como impredecible, a la vez que manifiesta sus convicciones en los más diversos temas, principalmente, el comunismo, la izquierda, y la caída de la Urss, tan es así que particularmente me hizo cuestionar la posibilidad de la existencia auténtica de esta ideología. No quedan casi cabos sueltos, el voluminoso contenido del libro va pasando a través de ideas, opiniones fundadas, y un talento especial para describir esta historia maravillosa. De una oscuridad implacable, la tinieblas de las personajes se van moviendo a través de hechos cada vez más impredecibles, hasta meternos en un final apoteósico.
Un libro brutal. Te pega en la cabeza, fuerte. Críticas bastante fuertes a muchas cosas en las postrimerías de la URSS, redacción de diario progre y patrones idems, filosofía, violencia.
En contra: tiene bastante machismo/misoginia (fuerte), cierta lectura desde la derrota, es bastante violento.
Esta escrito brutalmente, y saber la historia de Benesdra le da mas fuerza
Esta novela fue como esos días que reunen todas las estaciones, verano, primavera etc. Lo amé, lo odié, me gustó, me aburrió pero nunca me pareció floja o mala. Es muy intensa y está escrita desde lo más profundo del alma del autor y se nota.
Imposible leerla sin dedicarle el 100% del cerebro. ¿Mejor novela argentina? No sé, es imposible leer todo. Pero probablemente sea la novela con más densidad intelectual y narrativa de la Argentina post-dictadura. Una capacidad infinita para observar, analizar, sintetizar y hacer un retrato fiel de la sociedad del menemato y del mundo tras el fin de la historia. Por momentos repetitiva, justamente lo que menos avanza es la trama que se pierde en vueltas filosóficas. Hay que renunciar a pelear con eso, porque al final todo vale la pena.
Salvador Benesdra fue un escritor, periodista y psicólogo argentino de origen judío sefardí. Llegó a dominar 7 idiomas y para cuando cumplió 12 ya había leído a Marx y en su adolescencia se afilió al Partido Obrero. Se egresó del CNBA e hizo la carrera de psicología en la UBA en sólo 3 años. Vivió unos años en Europa, allí sufrió su 1er brote psicótico y fue internado en un hospital psiquiátrico en donde organizó un motín exigiendo mejores condiciones. Cuando regresó a Bs As tuvo más brotes, en una oportunidad estuvo convencido de que lo habían asaltado extraterrestres. Trabajó como periodista en La Voz, La Razón y Página 12. Escribió El Traductor a principio de los 90 pero inicialmente fue rechazada. El 2 de enero de 1996, Benesdra saltó desde el balcón de su departamento; murió con sólo 43 años. El Traductor es Ricardo Zevi, un hombre que vive en el centro de la Capital Federal y que trabaja en la editorial Turba como traductor. Si bien desconozco en detalle la vida del autor, se ven claramente similitudes; Zevi domina 7 idiomas, es también de descendencia judía, tiene fuertes ideales socialistas y es internado por unos días en el Borda. La novela está dividida en 3 temas centrales: su relación amorosa con Romina, la lucha contra las injusticias laborales en la empresa, y un análisis que hace sobre un libro traducido por él en donde se discuten tesis filosóficas. Su relación con Romina es el eje que más me conmovió; ella es una joven salteña que vino a Bs As con un grupo adventista. Inmediatamente surgen problemas sexuales que llevan a ambos a la locura y que terminan dando lugar a muchísima violencia y a una perversión inconcebible.
Esta novela es una locura de principio a fin. Inteligente, políticamente incorrecta, filosóficamente informada y de un lirismo que no decae nunca a lo largo de sus casi 700 paginas. El problema es que, al mismo tiempo, es una novela que demanda compromiso emocional y una vez que consigue ese compromiso juega con él: busca crear una identificación en los horizontes propios de la izquierda del siglo veinte, para contrastarlos en la empatía(?) del protagonista con un filósofo filonazi y con el desconcierto propio de la modernización neoliberal de principios de los 90. Ese juego de atracción y rechazo político luego avanza al plano de las relaciones amorosas, pervirtiéndolo todo y llegando a varias escenas en las que la violencia de género hace difícil continuar la lectura. Cuesta creer que una obra como esta pudiese ser publicada en un mundo tan moralizado como el actual. Benesdra sería un candidato seguro a la funa/escrache (según el lado de la cordillera, física o ideológica, en que lo leamos).
