Primavera mortífera es una de esas novelas que sólo pueden ser leídas con la música de bandas como Tindersticks, su tono melancólico y su narración mundana empapan casi cada página, ya en sus primeros párrafos nos introduce en la experiencia de un narrador innominado que en pocas pinceladas esboza una situación de completo desespero. Lo que viene después es una explicación de cómo ha alcanzado ese punto.
Ese narrador anónimo escribe desde su habitación de hotel una carta a un conocido, con el que se acaba de cruzar en el hall y que apenas ha saludado, sintiendo la necesidad acuciante de confesarle con detalle sus grandes zozobras. Por eso, tras ese punto crepuscular, la narración remonta a un año atrás, ensaya por senderos del dandismo, sabemos ahí que el protagonista es un hombre de apellidos de origen nobiliario, que tras quedar huérfano heredó propiedades y se convirtió en un hombre rico con aspiraciones políticas. Parece que su vida discurre entre visitas al club, paseos por Buda y Pest, cafés y demás símbolos de la vida mundana. Se trata de una novela romántica, en el sentido estético de la palabra, por lo tanto el verdadero detonante narrativo se produce cuando aparece en escena una joven llamada Edit, hija de un general muy bien posicionado en la sociedad, de la que el narrador sencillamente decide enamorarse, un gesto puramente irracional que primero le traerá felicidad y después desdicha.
Siendo un primer amor, el posterior desengaño se descubre muy destructivo. La melancolía en la que le sumerge parece que puede aplacarse cuando conoce en un tren a Jósza, una veinteañera de temperamento, aunque melancólico, mucho más sosegado, sin embargo esta vía no logra apartarlo del daño causado por el primer desengaño amoroso. Lo que nos viene a contar Zilahy es que las comodidades en las que viene envuelto el narrador lo han situado en una isla de comodidad que lo ha alejado de las realidades del mundo, por lo tanto no está preparado para asimilar los golpes, y que por eso luego el narrador también se zambulle en una ludopatía feroz que termina de aniquilarlo.
La novela en sí fue escrita en los años 30 pero sigue en los modelos narrativos del siglo anterior, recuerda en gran medida a los esquemas establecidos por Balzac, de forma que la parte romántica sirve para navegar por la cuestión de la escala social, en cómo el hambre de ascenso en los escalafones sociales nubla el sentido a diversos personajes, hasta el punto de conducirlos a graves errores vitales. No es desde luego la novela más moderna e innovadora, sin embargo aparenta que se ajusta a tópicos y asuntos propios de la época en la que surgió, los años 30 del siglo pasado, pues le he encontrado bastantes puntos en común con otra novela húngara aparecido en esa misma década: La extraña de Sándor Márai, cada cual recurriendo a diferentes detalles y artificios literarios, pero sin embargo retratando ese estado de ánimo del desconsuelo romántico que conduce a la destrucción.
Desde luego Márai parece un narrador más sutil con herramientas más afinadas, sin embargo hay que reconocerle a Lajos Zilahy cierta capacidad para indagar en las emociones de sus personajes más allá del estrépito dramático. Además, en cierta forma, también puede satisfacer ese ánimo secreto que a los lectores nos empuja a tomar libros publicados en épocas anteriores, que es la de conocer a grandes rasgos los ambientes y las dinámicas propios de su tiempo y que ahora, a nuestros ojos, han desaparecido tras ser sustituidos, sea los carruajes, las costumbres, el manejo de las deudas, los pagaré y demás hierbas.
También es necesario señalar que no parece una novela escrita con esmero y serenidad, por contra con ciertas prisas y descuido. Me refiero a que, a la hora de emplear ciertos mecanismos narrativos, se recurre de forma reiterada al artificio de la súbita herencia, tema muy balzaquiano, y que Zilahy explota hasta en tres ocasiones, o sea que ha tenido que "eliminar" a tres personajes para hacer posible la aparición de dinero que resuelva ciertas situaciones, tal es la insistencia que estoy seguro que, si la novela dura cien páginas más, lo más probable es que Zilahy hubiera liquidado a más gente, una matanza en toda regla, alcanza incluso un punto de piensas que Hungría debió ser un país en el que la mitad de la población aguarda a que la otra mitad la palme para heredar sus riquezas, tremebundo panorama del todo desolador, que alcanzamos no por un asunto filosófico sino por elecciones narrativas muy desmañadas. En fin, que posiblemente ni es la novela más brillante de los años 30 ni tampoco la más importante de la literatura húngara, pero se deja leer a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación.