Cristina es la figura central de SE ENCIENDE Y SE APAGA UNA LUZ. Figura interesante, diestramente trazada, a la que el lector conoce desde su niñez en el cerrado ambiente de "El Monte", especie de isla verde a pocos kilómetros de la ciudad. Las personas que la rodean, ajenas a lo que ocurre en el mundo, viven alimentándose de mitos. La novela tiene tres tiempos, pero los personajes apenas cambian, permanecen fieles a sí mismos, intentando vivir de pequeños fulgores, aferrandose con furia a las débiles ramas de un pasado mejor, para no abísmarse. De todos ellos, Cristina es la única que, a través de su amistad con Alicia -que vive en la ciudad y cuya muerte trastorna por completo a su compañera-, intenta liberarse de aquella fauna decadente. Entonces comete su gran error. Yerra cuando busca una luz, una luz que se enciende definitivamente en su vida para mostrarle el mundo tal como es. Novela de acción trepidante, rica en matices y cuyo estilo, rápido, vivaz, se ajusta perfectamente al fondo narrativo, SE ENCIENDE Y SE APAGA UNA LUZ es la obra últimamente galardonada con el disputado "Premio Planeta".
Hijo de Álvaro Vázquez, camarero, de probable origen malagueño, del que se tienen pocos datos pero del que se sabe que maltrató a su hijo; y Mariquita Molina, figura conocida en el Tánger de la época debido a su regencia de una sombrerería distinguida de la calle Siaghin, en la medina antigua de la ciudad. Parece ser que allí fue donde tanto ella como su hijo Ángel aprendieron la haquetía (o yaquetía) hablada entre los judíos de origen español en el norte de Marruecos, y que aparece en sus obras (en especial en La vida perra de Juanita Narboni). Abandonó sus estudios en 1947 a causa de problemas económicos, después de haber estudiado en tres escuelas: italiana, francesa y española. A partir de entonces se convierte en autodidacta.
Trabajó en la oficina de un hebreo húngaro emigrado de Europa; pasó un tiempo como vendedor en la Librarie des Colonnes (aún hoy abierta, en el Boulevard Pasteur de Tánger); colaboró con el Diario España, que fue más tarde dirigido por Eduardo Haro Tecglen.
Fue amigo de Emilio Sanz, con quien compartió amistad hasta su fallecimiento, Paul Bowles y especialmente de la mujer de este, Jane Bowles, con la que compartió fiestas en su casa, acompañados de la más alta clase tangerina, en la que fue la mejor época de Tánger. Jane Bowles lo estimó mucho, llamando a Vázquez "mon petit gènie rond". Su situación se agravó conforme se acercaba la independencia de Marruecos, que se impondría definitivamente en Tánger, sobre su estatuto previo internacional, en el año 1959. Los problemas económicos y su adicción al alcohol le obligaron a abandonar su casa.
En 1962 recibió el Premio Planeta (después del cambio del primer fallo del jurado) por Se enciende y se apaga una luz, su primera obra publicada. Finalmente sólo publicaría dos novelas más y nueve cuentos.
Poco después fallecen su abuela y tras ella su madre, ambas dependientes de él, enfermas y con problemas de salud mental. Regresó a la Península en 1965 y, antes de establecerse en Madrid, trabajó en el censo del ayuntamiento de Jubrique (Málaga).
El día antes de morir quemó dos novelas que había sido incapaz de terminar. Esa misma noche falleció de una crisis cardíaca, solo y alcoholizado en una pensión de Madrid, en Atocha 98, que Vázquez conocía como "la mansión de Drácula". José Manuel Lara costearía los gastos de su entierro, en nombre de la editorial Planeta, y fue considerado entonces como «el último escritor maldito de España». Su obra fue elogiada por Juan Goytisolo y por Alejo Carpentier, entre otros.
Popelina, gutapercha, tul, muaré, muselina, organdí… Ángel Vázquez es un fetichista.
Pero no me ha seducido tanto en esta primera gran novela como lo hizo con su segunda y más desconocida, publicada dos años después.
Con esta Se enciende y se apaga una luz, Vázquez recibió el premio Planeta de 1962. Habla eso bien de dicho premio, que probablemente, como es obvio por el contenido de la novela, mantendría cierta independencia del régimen franquista. Pero al Régimen no se le escaparía este escritor maldito, y le reventaron la segunda obra aplazando unas semanas su publicación para que no coincidiera con la Feria del Libro. En el caso de Ángel Vázquez, que vivía al filo de la navaja en eternos números rojos, eso fue toda una putada.
No obstante, en Se enciende y… ya apuntan los temas y estilos que tanto me gustaron en Fiesta para una mujer sola: seres vacuos de una supuesta clase media-alta, el fetichismo por ciertos personajes como la anciana madame Grisson, en Fiesta… y Consuelito en Se enciende…, y cierta estética como que LSD y pre-Almodóvar:
Julio se sienta en la butaca, en espera de la retahíla que su mujer va a soltarle de un momento a otro. —Vive con un hombre. No está casada. Con un judío… Y por si eso fuera poco… Julio pone la radio. «Música acuática» de Haydn. La voz de Isabel llega a convertirse en una bandada de patos salvajes.