Creo también que, a partir del perfil psicológico de su protagonista, la novela es una buena forma de acercarse a ese fenómeno actual de una "renovación" de la izquierda a partir de la lectura de autores conservadores y totalitarios. Es decir, resulta perfecta para a través de ella pensar a esos extraños seres que declaran su izquierdismo de la mano de Schmitt y Heidegger y no se pierden ninguna de von Trier.
Los mitos literarios –esos que se construyen con fascinación desde el mundo editorial– en ocasiones no ayudan a acercarse de manera honesta a las obras literarias. Todavía menos cuando se acude a la figura del “escritor maldito”: abultando las anécdotas trágicas, las excentricidades, el carácter de genios incomprendidos y los avatares de los “espíritus” atormentados, mientras que los méritos literarios pasan a segundo lugar.
Salvador Benesdra –aunque menos conocido– ha sido puesto en ese lugar de manera recurrente. Al lado de su condición de políglota y su vasta erudición, es común que al hablar de él se ponga en primer lugar su fatal desenlace: al suicidarse arrojándose de un octavo piso. Aquella circunstancia abonó al aura místico de su obra. Al igual que con “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole, “El traductor”, la única novela de Benesdra, fue publicada póstumamente después de haber enfrentado una serie de rechazos editoriales.
A la par de esas circunstancias que prontamente perfilaron la figura de Benesdra, “El traductor” ha sido calificada como “una de las mejores novelas argentinas que se hayan escrito desde 1810” –en palabras del escritor Elvio Gandolfo– asociándola en repetidas ocasiones con el ímpetu narrativo del icónico Roberto Arlt. Otros, señalan el valor de la novela ya no solo por el retrato “excepcional” que encuentran de la etapa de transformación social argentina en el periodo finisecular, sino también por considerar que en ella hay una notable vigencia que la convierte hoy en un clásico.
Tantas loas y mitologías me hicieron llegar a “El traductor” con expectativas muy abultadas. Como señala Gandolfo, en el prólogo de la edición de Eterna Cadencia, esta novela se enmarca más dentro del realismo que la literatura de vanguardia. El desarrollo narrativo se da a partir de la voz en primera persona de Ricardo Zevi, un traductor que trabaja para una editorial de izquierda. Zevi traduce a Brockner, un autor alemán con filiaciones fascistas y, además, conoce a Romina, una mujer sencilla de Salta con la que empieza una complicada relación de pareja. Tales circunstancias se desenvuelven acompañadas de las disputas laborales en un entorno de transformación de la editorial donde se ha desempeñado Zevi. Además, pareciera que la propia transformación de ese ámbito reducido está asociado también a los cambios que se dan en el ámbito histórico y social –esa coyuntura a la que se hace referencia como el fin de la historia y de las utopías–, así como a la propia metamorfosis emocional y psicológica del personaje principal.
La novela tiene notables méritos. Benesdra es un narrador de alto nivel, se desenvuelve con soltura creando contextos, conflictos y climas emocionales; pero igualmente el relato ofrece en abundancia algunas características que me hicieron perder rápidamente el entusiasmo. Menciono algunas de estas cuestiones.
La predominante voz en primera persona de Ricardo Zevi amplifica demasiado los tormentos, complejos y trastornos de esa figura que muchos insisten en asociar con el propio autor. No obstante, esa voz termina por reducir la complejidad psicológica de otros personajes, y principalmente de Romina. Además de ser casi el único personaje femenino, queda reducido a demasiados estereotipos de la feminidad sumisa, ingenua y groseramente confinada al anhelo sexual. De hecho, el conflicto más importante de la novela está depositado en la “frigidez” de Romina y en la frustración sexual de Zevi. No me interesa sancionar ni a Benesdra ni a su obra desde una chata corrección política. Sin embargo, me cuesta encontrar vigente una novela tan llena de lugares comunes, tan dispar en su construcción de personajes y tan fácilmente polémica. Al contrario, fueron muchas las ocasiones en que su trasfondo y sus resoluciones narrativas me resultaron simples y rancias.
Por otra parte, no termina de convencer la atención de un periodo de transformación histórica desde varios niveles: ya no solo el mundial, sino también el de la Argentina, el del mundo del trabajo y la dimensión subjetiva. El relato parece acudir al marxismo más ortodoxo donde la base o infraestructura –principalmente económica y política– sobre determina el espacio de las ideas y las emociones. Los múltiples cambios sociales que Benesdra retrata con brocha gorda en la novela parecen reflejarse en conflictos laborales, tensiones afectivas y subjetividades donde pocas veces se asoma la complejidad y la agencia de los personajes. Esto aplica sobre todo para el personaje principal, al convertirse irreflexivamente en un miserable agresor –parece que con tanto resquemor del narrador que, en esos tramos, prefiere desdoblarse y acudir a la tercera persona–.
