La primera vez que leí esta novela fue en su primera edición (Seix-Barral, 1994), allá por 1996, e inmediatamente se convirtió en uno de mis placeres culposos. Aún recuerdo cómo me complacía, especialmente, leerla en presencia de mi padre, a quien el Luis Felipe de No se lo digas a nadie, al parecer, siempre me traerá a la memoria. Era mi rebelión silenciosa, cobarde; mi padre no se imaginaba que el libro de Jaime Bayly contaba una historia que, en algún sentido, era como la nuestra.
Desde entonces, No se lo digas a nadie es, para mí, no la novela sobre un muchacho que persevera en su propósito de vivir su homosexualidad libremente, sino el testimonio del desencuentro entre un padre y su hijo. Ahora, no sé si en verdad tenga esto que ver con la evolución de mi propia relación con mi padre, pero, y a pesar de la dureza e injusticia congénitas a la sustancia del relato, la certidumbre de que éste no pueda tener otra conclusión que la tragedia del desacuerdo permanente ha subrayado su carácter complejo y conmovedor, y, aun, su inescapable aunque recóndita ternura.
Luis Felipe es, ciertamente, la gran presencia e influencia en la vida de Joaquín. Lo demuestra el hecho de que su ausencia en un buen tramo de la novela no impide que se sienta el peso de su energía contradictoria, cual una sombra que planea a través de los diversos incidentes y las raudas páginas. El estilo de Bayly, que recrea su experiencia personal en la biografía de su protagonista, se muestra alternativamente serio, cómico, locuaz, parco, y su desaliño a veces parece corresponder al dolor de sus evocaciones. Casi inesperadamente, al final de la novela Joaquín se ha tornado un personaje ya no tan simpático, incluso ocasionalmente cruel, mientras que su antes insoportable progenitor exhibe algunas de las características de esos seres de ficción que uno recibe con los brazos abiertos y no puede evitar echar de menos cuando se los ha perdido de vista.
Sin embargo, así como la caricatura y el melodrama dejan de serlo para desembocar en la humanidad y la esencia, No se lo digas a nadie posee al menos una virtud constante: y es que se trata de uno de esos libros que se deslizan por los dedos y te dejan ante el punto final antes de que hayas advertido que el camino de Joaquín Camino ya se acabó --para el lector. Otras cualidades dignas de nota son la manera en que el autor metamorfosea en una cuasi-poesía musical el lenguaje procaz de la juventud de las clases altas de Lima; el sentido del humor que, por muy insignificante que pudiera parecer, consigue limar ciertas asperezas; la honestidad y transparencia, aun moral, con la que expone situaciones de hipocresía y realidades tan insólitas que van más allá de lo verosímil, hacia lo veraz.
Alguien como yo puede agradecerle a esta novela, por otro lado, conocer a gentes de carne y hueso como Joaquín y sus amigos, en sus orgías de cocaína y ennui finisecular, sin tener que aproximárseles de otra forma --digamos, una que, por directa, impediría cualquier rezago de entendimiento humano, precisamente como el insalvable abismo que separa a blancos y cholos en el fondo de su conflicto. No tan entre las líneas de su virtual diatriba contra la homofobia, No se lo digas a nadie es probablemente una de las mejores novelas alguna vez escritas sobre el racismo en el Perú.