Y por supuesto, Tánger de fondo. Ese Tánger explícito en Fiesta para una mujer sola y en La vida perra de Juanita Narboni que, por alguna razón, Vázquez camufló en ésta su primera novela. Se supone que la ciudad en que trascurre la acción es un sitio imaginario en el Marruecos colonial, pero los personajes que describe parecen proceder directamente de la experiencia tangerina de Vázquez. Y del cosmopolitismo de aquella ciudad internacional:
—Doña Lucinda quiere que se rece en la sala el Santo Rosario.
—¿Ahora?
Consuelo hizo con la cabeza una señal afirmativa. Lidia encogió los labios:
—Ésa está loca. Pero eso no puede ser… —protestó.
—Es una costumbre española.
—Ya lo sé. Si yo no me opongo a esa costumbre, pero un Rosario ahora, con Leonard Stulmain que es judío, los Mac Cute protestantes, Hach Dussari musulmán y los Koolchand indios, me parece de lo más inoportuno. Vamos, la manera menos diplomática de decirles que se marchen. Mira, baja y le dices a esa idiota que espere a que hayamos tomado el té y quedemos los de casa. Y si no te atreves a hablarle, porque Lucinda con esos aires de vaca degollada ha infundido siempre mucho respeto, se lo dices a la señorita Isabel… Espera. Ven a mi cuarto. Ayúdame a cambiarme de vestido. Dentro de este gris me estoy ahogando.
Sí. Tal como Vázquez-Figueroa “inventa” para su Tuareg un país imaginario que transpira por los cuatro costados la Argelia de los 70, aquí Vázquez inventa un lugar cualquiera que recuerda a su Tánger. Y que debe ser Tánger, porque la turista millonaria se hospeda en el célebre hotel el Minzah. Un lugar, esa ciudad mítica en que Vázquez mamó su dolor, donde delira su imaginación literaria:
La radio lanza una musiquilla dulce, llena de cansancio, como si las notas tuvieran calor.
(o, cuando se refiere a un coche aparcado a la sombra de un pino):
…el auto que se esconde del sol y parece que tiene hambre de adelfas, como si fuera un caballo de mucha categoría.
Qué pena que Vázquez, autor maldito, escribiera tan poco. Ya voy por la mitad de su obra. Y sigo.
De novo leo a Ángel Vázquez, ben despois de alucinar con "La vida perra de Juanita Narboni", un dos meus libros de cabeceira. Este, publicado unha década antes, sitúase de novo en Tánger, nun momento anterior: se no de Juanita a cidade e a protagonista están sumidas nunha decadencia airada e mestiza, aquí a cidade e as protagonistas (Cristina, Emma, Consuelo, Isabel) están nun momento de incerteza no que o seu mundo se desmorona e non está claro cara a onde vai.
No concreto, é un libro que fala de Tánger e de familias matriarcais que medraron cando era cidade internacional: ambiciosas e pacatas, cosmopolitas e paletas. Supoño que é o ambiente no que viviu Ángel Vázquez. Será tan descoñecido por ser tan periférico? Mágoa. No xeral, é unha novela sobre as incertezas, o déjà vu, a vida lánguida e prexuizosa e a busca da felicidade (como non). Creo que a frase que mellor o resume pronúnciaa Cristina, personaxe central do relato: "En este mundo, Consuelo, yo creo que lo importante es no sentir ganas de nada".
Non me emocionou como Juanita Narboni no seu día, pero é unha novela ben bonita, que vale a pena. E volvinme preguntar por que aínda non pisei Tánger.
Hasta ahora me habían gustado las novelas de este autor pero ésta me ha decepcionado totalmente: Nada novedoso en la historia, saltos temporales en la trama que solo lían, personajes muy pobres, ambientación demasiado larga, estilo casi telegráfico que no me convence, vocabulario rebuscado, documentada en datos no relevantes pero nada social ni histórico... y lo peor mucha páginas que sobran, sobre todo en la segunda mitad, para rematar con un final apresurado que, encima, deja cabos sueltos.
Relato entretenido en el que se nos narran retazos de la vida de Cristina en África, en una colonia. Nos habla de su abuela, de sus tíos, de su madre (una ultra-católica, clasista, en fin una estúpida), de los que no recibe nada de cariño. Todo lo cuenta un poco por encima sin grandes detalles que se echan en falta.
Las descripciones esporádicas, son deliciosas, cuida con mimo la forma y los saltos temporales en la historia hacen que hasta el final del libro no puedas dejar de pensar en querer leer más.
Madre mía del amor hermoso, este libro es un coñazo estratosférico. Me estoy leyendo los Premios Planeta desde su inicio y de los 10-12 primeros apenas 2 o 3 han envejecido con algo de dignidad. El resto son un puñetero coñazo, desfasadísimos y que aburren a las piedras. Este es especialmente infumable y mira que cuando un libro llega a tal extremo de "coñacismo" intento agarrarme a algo (el estilo, los diálogos, la creación de los personajes) para darle un poco de alegría a la lectura. Con este libro solo me he podido agarrar a "una página leída, una página menos para que se acabe"... Pese a ello, como he podido leerlo hasta el final, le casco dos estrellas que no se las merece pero una sola estrella es solo para los libros que no consigo acabar.