Otro aspecto que inquieta es el trabajo editorial. Según el mismo Elvio Gandolfo –que editó la primera edición en De La Flor– el texto quedó como estaba en manuscrito. Al señalar que la obra “era un organismo complejo que se defendía solo” dice que se limitó a cambiar de lugar algunas comas o aplicar algún punto. Quizás por ello no es fortuito encontrar –sobre todo en la primera mitad de la novela– un abuso de adverbios terminados en “mente” (Al respecto, no está de más recordar aquello que decía el Gabo: «En español, el adverbio “–mente” es una solución demasiado fácil. Si quieres usar un adverbio terminado en “–mente” y buscas otra palabra, siempre es mejor»). Pero también es común encontrar descuidos y erratas que una buena revisión no habría dejado pasar tan fácil. Asimismo, como señaló Aníbal Jarkowski, hay que decir que la novela tiene “cierto carácter amorfo” donde muchas páginas salen sobrando y parecen “escritas más por desahogo que por necesidades narrativas”.
En conclusión, no me fue posible subir al tren del entusiasmo que he encontrado en la mayoría de reseñas y comentarios sobre “El traductor”. Eso no significa que la novela no tenga sobrados méritos literarios, sino que tanta mitología a su alrededor quizás ha inflado las expectativas y no le ha hecho justicia: ni al relato ni al lugar que puede ocupar dentro de la novelística latinoamericana.
Interesante y compleja novela de un autor para mí hasta ahora desconocido e infravalorado -con una biografía dramática desde su nacimiento hasta su trágica muerte-, va describiendo e interpretando cruda y abiertamente los aspectos psicologicos y pragmáticos del protagonista en su vida laboral y personal, confrontando su idiosincrasia marcada fuertemente por su formación e ideología utópica socialista, tan difundida en toda Latinoamérica en las décadas de los 70 y 80, sobre todo en las universidades públicas (me tocó durante mi etapa de bachillerato un franco adoctrinamiento) con su realidad que va dando paso al entonces nuevo y prometedor (que no ha sido tal) sistema neoliberal. Recomendable.
Sugiero complementar con una reseña y un artículo interesantes:
Es muy difícil resumir este libro. Tampoco es simple contar de qué se trata porque se trata de todo: de la vida de un trabajador en los 90; de los ideales socialistas en pleno neoliberalismo; de amor y de pasión; de denigración. Por momentos se hace tedioso y no sabía si iba a llegar al final pero lo cierto es que no pude soltarlo nunca. Ya entiendo por qué se hace casi indispensable leer esta obra pero es claro que no es para cualquiera.
excelente novela, en la tradición dostoyevskiana/artleana. Un descenso a la locura en el amor y en el trabajo. El filósofo alemán que se inventa es genial y la crítica al diario progresista (página 12 cof cof) sorprende por su actualidad.
Siento que leí una obra maestra, aunque por momentos me costó. Benesdra narra de una forma envolvente, metafórica, certera. La novela retrata, de forma exquisita, el vínculo de "en traductor " Ricardo Zevi con su trabajo y su pareja en pleno menemismo. Así dicho parece algo banal pero se mete en lo más profundo, complejo y enroscado de la forma de pensar y actuar que Zevi tiene para con Romina (su pareja) y con Turba (editorial donde trabaja). Es de esos textos que en los que te vas metiendo y te lleva a zonas cada vez más intrincadas. Por momentos, asombrado, me encontraba pensando ¿cómo llegamos hasta acá? Ese cómo es la sutil narración que hace el autor de los vericuetos mentales del protagonista. La novela en sí me parece un 5, pero por momentos se me hizo difícil de seguir por la complejidad o abstraccion de los temas (historia política , económica, filosofía..) y por otros momentos se me volvió algo repetitiva, asumo que tuvo que ver conmigo pero eso hizo que mi experiencia de lectura no haya sido siempre tan placentera.
El capítulo donde narra la descompensación psicotica me resultó maravilloso, perfecto. Sutil, sensible, logra transmitir algo de lo más cercano a esa experiencia.
