“Gruñen los marranos en el cenagal. Se asustan las gallinas al amparo del maguey culebrón. El negro vuelo de zopilotes que abate las alas sobre la pecina se remonta, asaltado del perro.” Lo que viene a continuación, y cómo viene, te deja con el corazón en un puño. Tirano Banderas es un Libro en mayúsculas (nota 1), de esos con los que me hubiera gustado tropezarme antes o, mejor dicho, de esos a los que debiera haber prestado más atención en el momento del tropiezo.
Dejaremos a un lado el manido comentario de Novela Inaugural del Tirano (nota 2): Valle-Inclán, con un lenguaje que puede llegar a recordar al barroquismo caribeño de Lezama Lima o Carpentier (nota 3), pero con una memorable economía de recursos que lo sitúa directamente en el extremo contrario, nos mete de lleno –y de golpe− en una historia atemporal para todos los tiempos, esto es, la del patetismo que conlleva la acumulación del poder, la hipocresía de sus aduladores y la de aquellos que no quieren sino ejercerlo también, sin olvidar el sufrimiento de las víctimas, que son siempre las mismas.
Dos cosas llaman la atención, de entrada, en Tirano Banderas: el lenguaje, que es aquí un tesoro transatlántico de ida y vuelta, cultísimo y popular al unísono, y la forma y el estilo, que prefiguran también las novelas que ahondarían en el tema años después (véase el estilo, más esperpéntico si cabe, de García Márquez, o el uso de los tiempos y los múltiples personajes en las escenas de Vargas Llosa). Por si fuera poco Valle-Inclán crea un género nuevo, de lo más cinematográfico, mezcolanza del teatro de Shakespeare y el de Lope de Vega, de la novela moderna y de la novela aún por venir, y lo hace sin dejar títere con cabeza. Porque en Tirano Banderas conviven el drama y la tragedia, la aventura y –asomando levemente la cabeza− la ternura, barnizado todo (barnizado no, embadurnado a conciencia) de un sentido del humor tan áspero como personal. Una novela compleja, agradecida y necesaria.
CUAC CUAC
Nota 1: Gràcies Cristina!
Nota 2: Diré, sin embargo, qué buena es El otoño del patriarca, qué sobrevalorada está La fiesta del Chivo.
Nota 3: Tengo pendiente El discurso del méto