El cierre de la carrera de Puccini es una negación o superación de sus obras anteriores. El verismo, que no deja de persistir en el resultado final en momentos aislados, se ve sobrepasado por una composición simbolista, por audacias armónicas y formales, por sustituir el realismo como algo a lo que la música se supedita a crear grandes bloques formales, en los que la voz y la música tienen una dimensión sinfónica más que lírica. Puccini, ante el anuncio de su muerte inminente, dejó la ópera inacabada, aunque no sin terminar. La dejó en el momento en que Liù: belleza, amor, poesía, moría por no traicionar a su enamorado Calaf, el cual apenas se daba cuenta de su presencia. Un personaje y una situación que no está en los precedentes milenarios (Nizami y cuentos orales persas milenarios, por una parte, y la recreación de Petit Le Croix en los 1001 días y los dramas posteriores de Lesage, Gozzi y Schiller) y que no son sino un reflejo de un episodio biográfico del joven Puccini. EL final se encargó al fascinante compositor Franco Alfano, por los méritos de su entonces reciente Sakuntala. Un final fascinante y de una gran fuerza, basado en los pocos bosquejos que dejó Puccini y retomando de forma inteligente y sensible los temas previos implantados por él en la ópera.