Hay muchísimas frases que recorté, elijo esta:
" Tengo mucha paciencia pero solo para las cosas inevitables"
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La novela se puede resumir más o menos así: Ricardo es un traductor que se la da de izquierdista y labura en una editorial. En un bar conoce a Romina, una salteña adventista que a no puede llegar al orgasmo. Como se vuelve loco, le hace de todo a la mina hasta prostituirla y cagarla a trompadas. Pero no logra que la mina llegue al orgasmo. Un día se casan, en la luna de miel la hace acabar y tienen un hijo fin.
Algo sencillo, pero que el autor se toma casi 700 páginas de las cuales 500 están más la pedo que bocina de avión. Los discursos de izquierda, sus problemas sindicales con la editorial, TODO al pedo.
La verdad si esta es una joya oculta, que siga escondida...
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Una interesante lectura que se hubiera beneficiado recortándola en unas 100 páginas de digresiones filosófico-políticas tediosas e insoportables. Lo mejor es la descripción de las transformaciones en relaciones laborales durante el menemismo. La disputa entre empresarios, trabajadores y su relación con el sindicalismo están muy bien descritas. La historia de amor es directamente inverosímil, pero se perdona porque es arriesgada y me pregunto si en los tiempos que corren no lo cancelarían a Benesdra por escribir esto.
La conjura de los necios argentina (nótese la similar trayectoria editorial de ambos manuscritos). Una pedazo de novela: obsesiva, delirante, incomodísima (sí misoginia), genial, profética, poética, desquiciante y documento histórico. Un viaje de no retorno a la cabeza de un autor de su tiempo, suicida, inclasificable. De las mejores cosas que he leído y que jamás volveré a leer.
La complejidad de los vínculos. Un retrato opaco de una época. La revolución como un sueño eterno. Y Román (la novela, la narración, el hijo) la única fuga posible.
Novela de 698 páginas & 16 capítulos que trata sobre el Poder, así de mayúsculo, omniabarcante y total -sea como verbo o sustantivo-, considerado en todo su espectro y contradicción, su flujo vertiginoso y denso condensado; visto -eso sí- en sus vertiginosas transmutaciones desde la perspectiva (preclara y a la vez delirante, ¿de qué otra forma podía ser?) de Ricardo Zevi, un taciturno y erudito traductor, argentino judío de origen sefardita, y militante trotkista en la última mitad del siglo XX. Confundido por los giros del mundo tras la caída del muro de Berlín, la inminencia del fin de la URSS, una enigmática lectura al teutón conservador Ludwig Brockner y el hastío de su genérica vida cotidiana, Zevi ejerce repentinamente la libertad de su voluntad al, por una parte, flirtear con Romina, una joven, exuberante y atractiva adventista salteña, y por otra parte, involucrarse en una lucha sindical contra la patronal de Turba, la editorial progre donde trabaja, desatando -cual efecto mariposa mediante- una reacción en cadena que perturbará irreversiblemente la calma del sistema dinámico de su vida, con consecuencias terribles tanto en sus aptitudes como en sus relaciones sociales, en su alma y en sus vínculos, toda vez que parece elevarse en un recorrido redentor por la torre de Babel tras la fatídica condena divina. Con un juego de múltiples voces elegante, erótico y bien ajustado, alimentado con una rica gama de referencias científicas, políticas y literarias incorporadas diestramente en el entramado narrativo, hay que tener en cuenta que reporta considerables dificultades de lectura: no es una pieza sencilla. Pero su intrincamiento no es un gratuito abalorio, perorata de sofista loco o un caleidoscopio de lenguajes rotos, sino la justa representación de un relato interior de afectos prismáticos, compromiso histórico, razonamientos de riesgo, violentísimas dialécticas morales y acciones border, casi esquizoides; tales que llevan a la experiencia de lectura a límites sensibles igual de grotescos que sublimes, donde el ánimo propio no puede salir indemne. Abunda en frases memorables que ruborizarían igual al Mesías que al Diablo, o en todo caso, los partirían de risa. No en vano es una obra de culto.
El Traductor es una novela con casi completamente biográfica, que trata sobre la pérdida de las convicciones (Romina con el adventismo y Ricardo con el Comunismo o Socialismo utópico, o algo así); cosa que se ve en su primer párrafo. Además, nos presenta el argumento que oscila entre su vida pública: en Turba, el diario donde trabaja, y su vida privada: el Periscopio, su hogar.
