¿Cómo nos convertimos en las personas que somos? ¿De qué manera la corporalidad tiene una influencia en nuestras personalidades, habilidades, deseos e intereses?
Esas son preguntas que cualquier persona que se interese de alguna manera por el tema de la sexualidad ha llegado a plantearse. Si volcamos la mirada hacia los medios de comunicación, los discursos médicos y gran parte del activismo, se vuelve evidente que existe una fetichización por el discurso científico, y por científico me refiero a las ciencias “duras”: la biología, la genética y la endocrinología principalmente. Las voces con más autoridad parecen venir de ese ámbito del conocimiento. Y su discurso básicamente establece que las mujeres y los hombres tienen cerebros diferentes, de la misma manera que los homosexuales y los heterosexuales. El gen gay se ha convertido en un concepto ampliamente aceptado, aunque no comprobado.
Este libro va a los orígenes de esta percepción, y logra establecer la manera en que la teoría detrás de este discurso ha sido ampliamente incuestionada. Dicha teoría plantea que la exposición a las hormonas prenatales causa la diferenciación sexual, es decir, que dichas hormonas crean patrones masculino o femeninos permanentes de deseo, personalidad y temperamento. La autora aborda todos los estudios más importantes sobre esta teoría, alrededor de 300 desde 1960 hasta el 2008, y los analiza, llegando a exponer una gran cantidad de contradicciones, fallas metodológicas, conceptos ambiguos y experimentos cuestionables.
Esta urgencia de establecer componente biológicos fijos que marquen diferencias entre los seres humanos como una manera de justificar la diversidad, siempre me ha parecido sospechosa, sin embargo, así funcional la gran mayoría del activismo LGBT, con una suposición de que nuestros deseos están condicionados por los genes, o por algún mecanismo fisiológico misterioso. Lo increíblemente valioso de este libro es que aborda ambos lados del debate, por un lado la autora hace un análisis amplísimo del campo médico, pero al mismo tiempo tiene un manejo excelente de las teorías sociales y de género, desde el feminismo hasta la teoría queer.
En general creo que los términos en los que se coloca el debate, esta dicotomía entre "biología" vs "escogencia", son bastante limitados. Principalmente porque la "escogencia" no es el término adecuado para describir todas las posibilidades que se encuentran aparte de la "biología". Muchos factores sociales, culturales, estructurales pueden darle forma a los deseos y a las posibilidades eróticas.
Es muy problemático que solo se pueda "tolerar" o "darle derechos" a un grupo, bajo la premisa de que no tienen forma de escapar a su condición, bajo el supuesto de que sus genes determinan su subjetividad, es decir, que las variaciones en los deseos sexuales solo pueden ser legítimas si se comprueba que son innatas, "naturales" e inmutables. ¿Solamente el deseo genéticamente determinado es legítimo? Estoy convencido de que mucho de lo que se siente tan natural e incambiable sobre nuestros deseos, incluyendo los cuerpos y las personalidades que nos atraen, está fuertemente influenciado por nuestras respectivas culturas y por el contexto histórico.
Al final, el objetivo del libro no es crear una perspectiva anti-ciencia, al contrario, lo que busca es la elaboración de una ciencia más científica, más rigurosa, y por eso, lo recomiendo muchísimo.