Matemos al tío es de esas historias que un Tim Burton inspirado podría convertir en una buena película. También es una de esas historias que un Tim Burton actual podría convertir en un bodrio espeluznante.
A una islita al oeste de Canadá llegan dos niños, una parejita de angelitos -caídos- dispuestos a poner patas arriba al pueblo con sus trastadas. Sin embargo, los habitantes del pueblo, en su mayoría ancianos que han perdido a sus hijos en la Segunda Guerra Mundial, son indulgentes y no pueden amonestar con severidad a los pequeños; sus diabluras son cosas de críos, llamadas de atención, o, mejor dicho, llamadas de auxilio. Porque Barnaby, el crio, huérfano en trágicas circunstancias, se comporta tan mal por orden de su tio, un personaje al que se nos presenta como un monstruo de cuento de hadas que solo resulta amenazador para los críos. Y dado que nadie les cree cuando dicen que el tío de Barnaby quiere matarlos, serán ellos quienes tomen las medidas necesarias para ponerse a salvo. Por algo la novela se llama así.
Matemos al tío es una novela con ese toque retorcido y siniestro de muchos cuentos infantiles. Durante la mayor parte de la novela seguimos las vicisitudes de los niños en la isla, sus juegos infantiles, sus expediciones por los bosques y sus visitas a los vecinos del pueblo. El tono es ligero, jovial la mayor parte del tiempo, una colección de aventurillas. De hecho, en uno de esos paseos campestres se encuentran con un puma, que ya no está en su mejor momento artístico, del que deciden hacerse amigos de manera unilateral, pues el animal tiene la mismas ganas de intimar con ellos que de recibir una colonoscopia, y si no los devora en un pliqui es por no echarse encima a la turba con escopetas. Este es el tono dominante en la novela, uno netamente lúdico, y no es hasta los dos últimos actos, en los que el tío es antagonista absoluto que el tono no vira a lo terrorífico.
En líneas generales, la historia no está mal, pero sabe a poco. No en balde es un cuento infantil, no ofrece mucho más. También es cierto que no es el tipo de literatura que suelo leer: hace mucho que dejé de ser un crio y mi niño interior ya cotiza. Sin embargo, sí hay algo en esta novela que la eleva y la hace destacar. Ya dije antes que toda la isla acoge a los dos cabroncetes con los brazos abiertos. Bien, hay alguien que no, alguien cuyo trabajo es mantener el orden en el lugar: el guardia montado. Este es el personaje más interesante y entrañable de la novela, el que aporta el matiz más adulto a la lectura. Y es que este personaje es el único joven que regresó a la isla, el único que no murió en el frente porque acabó hecho prisionero. Su regreso obviamente produjo alegría, pero también levantó suspicacias acerca de su papel como soldado; porque el volvió sano y salvo, sobrevivió, y algo hubo de hacer allí para lograrlo. Evidentemente, ninguno de los aldeanos acusa de nada al guardia montado, esta sensación es algo íntimo, que lleva como una carga y que solo confiesa a su amor platónico, la mujer del vicario, con la que antes de la guerra tuvo posibilidades pero que, como todo, el conflicto aniquiló, y solo las confiesa, decía, en una serie de cartas que le escribe pero que nunca le envía. Con que sencillez se crea a un personaje memorable y enternecedor. El guardia montado es, con diferencia, lo mejor de esta novela.
Poco más puedo añadir sin contar puntos importantes de la trama. Si disfrutáis de historias ligeras, con una pizca de perversidad infantil y cierto sabor inglés, Matemos al tío no os decepcionará. Si, por el contrario, buscáis novelas más serias, solemnes y adultas, es mejor que os vayáis a otros títulos que ofrece Impedimenta en su catálogo.