Toco cambia en la vida de Ricardo Zevi cuando le mandan a traducir un tratado filosófico sobre el orden jerárquico innato en la naturaleza humana para su desarrollo; cosa que ayudaría incluso a los estratos más bajos. Y desde ahí, comienza a modificar su conducta alejado de sus convicciones más arraigadas, en una suerte de tanteo por salir de sus jornadas "grises de gatos universalmente pardos".
Desde un comienzo NochesBlanquinos, Dostoievski se hace presente, además, en su correr psicológico que inunda la totalidad de la novela (Cabe mencionar que Benesdra fue psicólogo), para casi al final de esta, desatar un brote psicótico que inunda unas importantes páginas: el tono sci fi que aparece de repente casi encauza la historia en un camino sin vuelta atrás, pero no. La historia se retoma. Pero la idea del traductor que "une puentes" nos llega como desde el inconsciente del personaje/escritor.
Es una novela densa que exige mucho del lector, con un ritmo trepidante, y gris, sobre todo gris, que oprime al lector por el poco descanso que de suyo tiene su latente barroquismo. Pero con todo eso, es una novela que no deja indiferente a nadie, todo se justifica y sigue un cauce delicioso, bien medido. El final: puro realismo: deja un hijo; nos dejó su hijo.
Es imposible clasificar esta novela dentro de un género. Me pasa lo mismo que con Mircea Cartarescu. Es una escalada de locura dentro de unos límites determinados. Y casi siempre, estos límites son los de la propia mente del narrador/personaje.
Todo comienza en un bar, donde el traductor (ocasional, y aspirante a ser tiempo completo) de una editorial, se sumerge en un estado de ánimo alicaído ante tantos fracasos amorosos. Pero en aquel momento entra una despampanante adventista a entregar unos folletos de su iglesia. Ricardo Zevi se propone el desafío de "levantarsela".
En capítulos casi alternos por un lado, Benesdra nos cuenta la relación amorosa de Ricardo Zevi y su adventista Romina, que intentan todo para superar sus problemas sexuales, de una manera muy poco ortodoxa. Y por el otro, la inminente decadecia de "Turba", la editorial que dice ser de izquierda progresista.
El traductor es ese tipo de novelas que te deja estupefacto por la audacia, las escenas bizarras y las críticas filosas. Todo esto casi al mismo tiempo y hasta en ocasiones en un mismo párrafo. Lo único malo de todo esto es que no podremos disfrutar a este autor, por haberse quitado la vida en su apartamento de Buenos Aires.
"En el año que llevo trabajando de taximetrero me pregunté mil veces como pude aguantar tanto tiempo en Turba, sabiendo que vivía en un país donde el lugar natural de un ingeniero, un arquitecto, un médico, un físico, un biólogo, un matemático o un traductor que no esté dispuesto a emigrar, está detrás del volante de un taxi, un lugar mucho más saludable que esta cruza de estafa y experimento bucanero que habíamos conocido como empresa progresista."
Libro con temática sorprendentemente actual, a pesar de que la trama se desarrolla en torno a la caída del muro de Berlín y el auge del 'falso' Peronismo menemista. Una experiencia muy interesante para cualquiera que quiera aprender algo sobre la mobilización laboral, el sindicalismo, y las contradicciones del izquierdismo. También es interesante la trama paralela, aunque menos.
El personaje es gracioso y honesto, aunque a veces se pasa con monólogos cuya duración (algunos son mas de 25 paginas) y contenido, muchas veces denso y confuso, hace que suenen un poco pretenciosos, o que se parezcan a un intento por parte del autor de vaciarse intelectualmente. Se me hizo un poco demasiado largo a ratos (son casi 700 paginas). 8.5/10
Ricardo trabaja como traductor en la editorial de izquierda Turba y conoce a Romina, una provinciana adventista con la que va a tener una relación "obsesiva"(por llamarla de algún modo sin espoilear). La trama es en apariencia muy simple, pero con muy pocos elementos y prácticamente sólo dos personajes (aparte de Ricardo y Romina los demás que aparecen son muy secundarios) Salvador Benesdra construye una novela bestial, con una prosa densa, barroca, que pretende abarcar muchísimos temas. Las digresiones abundan, llenas de frases largas que a veces (muchas) son geniales y otras son un galimatías total. A medida que la historia avanza el narrador nos cuenta de a poco algunos episodios de su vida y se explaya en larguísimos monólogos político-sociológicos y filosófico-místico-delirantes. No es una obra fácil porque no es fácil estar en la cabeza de Ricardo. Por el contrario, diría que es una novela muy incómoda y hasta cruel, un descenso a los infiernos que vale la pena experimentar.