El resumen de esta novela de literatura juvenil cabe en pocas líneas: las disquisiciones mentales de un adolescente europeo de clase media alta, alocadamente culto y de inteligencia superior, sobre los más variados temas (desde asuntos filosóficos y religiosos hasta la búsqueda de su identidad sexual).
¿Me gustó y lo recomendaría a mis sobrinos adolescentes? No. Hay opciones mucho mejores en los estantes (So, so... como dirían en inglés).
El protagonista en cuestión se llama Sebastián, pero su compañeros de colegio le dicen Bonsai, no precisamente por alguna relación con la filosofía oriental, sino por su estatura. El muchacho lo sabe y no le importa, pues no tiene amigos y mira desde sus pretenciosa intelectualidad no solo a los otros chicos sino a sus maestros. Como era de esperarse, tratándose de adolescentes, no se lleva bien con sus padres divorciados. A él lo desprecia y con ella vive una rutina de peleas, donde priman las groserías del muchacho. “Vieja tonta” es solo uno de los insultos que le grita en la cara. Ella se enfrenta intelectual y emocionalmente a su querido y único retoño, y en la mayoría de casos, el muchacho sale ganando.
Y si eso hace con su madre, es fácil de imaginar lo que provoca con sus maestros, que son simples pulgas mentales para él. Y, por supuesto, no oculta esta opinión sino que la expresa con desfachatada sinceridad a sus miserables profesores, que muchas veces terminan con lágrimas en los ojos ante sus insinuaciones y groserías. ¿Qué hace mami? Nada. En ocasiones hasta apoya el comportamiento de su retoñito con los demás.
En cierta parte de la obra, el protagonista aclara que sabe muy bien que lleva una vida privilegiada en un país privilegiado, que nada tiene que ver con la realidad de la gente del "Tercer mundo". Tiene razón.
La novela es un chorro de las babosadas de este muchacho, su búsqueda de identidad y su juicio a todo lo que le rodea. Por desgracia, Bosai no logra ser un personaje original ni encantador. Si algo lo destaca es que puede citar a filósofos y escritores para apoyar sus ideas o para caotizarlas aún más.
La obra no tiene, hasta bien entrada la página cincuenta, un nudo que dé interés a la historia de Sebastián. Es solo cuando el muchacho decide descubrir si es homosexual, que se prende algo de suspenso, que se incrementa cuando su prima y mejor amiga decide tener relaciones sexuales con él para iniciarse en las artes amatorias (razón por la cual se desnuda ante el primito y se mete desnuda a su cama. Bastián se espanta).
Al final, Bonsai descubre el amor al sentirse amado por la prima que lo quiere tal cual es. ¿El amor cambia al “monstruo adolescente”? Su comportamiento hacia los demás no da indicios de cambio, y solo se anuncia una nueva historia con la prima.
Los adolescentes latinoamericanos (la mayoría de los cuales no puede comportarse con la “espontaneidad” de Sebastián) podrían sentirse interesados y entretenidos por la rutina de este muchacho que puede darse el lujo de decir y hace lo que ellos quisieran también. Por lo demás, muchas de las disquisiciones filosóficas de Bonsai, superficialmente expuestas, podrían dar pie a profundizaciones de parte de los lectores. Hasta aquí llega el interés de esta novela, que no es lo mejor de Christine Nostlinger, famosa autora ganadora del Premio Hans Christian Andersen.