Una vez más, esta señora es una GOZADA. No hay nadie como ella. Es tan distinta a todas las otras escritoras que conozco y se le lee tan natural que estoy segura de que hay muchas Amélie Nothomb escondidas en lo rutinario, tratando de ser normales, a las que solo les ha faltado o la oportunidad o el coraje.
Eso sí, éste no me pareció que fuera su MEJOR libro, como he escuchado en tantos lugares. Pero aún así, ya lo dije, una gozada.
Como siempre que termino de leer a esta autora, quedo con una sensación tan completa de satisfacción que ni ganas me dan de comentar, jajaja.
Un par de citas, no necesariamente las mejores. Me vi tan absorta en la historia que casi ni subrayé:
1. De cuando fue a Hiroshima.
El Museo de la Bomba me dejó estupefacta. Por más que los conozcas, los detalles de la cuestión superan la imaginación. Las cosas están presentadas con una eficacia que roza los límites de la poesía: se habla de ese tren que, el 6 de agosto de 1945, recorría la costa en dirección a Hiroshima, transportando, entre otros, a los trabajadores de la mañana. Con tranquilidad, los viajeros miraban la ciudad a través de las ventanillas de los vagones. Luego el tren entró en un túnel y, cuando salió, los trabajadores vieron que ya no quedaba nada de Hiroshima.
Paseando por las calles de aquella ciudad de provincias, pensé que la dignidad japonesa tenía allí su retrato más impactante. Nada, absolutamente nada, hacía pensar en una ciudad mártir. Me pareció que, en cualquier otro país, semejante monstruosidad habría sido explotada hasta la naúsea. El capital de victimización, tesoro nacional en tantos y tantos pueblos, no existía en Hiroshima.
2. Sobre cuando subió el monte Fuji, que los japoneses deben subir supuestamente al menos una vez en la vida.
Resultaba conmovedor ver a los ancianos alcanzar la cima, muy dignos, pero admirados de su propia gesta, apoyándose en sus bastones. Un octogenario que llegó hacia las seis exclamó "¡Ahora sí soy un japonés digno de ese nombre". Así pues, la guerra no había bastado para convertirlo en un caballero. Sólo un desnivel de 3.776 metros daba derecho a semejante título.
3. Jajaja. Muy cierto.
En un país menos honesto, serían tantas las personas que se atribuirían falsamente el ascenso, que habría sido necesario instalar, en el borde del cráter, una ventanilla para repartir certificados.
4.
¿Huida poco gloriosa? Siempre es mejor que dejarse atrapar. El único deshonor es no ser libre.
5. Apuntes de una persecución.
(...), oh, un precipicio, los caballos ¿podrán salvar semejante abismo?, tendrán que hacerlo, es eso o caer en las manos de los malos, escucho, los ojos muy abiertos por el miedo, los caballos saltan y por los pelos, consiguen alcanzar el otro lado salvados, los malos no saltan, son menos valientes porque no tienen nada de lo que huir, el deseo de capturar es menos violento que el miedo a ser capturado, ésta es la razón por la cual la Rapsodia húngara de Liszt termina con un triunfo.